Josemi Martín

Al canarismo militante le debería animar la transformación de la realidad y no el conservadurismo autonomista en el que vegeta, cuando es cada vez más evidente que la autonomía no puede hacer frente dignamente a los problemas de la Canarias del siglo XXI.
El pasado 29 de julio, Fernando Ríos, compañero y sin embargo amigo, publicó un artículo en el diario digital Canarias Ahora titulado “El canarismo del siglo XXI: del (pseudo) nacionalismo al soberanismo”. El título ya anunciaba materia de enjundia y no defraudó en absoluto mis expectativas. Recomiendo vivamente su lectura porque no andamos sobrados de aportaciones lúcidas y comprometidas como la que traigo a colación.
He vuelto en varias ocasiones sobre este texto durante el mes de agosto y me propongo ahora compartir con ustedes algunas reflexiones que me suscitan las tesis de Ríos. No son, en absoluto, una enmienda a la totalidad, sino aportaciones, matizaciones en clave absolutamente personal, por si a alguien le pudieran servir de estímulo para continuar la conversación. Cito literalmente cada una de ellas, tratando de prescindir de lo poco prescindible, para que nadie se pierda por el camino.
- Es tan amplio [el canarismo] que creo que, en este siglo XXI –y para que sea una opción útil– se debe reducir a un espacio más concreto: un ámbito verdaderamente democrático y adaptado a nuestra realidad: lo que llamo soberanismo.
Tengo que decir antes que nada que, aunque soy muy crítico con las actuaciones de los partidos políticos en no pocas ocasiones, no diría que el canarismo no es un espacio “verdaderamente democrático”. Comparte con el españolismo, eso sí, unas prácticas escasamente democráticas pero que son, en definitiva, más un problema de la política que del canarismo. Yo defiendo que el canarismo realmente existente está razonablemente adaptado a nuestra realidad, tan poco ilusionante en tantos ámbitos. Y que está bien que sea amplio aunque preferiría no ver algunas prácticas y declaraciones que me resultan demasiado cercanas a la derecha y ultraderecha españolista. Me refiero fundamentalmente a la Coalición Canaria de Santa Cruz de Tenerife, tan indistinguible de PP y Vox en no pocos aspectos. No se amplía el espectro mimetizándote de manera oportunista con el adversario o con un partido que es el enemigo de cualquier demócrata. Al canarismo militante le debería animar la transformación de la realidad y no el conservadurismo autonomista en el que vegeta, cuando es cada vez más evidente que la autonomía no puede hacer frente dignamente a los problemas de la Canarias del siglo XXI. Ríos defiende que el soberanismo ocupe la hegemonía dentro del canarismo que ahora ejerce el autonomismo y, en mi opinión, hace bien en defenderlo. Otra cosa es que eso sea posible sin que antes se muevan unas cuantas piezas.
2. No se trata, como iremos explicando, de renunciar a la identidad canaria, sino de comprender que la identidad, por sí sola, resulta insuficiente para responder a los desafíos que afronta este archipiélago atlántico en un mundo globalizado.
Renunciar a una identidad es algo muy complicado. Ha habido casos de ocultamiento –por persecución, oportunismo u otras razones inconfesables– pero, en general, las identidades son bastante resistentes aunque no inmutables ni mucho menos eternas. Mientras haya especie humana sobre estas islas, las personas que las pueblen atesorarán rasgos identitarios singulares frente a las que vivan en un continente, sin duda. Ninguna identidad es suficiente para responder a dichos desafíos por sí sola. Si alguien piensa eso, se lleva a engaño. A mi juicio, una identidad sana, pluralista, vivida con naturalidad… sí es beneficiosa para un grupo humano que quiera afrontar sus retos como sociedad de una manera más segura, con confianza y asertividad. Esto es en mi opinión razón más que suficiente para tomársela en serio. Resulta difícil que un pueblo enfrente problemas de calado si se menosprecia e infravalora, desde el sometimiento y la subalternidad. Esto es cierto para todos los pueblos del mundo, el canario incluido, por lo que sostengo que defender una identidad colectiva con los rasgos que he expresado siempre será mejor que orillar el problema o situarlo en un orden secundario. En mi opinión, es justo al revés: un pueblo que se conoce, valora y celebra en su justa medida está en mejores condiciones de enfrentar esos desafíos de los que habla el autor y construir una realidad más justa.
