Lautaro Russo

En Así habló Zaratustra, Nietzsche recurrió a la célebre declaración de que «Dios ha muerto» no por un afán nihilista, sino para señalar un abismo histórico: hay momentos en los que los valores sobre los que una sociedad ha organizado su existencia dejan de explicar el mundo y pierden su capacidad para orientarlo. Cuando esa arquitectura de sentido colapsa, no basta con maquillar las palabras ni con ensayar reformas cosméticas. Hace falta una transformación mucho más profunda del espíritu para ser capaces de imaginar otros principios y, con ellos, otra realidad. Para ilustrar esa emancipación, Nietzsche concibió las tres metamorfosis del espíritu: el camello, el león y el niño. Es crucial entender que no son tres figuras aisladas, sino las fases secuenciales de un mismo proceso de liberación en el que cada etapa es indispensable pero incompleta sin la siguiente.
Nietzsche escribía desde la crisis de valores de su época. Nosotros podemos leer hoy aquella intuición desde las grietas de nuestro propio presente: la crisis estructural de un modelo socioeconómico que durante décadas ha permitido crecer a Canarias, pero que cada vez encuentra mayores dificultades para traducir ese crecimiento en bienestar compartido. Vivimos en un sistema que genera riqueza macroeconómica mientras tensiona el acceso a la vivienda, destruye la cohesión territorial, colapsa las infraestructuras, exprime los recursos hídricos y precariza los salarios. Es una máquina que convirtió el crecimiento cuantitativo en un horizonte permanente pero que ha chocado frontalmente contra sus propios límites físicos y sociales. La pregunta madura, por tanto, ya no es cuánto más puede dar de sí esta estructura, sino si queremos seguir organizando nuestra vida colectiva alrededor de ella o si tenemos la audacia conceptual de imaginar otra Canarias.
El camello o el malestar atomizado
Durante mucho tiempo, buena parte de la sociedad canaria habitó la fase del camello. El camello es el espíritu que soporta, el que carga en silencio con las exigencias del mercado y la resignación ante un orden dado. Nietzsche definía este estadio como el momento en que el espíritu pide las cargas más pesadas para probar su resistencia. Traducido a nuestro contexto, es la actitud de una sociedad que interioriza que el crecimiento económico exige sacrificar sus condiciones de vida, su territorio y su soberanía.
La psicología social desentraña los mecanismos de esta sumisión mediante la privatización del malestar. En esta fase, las fallas del sistema se leen en clave biográfica e individual: la imposibilidad de emanciparse o la precariedad laboral no se vinculan a una crisis estructural, sino a la insuficiencia personal. El sufrimiento se vive en la privacidad del hogar, desarticulado de cualquier causalidad colectiva.
A esta atomización se suma un fenómeno aún más paralizante: la indefensión aprendida. Tras décadas bajo el dogma de que criticar el modelo equivale a «jugar con el pan de todos», la sociedad asume que no hay alternativa. La saturación de los servicios públicos, las colas kilométricas, la crisis hídrica y la pérdida del paisaje dejan de ser anomalías para convertirse en el paisaje inevitable de la cotidianidad.
Sin embargo, para comprender la profundidad de esta parálisis en Canarias es preciso conectar la psicología con la teoría decolonial. Nuestra indefensión aprendida se asienta sobre la colonialidad del poder: una arquitectura de subordinación política, económica y cultural que sitúa a la isla como un espacio periférico y extractivista al servicio de capitales externos. La idea de que «no hay otra opción» expresa una colonialidad del saber que anula la capacidad de pensar un desarrollo propio.
Se consolida así una subalternidad interiorizada: la creencia de que la función natural del territorio y su población es la servidumbre, el monocultivo —ayer el tomate, hoy el turismo masivo— y la acogida acrítica, asumiendo los costes ambientales y sociales. Bajo el mito de la modernización, la degradación se acepta como el peaje inevitable que el subalterno debe pagar.
Coexistía así un malestar compartido pero desarticulado. Había millones de experiencias de agotamiento, pero faltaban la ruptura epistemológica y el lenguaje colectivo para nombrar la subordinación. La sociedad canaria cargaba con la mochila del rendimiento ajeno, convencida de que su única virtud era seguir soportando el peso ya que aún no existía un sujeto colectivo consciente de su propio peso ni de la posibilidad de sacudírselo.
