Revista Digital Tamaimos
Entonces, ¿cuál es la línea? ¿Dónde se decide quién puede reinterpretar o reapropiarse de ciertos elementos y quién merece ser señalado por ello? Porque da la impresión de que el problema no es tanto el uso de los símbolos culturales, sino quién los usa y desde qué expectativa política o estética se le juzga.

La brega cultural no es para maximalistas, instalados en la siempre cómoda épica, sino más bien para quienes asumen dignamente la disputa de la prosa cotidiana. Compartir valores y principios firmemente asentados como el de que el pueblo canario merece que su identidad cultural, su personalidad colectiva construida a lo largo de los siglos, no siga siendo relegada a un lugar subalterno o a delicatessen para élites encantadas de haberse conocido, no equivale a convertirnos en una minoría autocomplaciente. Nuestras expresiones culturales –no exentas de significado y orientación política en no pocos casos– no deben acabar recluidas en el negociado de los comisarios de lo suficientemente auténtico, o lo suficientemente radical: los “delimitadores de las primaveras”, al decir de Silvio Rodríguez.
Para algunos, pocos a pesar de su insistencia, lo canario debe ser el último bastión de una pretendida pureza cultural. No explican cómo, a partir de esa irreductible posición, se va a avanzar en la seducción de las mayorías, un objetivo irrenunciable para quienes nos sentimos parte de esta brega cultural y queremos tumbar al rival. Siempre fue más estético ocupar el lugar de la minoría acorralada desde su miedo a transformarse, que no disfrazarse, y disputar la victoria. Una mentalidad perdedora que –no nos engañemos– jamás llevará a ningún cambio político de relevancia. Si, al decir de Gramsci, la conquista del poder cultural antecede a la conquista del poder político, por ahí no es. Borja Rubio, en 928-922. Apuntes sobre la canariedad hirviendo, refiriéndose a la aparición del mítico remix de “Cayó la noche”, acierta cuando afirma que “(…) cuando algo se viraliza más allá de lo común, cuando consigue hacerse tan transversal que empapa a la sociedad al completo, marca las líneas inconscientes que caracterizan al momento, retratándolo”. (p.34, Ed. Tamaimos, Islas Canarias, 2024).
Buena parte de estas tensiones han aflorado a raíz del lanzamiento del último disco de Quevedo. No son muy distintas que las que tuvieron que soportar Los Sabandeños cuando, en sus albores, se les ocurrió, entre otras cosas, acompañar la voz de las púas en las “Folías parranderas” con un canto coral. Volvamos a la música urbana contemporánea de Canarias y sirva este ejemplo en mayo de 2026 para enhebrar algunas reflexiones que en Tamaimos compartimos.
No nos encontrarán en las filas, sobra decirlo, de quienes acusan al rapero grancanario de no ser lo suficientemente político o representar una canariedad superficial. No porque no sea cierto, que en buena medida lo es, sino porque no hacemos de eso una acusación de peso ni nos erigimos en el papel de inquisidores de la cultura canaria. Causa sonrojo tratar de explicar y perdonarle la vida a Quevedo desde el púlpito de los Cuadernos de Educación Revolucionaria de Marta Harnecker.
Tampoco nos hallarán entre quienes ejercen el edadismo a la inversa, denigrando cualquier género musical por el mero hecho de ser juvenil, aunque traten de disfrazar la crítica de autoridad en el terreno musical. Desde la aparición de la juventud como actor social con Elvis (Presley, no Crespo) hasta ahora, todas las generaciones de jóvenes que han reivindicado su derecho a transformar el panorama musical han tenido que soportar descalificaciones de todo tipo, también a veces en el ámbito de la moral pública, etc. Por ahí tampoco es.
Sin embargo, el criterio nunca parece del todo claro. Por poner un ejemplo del mismo campo, Bejo lanzó en 2025 “El Interiorista”, incorporando elementos propios de las Islas e incluso un Carnero de Tigaday (o una criatura claramente inspirada en esta vestimenta tradicional) dentro de su imaginario visual. Y, sin embargo, en ningún momento se le acusó de “tibio”, de superficial o de instrumentalizar símbolos culturales. Entonces, ¿cuál es la línea? ¿Dónde se decide quién puede reinterpretar o reapropiarse de ciertos elementos y quién merece ser señalado por ello? Porque da la impresión de que el problema no es tanto el uso de los símbolos culturales, sino quién los usa y desde qué expectativa política o estética se le juzga.
En un país, y el país canario no debe ser una excepción, sus creadores en cualquier disciplina –no exclusivamente la música– se deben expresar con total libertad. Algunos lo harán desde la ácida crítica y otros desde el escapismo o el cliché evidente; unos preferirán situarse en la preservación de la tradición de la manera más fiel posible y otros la usarán como materia prima para innovar y renovar. Entre ambos extremos del espectro, habrá numerosas posiciones intermedias. Aunque no todas nos valgan, todas caben.
Quevedo es un hijo de su tiempo, de sus condiciones de vida y las vive a su manera, libremente. Si tiene opiniones más explícitamente políticas, se las reserva y opta por celebrar un patriotismo sentimental, muy personal, no exento de la alegría y el entusiasmo festivo que forma parte también de nuestra identidad como pueblo. ¿Por qué acusarlo de una actitud tan extendida en nuestro ecosistema cultural y, por ende, en nuestra sociedad? ¿Es el éxito más allá de nuestras fronteras lo que irrita tanto? Más criticable nos parece el ejercicio de la adulación al político de turno como vía de financiación de algún que otro proyecto de recorrido más bien alicorto. Ahí echamos de menos una actitud tan severa como la que nos ocupa.
En Tamaimos tratamos de impulsar una canariedad consciente, pujante y combativa, conscientes de que ésta se expresará de múltiples formas y con muy diversos lenguajes. Si nos ceñimos al ámbito de la música urbana, tanto nos gusta Quevedo como Yumi. La juventud canaria hará bien en escuchar a ambos y elegir su referente o compaginar ambas visiones sin hallar entre ellas falsas contradicciones insuperables. En definitiva, no perdemos el tiempo exigiendo carnets de pureza ideológico-identitaria sino que celebramos el hecho de que un artista canario haya dado un puñetazo en la mesa de la industria musical a nivel internacional, no porque necesitemos la aprobación externa, sino porque lo ha hecho compartiendo su visión insobornable de lo que para él es Canarias. Parafraseando la cita apócrifa de Emma Goldman, “si no puedo perrear, no es mi revolución”. Quevedo, Cruz Cafuné, Lajalada, Yumi, Julia Rodríguez, etc. son nuestras aliadas en la brega cultural y, por tanto, junto con tantos otros motivos los celebraremos en este 30 de mayo, Día de la Matria, que dé la vuelta al mundo a ritmo de isas, seguidillas y reggaeton.