3. (…) las categorías del nacionalismo tradicional –mi padre intentó construir un moderno nacionalismo que no cuajó- responden a un contexto histórico distinto al que creo que requiere el Pueblo canario, que estaba marcado por la construcción de los Estados nacionales y por la reivindicación identitaria como elemento central de legitimación política
El nacionalismo, que tan poco se practica en estas islas, es un fenómeno político que ya tiene unos cuantos siglos, dependiendo de si situamos su nacimiento en los albores de la Modernidad o durante el siglo XIX. Sea como fuere, los elementos centrales de legitimación política del mismo son cambiantes: lengua, fronteras, monarquía, religión, una combinación de varios elementos… En el canarismo actual, fundamentalmente autonomista, el elemento central de legitimación política nunca ha sido la reivindicación identitaria sino lo que se ha venido llamando imprecisamente el Fuero o, mejor, el hecho económico diferencial, que se concreta en nuestro otorgado Estatuto de Autonomía, el cual nominalmente nos define como nacionalidad, y nuestra condición de Región Ultraperiférica ante la Unión Europea. En mi opinión, se yerra el tiro si se aduce que hay que pasar la página de la identidad para irnos a la de la soberanía política. Ni de la una ni de la otra ha habido gran cosa desde 1981, por otra parte. Más que pasar página habría que ver si, como dicen los ingleses, estamos en la misma página del libro.
4. La Canarias del siglo XXI plantea desafíos distintos. La globalización, la manera de relacionarnos con España y la Unión Europea, los movimientos migratorios, la transformación demográfica, la dependencia económica exterior, la emergencia climática o las crisis económicas, que ahora se focalizan sobre todo en las dificultades que tienen nuestros hijos en el acceso a la vivienda, exigen un proyecto político que sitúe en el foco de la acción política la capacidad efectiva de decidir sobre esos asuntos que afectan directamente a la ciudadanía. Es precisamente ahí donde el soberanismo ofrece una respuesta más adecuada que el nacionalismo clásico, un nacionalismo que se parece cada día más, por vaciamiento, al mero regionalismo.
Comparto en líneas generales la idea central de que la autonomía (la fórmula político-jurídica actual) y el autonomismo (la tendencia hegemónica del canarismo que la sustenta y busca prolongarla sine die) no valen ya para hacer frente a problemas de tanto calado sin apenas poder político ni recursos ni una cultura institucional a la altura de las circunstancias. En el soberanismo puede haber una perspectiva más valiosa para este pueblo, si es que éste se decide a apoyarla. Sin embargo, a día de hoy, al autonomismo le sobra conformismo y al soberanismo le falta pueblo. Lo que no comparto es que éste contienda con un “nacionalismo clásico” puesto que éste es prácticamente inexistente en Canarias: lo hace con el autonomismo. El regionalismo canario dejó de existir con el comienzo de la dictadura franquista y, entre otras cosas, se caracterizaba por conceder a la cultura propia una gran importancia. Nada que ver. El autonomismo seguirá existiendo por algún tiempo, tal vez evolucione hacia un nacionalismo o no, pero, en mi opinión, el soberanismo no nacerá de una radicalización del autonomismo sino de un análisis y un desarrollo propio porque, en puridad, deben sobre todo competir. Y cooperar cuando toque. Canarismo autonomista, de un lado, y canarismo popular (¿soberanista?) por otro: ahí está la brega.
5. El soberanismo que propugno no pregunta primero quién pertenece a la comunidad política, sino quién quiere participar en ella y contribuir diariamente a construir País. El sujeto político deja de definirse por el origen, la sangre o los apellidos para fundamentarse en la ciudadanía y en la residencia. Es canario, desde una perspectiva política, quien vive en Canarias, desarrolla aquí su proyecto vital y comparte el compromiso con el futuro de las islas. Y eso también es identidad, pues, a través de la voluntad de integrarse en esta sociedad, se convierte en un espacio compartido de integración.
