Aniaga Afonso

“Que no vayan”. Esa fue mi recomendación cuando una vieja amiga, también canaria y fuera de las Islas desde hace más de una década, me pidió recomendaciones para unos conocidos alemanes que iban a visitar Tenerife. ¿Van a algo importante, a visitar a algún familiar, o simplemente de turismo?… Mi respuesta fue tajante y no fue de su agrado: “diles que no vayan, esa es mi recomendación”.
Durante, quizás, demasiado tiempo, los canarios abrimos sin tino las puertas de nuestra casa. Sin importar quién, cuándo ni para qué. Fuimos extremadamente generosos enseñando, como locales, todo lo mejor que teníamos, rincones de ensueño que guardaban la memoria de antaño. Charquitos, barranqueras, pueblitos, calitas, guachinches, recovecos en el monte donde sólo huele a pino, lugares donde la lava todavía parece sentirse caliente, profundidades cristalinas donde nuestra flora y fauna marina era aún virgen… Y pagamos un precio muy alto por tanta bondad. Nuestra casa, tan humilde y chiquita, pasó a ser un burdel de atrocidades. Y los animales y las plantas que habitaban estas Islas mucho antes que nosotros se andan todavía preguntando qué demonios fue lo que hicimos, y por qué.
Con la inocencia de quien ofrece lo que tiene, todos fuimos contribuyendo al deterioro, y a la burla. Los hay, que todavía hoy, siguen desgranando los pocos secretos que quedan entre estos trozos de volcán sobre el Atlántico, por un puñado de likes en las redes sociales. Al menos el resto lo hicimos desinteresadamente, desde el corazón —que no siempre es el mejor consejero— queriendo compartir y disfrutar con la gente de fuera lo que nos hacía felices, y únicos.
Ya no más. Conmigo, al menos, no. Después, cada una que obre en consecuencia. Cada una que reflexione sobre el propósito de sus viajes y vea qué sentido tienen —si cumplen algún propósito o sólo forman parte de la rueda de consumo de este siglo— y a dónde decide ir. Pero Canarias es un chicle que ya no se estira más, no necesita patrocinio extra. El problema es que dio tanto de sí, que ya no hay manera de volverla a su sitio, se desbarató. Y no es que, de repente, tenga una que ponerse borde y tacaña, no se trata de eso. Se trata de pura supervivencia. Nuestro suelo desaparece en manos de la patronal hotelera, mientras nuestros municipios se convierten en un parque de atracciones constante, donde el canario o canaria no tiene poder adquisitivo para poder comprar una vivienda, mientras las VV. afloran por doquier a precios de escándalo. Si tenemos que seguir con el monstruo del turismo de masas sobre la chepa, que, al menos, se quede en las zonas turísticas, esas que ya difícilmente pueden volver a tener biodiversidad y un poco de identidad canaria. Esas donde todo son franquicias, difícilmente te encuentras con algún local, y no hay alma.
Hace un tiempo alguien me dijo que con lo del “turismo de calidad” nos habían engañado otra vez. Y tenía mucha razón. Sin darnos cuenta, empezamos a perder también nuestros barrios, pueblos y casas. Mientras, el canarito medio sigue soñando con hacerse rico si pone un erbiembi con cuatro tabicas del quince y un aseo. En junio me mandaron por trabajo a La Laguna y en el callejón en que me quedé, había 5 viviendas vacacionales. Ni siquiera era una calle…
En la actual situación: todo es turismo. Mi barriada es turismo. El pueblo de mi infancia es turismo. La precariedad es turismo. La aculturacion y pérdida de identidad son turismo… es un sistema depredador que ha engullido todo, y a todos, a su paso,
Pero no es el único.
Ya en los 70 se peleó por una ley de residencia. A aquellos canarios y canarias los llamaron locos. En los 90 la volvimos a poner sobre la mesa. Nos llamaron xenófobos. Hoy, con el Archipiélago más allá de masificado, hasta las voces más escépticas la empiezan a pedir a gritos. No hay otra salida. El territorio es finito… y hace mucho tiempo que se agotó. Eso lo sabe el ciudadano de a pie, el que no encuentra aparcamiento cuando va a trabajar (según una noticia reciente, Canarias atesora ya mas coches que países enteros como Dinamarca o Uruguay), la que le dan cita en la Seguridad Social para dentro de un año, el que no encuentra un alquiler que pueda pagar, la que deja de ir a la playa porque no hay ni dónde poner la toalla… Sin embargo, nadie lo para, ni siquiera se está contemplando un freno y/o un decrecimiento poblacional. Más bien al contrario: desde las altas esferas políticas se siguen alabando las cifras récord de visitantes y publicitando que siga llegando gente.
-¿Te imaginas volver?
-¡Qué va, yo de aquí no me muevo! ¿Tú sabes la calidad de vida que es poder ir caminando a trabajar y luego, al salir, poder venir a la playa?
-Pero ¿no lo echas de menos?
-Sí, pero en avión no está tan lejos, y con el descuento de residente… al final, ya nos hemos acostumbrado un poco al ritmo y a la gente de aquí.
-Ay, no sé, yo no me veo… de momento vamos a quedarnos aquí porque también nos conviene económicamente. Nos pagan bastante en dietas por la reubicación y la lejanía.
-Claro, es que ¿dónde en Andalucia puedes pagarte tú un piso en pleno centro de la ciudad, o incluso mejor, cerca de la playa, con estos precios? Nosotros salimos bastante, y luego las extraescolares de las niñas, y aún así estamos ahorrando… Mi mujer quiere que compremos y nos dejemos de alquilar, pero yo todavía no he decidido en qué parte de la Isla me gustaría quedarme. Lo que llaman ellos “el Sur”, no. Eso está lleno de turistas, es invivible.
-Mira, viene el camarero, vamos a pedir… Gofio y esas cosas no, que a mí no me gustan.
-Pedimos camarones, que son como gambas, pero pequeñas, croquetas y arroz caldoso.
-Vale, y dos Alhambra.
-Creo que aquí sólo tienen Dorada.
– Pues pídeme agua.
(…)
La conversación de la mesa de al lado (que es real) prosiguió en la Cofradía de Pescadores de La Punta del Hidalgo. Yo, en cambio, no pude terminar de comerme el medio escaldón y el bacalao encebollado que había pedido; se me había cortado el estómago sabiendo que al día siguiente volvía a coger mi vuelo de vuelta al norte de Europa, donde «sobrevivo como soldado de fortuna” porque en Canarias ya no se podía vivir…
Cojo mi talega en silencio, mientras miro la tricolor que ondea libre en medio del océano, y no puedo parar de pensar en la filosofía surfera y en su “locals only”.