El león del 20-A: la potencia y las trampas del «no»
Para que el proceso de liberación avance, sin embargo, el espíritu necesita rebelarse contra la carga. Ese fue el salto cualitativo que presenciamos en la histórica movilización del 20-A. La sociedad canaria protagonizó la metamorfosis del camello al león. El león es la fuerza que se yergue, combate las imposiciones, destruye los falsos ídolos y conquista la capacidad de decir «no». El 20-A transformó la resignación atávica en indignación política compartida. Logró trazar lo que en teoría política conocemos como una cadena de equivalencias: consiguió que malestares aparentemente dispersos —vivienda, turismo, salarios, territorio— se reconocieran como manifestaciones de un mismo problema estructural. Matamos al dios de la inercia económica.
Pero el león tiene un límite insuperable que la psicología política y la teoría de la identidad social ayudan a desentrañar: la identidad del león es estrictamente negativa. Se define de manera casi exclusiva por aquello que combate, no por lo que edifica. El 20-A articuló una potente coalición de malestares, pero no llegó a consolidar una comunidad política ni una identidad social estable. Como nos enseña la psicología de los movimientos sociales, agregarse frente a un malestar no equivale a construir un «nosotros». Una cosa es que colectivos muy diversos compartan un diagnóstico, esa cadena de equivalencias donde la vivienda, el territorio y la precariedad laboral conectan de forma inteligible, y otra, mucho más compleja, es que esos individuos empiecen a percibirse como miembros de una misma categoría social y política perdurable.
A diferencia de otros movimientos históricos que lograron trascender la protesta puntual porque crearon una identidad de pertenencia clara —piénsese en los indignados del 15-M, los chalecos amarillos en Francia, los ocupas de Occupy Wall Street o los ecologistas de la lucha ambientalista—, en Canarias nunca terminó de cristalizar el nombre del sujeto. «Los indignados» o los «chalecos amarillos» no eran solo personas enfadadas; el término terminó condensando una comunidad política reconocible y una forma de entender la realidad que sobrevivía a la propia manifestación. En el caso canario, esa operación simbólica quedó rota: «Los del 20-A» remitía a un evento coyuntural en el calendario; «Canarias Tiene un Límite», a un lema defensivo; «Canarias Palante», a una expresión de deseo. Al no nombrarse ni construirse deliberadamente una categoría de pertenencia amplia y transversal con la que el ciudadano medio pudiera identificarse en su vida cotidiana, el «nosotros» quedó suspendido en el aire una vez que la masa volvió a sus casas.
A esta falta de una categoría inclusiva se le sumó el sesgo de la condensación discursiva. En la búsqueda de un adversario visible, la narrativa se articuló con fuerza alrededor de un significante altamente polarizador: el «turismo de masas». En psicología de grupos, el lenguaje no es neutro; determina quién se siente dentro del endogrupo y quién se percibe amenazado en el exogrupo. Mientras que para un sector de la sociedad criticar el «turismo de masas» simbolizaba la defensa del territorio, para miles de trabajadores vulnerables cuya subsistencia depende directa o indirectamente de ese sector, el mensaje no fue percibido como un diagnóstico estructural, sino como un ataque a su modo de vida. Encuadrar la crítica bajo la categoría de «modelo económico» habría permitido señalar la estructura sin acorralar al trabajador, abriendo una frontera mucho más limpia y transversal.
Sin un «nosotros» nítido y con un discurso que generaba dinámicas de resistencia defensiva en sectores clave, ocurrió un fenómeno clásico de la ciencia política: la re-politización por inercia. Cuando un movimiento que pretende representar a una amplia mayoría social no construye deliberadamente los elementos simbólicos para que esa mayoría se reconozca en él, el vacío es rápidamente ocupado por los marcos y etiquetas de la polarización partidista habitual. Así, una movilización transversal y plural terminó siendo leída y encasillada desde los viejos ejes ideológicos tradicionales, pasando a ser percibida simplistamente como un movimiento «de la izquierda», lo que terminó erosionando su capacidad para articular la alternativa amplia que Canarias necesitaba.
La metamorfosis pendiente: el niño y la capacidad de imaginar
Aquí es donde la intuición de Nietzsche se vuelve incómodamente actual y urgente. En el proceso de liberación, el león es una fase imprescindible pero radicalmente insuficiente. El león destruye el viejo mandato y rompe la cadena de la sumisión, pero es incapaz de fundar nuevos valores. Para eso se requiere la última y más compleja metamorfosis: devenir niño. El niño representa el juego, la inocencia, la voluntad de recomienzo y, sobre todo, la capacidad de pronunciar un «sí» afirmativo para crear una nueva identidad.
El gran dilema del 20-A es que tuvo la fuerza para dejar de ser camello y se convirtió con garra en león, pero se detuvo justo en el umbral del niño. Tuvo la potencia política para la impugnación, pero le faltó la audacia para la creación. Y aquí se revela la tesis central de este análisis: ninguna movilización social puede triunfar ni perdurar si se queda atrapada en el rechazo. Para que el impulso del 20-A no se diluya, necesita urgentemente construir una identidad social positiva, transversal y reconocible; un «nosotros» que no se defina solo por lo que combate, sino por lo que se atreve a edificar.