Celebro que el soberanismo que propugna Ríos sea de base pluralista y se aleje de criterios etnicistas, centrando la condición de pertenencia a nuestra comunidad política en su voluntad de integración, algo por otra parte difícil de medir. Sin embargo, la superpoblación que sufre Canarias en no pocas islas, las características socioeconómicas de las comunidades que se instalan en Canarias viniendo del Espacio Schengen, los privilegios asignados a determinados grupos sociales bien por el Estado español (Golden visa), bien por las instituciones canarias (políticas de atracción de nómadas digitales)… plantean no pocos retos e interrogantes en este terreno. ¿No es ejercer nuestra soberanía decidir quiénes pueden establecerse en nuestro territorio porque así lo necesitan y quiénes no, porque tienen otras opciones que no son las de un archipiélago superpoblado? El autonomismo no se atreve a exigir, por ejemplo, una Ley de Residencia porque eso es imposible sin un cambio de estatus de Canarias con respecto al Estado español. Sería reconocer su derrota. El soberanismo debe exigirla no solo como vía de solución al problema de la superpoblación sino como elemento de soberanía y de articulación de su propio proyecto político: Canarias debe gestionar cuántas personas pueden vivir dignamente y no de cualquier manera en su territorio. Tan sencillo como eso.
6. Este nuevo canarismo parte, naturalmente, del reconocimiento de una identidad singular. Canarias constituye una realidad geográfica, histórica, cultural y económica diferenciada, cuya condición archipelágica genera necesidades específicas que no siempre encuentran una respuesta adecuada desde los centros tradicionales -–alejados– de decisión. Esa singularidad continúa siendo el fundamento del proyecto político canario, pero ya no constituye un fin en sí misma. La identidad adquiere sentido cuando se convierte en la base sobre la que construir mayores cotas de autogobierno y mejores condiciones de vida para el Pueblo.
Me parecen todas demandas muy justas y razonables pero el reconocimiento identitario de tu nación o tu etnia, tu cultura, tu legado histórico, tu dialecto, el reconocimiento de tu papel en el mundo, no digamos en tu propio país… es también una demanda justa y necesaria. “No solo de pan vive el hombre” y un proyecto político que desconsidere las necesidades en este plano siempre será un proyecto mermado. El reduccionismo economicista que las interpretaciones más básicas del marxismo hicieron durante el siglo XX saltó en añicos cuando los pueblos reclamaron junto con los derechos humanos, sus derechos nacionales. Si algún éxito deseo a este soberanismo canario es el de saber conjuntar acertadamente, en sus dosis justas, estos ingredientes, es decir, canarismo y canariedad. Añado: sin una conciencia de canariedad fuertemente asentada es poco probable que este pueblo alcance mayores niveles de soberanía política.
7. Mientras el nacionalismo que aquí se practica hace lustros que abandonó, por incomprensión o indiferencia, el derecho de autodeterminación reconocido por el Derecho internacional, el soberanismo que se propugna quiere aplicar el foco hacia el derecho democrático a decidir, es decir, que ese Pueblo se pronuncie sobre las políticas públicas que afectan directamente al territorio. No se trata únicamente de decidir sobre el estatus político futuro de Canarias, que también, sino de disponer de los instrumentos necesarios para decidir sobre los problemas que nos acucian: la vivienda, la superpoblación, la energía, la gestión migratoria, la protección del territorio, el modelo turístico, la fiscalidad, las infraestructuras, la educación o la sanidad.
Niego la mayor: aquí no se practica desde hace lustros ningún nacionalismo y el insularismo/autonomismo no pudo abandonar el derecho de autodeterminación porque jamás tuvo el más mínimo interés en asumirlo. Cuando se votó la moción a favor de dicho derecho en el Parlamento de Canarias, Asamblea Canaria Unida e Izquierda Canaria Unida se quedaron solas en su defensa y las AIC la calificaron de “romántica”. Pero tenía razón cuando Pedro Lezcano dijo que el propósito era que quedara en acta, para la Historia. Por eso podemos ahora situar correctamente el debate. En cualquier caso, conviene precisar que el derecho de autodeterminación no es equivalente a una declaración de independencia, que se proclama un día y surte efecto inmediato, o debiera. Se trata de un derecho del individuo, como bien sabe Ríos, y que la nación debe ejercer en el día a día y no solo para decidir el estatus con respecto a la nación dominadora. No creo que exista mejor definición de la nación que aquella que diera Renan: “un plebiscito cotidiano”. Digamos que el pueblo canario actual se asemeja más bien a un plebiscito esporádico, convocado desde fuera de nuestro país y con escasa participación.