Desde la psicología de la acción colectiva y la teoría de la identidad social, la indignación es un poderoso motor de ignición para iniciar una marcha, pero es una gasolina que se evapora rápidamente si no se transforma en un horizonte de deseabilidad. Las sociedades no se movilizan de forma duradera por abstracciones ni por la mera denuncia del adversario; se movilizan cuando la alternativa activa su imaginación sociopolítica y les ofrece una categoría de pertenencia en la que pueden visualizarse habitando un futuro mejor. Decir de forma abstracta que hay que «diversificar el modelo» sigue siendo el rugido indeterminado del león. La metamorfosis hacia el niño exige superar el sesgo de statu quo —esa inercia cognitiva que nos hace creer que lo existente es la única realidad posible— y construir una identidad donde la mayoría social canaria pueda decir: «Esta también es mi Canarias; yo formo parte de este proyecto».
Convertirse en «niño» implica llevar a cabo una auténtica descolonización del futuro. Para superar la subalternidad no basta con denunciar la lógica extractivista que nos ha convertido en una periferia de servidumbre; hace falta ejercer la soberanía del pensamiento y dotar al movimiento de un cuerpo simbólico y cultural propio. La victoria del 20-A no consistirá en eternizar la manifestación, sino en demostrar que la alternativa ya habita en el territorio: en nuestras empresas tecnológicas, en la innovación agroalimentaria soberana, en la transición energética distribuida, en las industrias culturales, en la investigación científica insular y en las redes de economía comunitaria.
Sin una identidad social positiva y afirmativa que trascienda la queja y dé nombre a la alternativa, el espacio que el león logró despejar volverá a ser ocupado por la inercia del viejo modelo. El verdadero triunfo del 20-A no vendrá de perfeccionar su catálogo de agravios, sino de su capacidad para dar a luz a ese «nosotros» creador que transforme la indignación en un país posible.
Del rechazo reactivo al liderazgo de un nuevo proyecto
El desgaste de un movimiento social raras veces se debe únicamente a la fatiga física de los manifestantes, a la cooptación de las élites o a las previsibles tácticas de absorción por parte de las instituciones. Ocurre, fundamentalmente, cuando la movilización sufre un vacío de identidad: cuando la narrativa no logra ofrecer una categoría social positiva y deseable en la que la ciudadanía pueda habitar cuando la marcha se termina, las pancartas se recogen y el día a día vuelve a imponerse. Como demuestra la psicología política, una comunidad no se sostiene en el tiempo solo por compartir un adversario; necesita una arquitectura simbólica de pertenencia que le permita responder, con orgullo y claridad, a la pregunta de quién es cuando no está protestando y hacia dónde camina cuando se apagan los megáfonos.
El 20-A demostró de forma incontestable que la sociedad canaria ha dejado de ser el camello que soporta en silencio y de forma atomizada los costes de un modelo socioeconómico agotado. Mostró también que existe la fuerza colectiva del león para levantarse, romper la indefensión aprendida, impugnar la colonialidad del modelo y trazar un «no» categórico en la historia reciente de las islas. Sin embargo, quedarse atascado en el rugido del león entraña un riesgo trágico: que la energía liberada sea reabsorbida por la inercia del viejo sistema o encasillada en los marcos estériles de la polarización partidista tradicional.
Necesitamos crear un «nosotros» que no se agote en el rechazo reactivo, sino que asuma el liderazgo intelectual, político y cultural de un nuevo modelo de país. Descolonizar el futuro de Canarias no consiste en añorar un pasado idealizado ni en fantasear con un repliegue irrealizable. Consiste en ejercer la soberanía de la imaginación para hacer visible, deseable y tangible la alternativa que ya palpita en el territorio. Exige construir una narrativa donde el trabajador del sector servicios, el joven investigador, la agricultora, el emprendedor tecnológico y el habitante de los barrios tensionados puedan mirarse y reconocerse como parte de un mismo sujeto histórico.
El verdadero liderazgo de pensamiento que requiere nuestro tiempo no se mide por la estridencia de la impugnación, sino por la solidez y el atractivo de la alternativa. La sociedad canaria ha demostrado con creces que ha conquistado el derecho y la fuerza para decir «basta». La tarea histórica que tenemos por delante —la verdadera metamorfosis pendiente— es tener la audacia colectiva de responder a la única pregunta capaz de fundar un futuro: una vez que hemos demostrado que no queremos seguir siendo camellos ni limitarnos a ser leones, ¿qué Canarias vamos a tener el valor de construir juntos?