8. El soberanismo canario debe ser profundamente inclusivo. En una sociedad abierta y diversa como la canaria –somos fruto de un mestizaje forjado durante siglos-, el proyecto común no puede construirse sobre criterios étnicos o culturales excluyentes, sino sobre una ciudadanía democrática. Todos aquellos que hacen de Canarias su proyecto de vida deben poder reconocerse en un proyecto político compartido que garantice derechos, deberes y oportunidades en condiciones de igualdad. La identidad canaria se fortalece precisamente cuando es capaz de seguir integrando nuevas aportaciones sin perder sus rasgos esenciales.
Coincido en líneas generales, aunque yo hablaría más de “mestizaje forzado” que de “mestizaje forjado”. Ha sido –¿sigue siendo?– un proceso violento, romantizado por la historiografía oficial, negando el aporte indígena hasta límites surrealistas… La construcción de una sociedad abierta e incluyente requiere primero cerrar tantas heridas de seis siglos de colonialidad. A eso me refería también con dotarnos de una identidad sana. Hacer de Canarias su proyecto de vida obliga también a hacerse cargo de la memoria de aquellas matanzas, la esclavitud, la represión, el hambre, nuestra miseria trasterrada… que han jalonado la vida de tanta gente canaria a lo largo de los siglos. Ahí es cuando nos empoderamos y nos hacemos merecedores de ejercer nuestra soberanía.
9. Este nuevo paradigma sitúa el interés de Canarias por encima de cualquier otra consideración partidista o ideológica. El soberanismo constituye una forma de entender el ejercicio del poder político desde la defensa permanente de los intereses del archipiélago. Es una cultura política basada en la responsabilidad institucional, en la lealtad hacia la ciudadanía canaria y en la convicción de que las decisiones deben adoptarse, siempre que sea posible, allí donde producen sus efectos.
Complicado. ¿Cuál es el interés de Canarias? Si existe ese único interés, ¿está por encima de cualquier consideración partidista o ideológica? Hasta en el grupo humano más pequeño (la pareja) hay intereses contrapuestos, diferencias, etc. ¿Cómo no va a haberlos en una sociedad compleja, plural como la canaria con más de dos millones de personas y subiendo? Entiendo que el soberanismo busque representar a sectores amplios de la sociedad canaria, intentando orillar esquemas ideológicos excesivamente rígidos y tratando de aunar intereses tanto como sea posible. Solo en coyunturas excepcionales se consigue ampliar tanto el espectro como para desbordar a izquierda y derecha los límites tradicionales de un espacio político. Creo que el mejor ejemplo lo ha dado históricamente el peronismo pero solo en momentos puntuales. O el Podemos del primer Vistalegre. Si la amplitud del espectro es excesiva, los conflictos de la sociedad colonizan tu propio espacio político y la ruptura es inevitable. Un campo propio estrecho será muy confortable y familiar pero, probablemente, poco útil a la sociedad. Es loable querer servir a toda Canarias y no solo a determinados intereses. En la práctica, hay que elegir. Y ya puestos, cito a John Williams Cooke cuando dijo aquello de “es preferible equivocarse con el pueblo que tener razón contra él”. Incluso aunque, al contrario de lo que defendía Perón, “el pueblo SÍ se equivoca”.
10. En definitiva, el canarismo del siglo XXI debe dejar de definirse como un vacuo nacionalismo periférico para afirmarse como un soberanismo autocentrado y democrático. La identidad continúa siendo el elemento que genera cohesión y sentido de pertenencia; la soberanía constituye la herramienta política que permite transformar esa identidad en bienestar, prosperidad y justicia social. El objetivo ya no es únicamente preservar lo que somos, sino disponer de la capacidad necesaria para decidir libremente cómo queremos vivir y cómo queremos construir el futuro de Canarias. Ese debe ser el verdadero horizonte del nuevo canarismo: menos identidad entendida como mera reivindicación simbólica y más soberanía concebida como capacidad efectiva de decidir sobre nuestro propio destino como Pueblo.
El canarismo del siglo XXI debe definirse. Punto. En gran medida, su indefinición nace de la pereza intelectual, de su obsesión por la conquista del poder para no cambiar gran cosa y de su prácticamente inexistente reflexión. Es un insulto a la inteligencia y hasta a la memoria histórica usar el adjetivo “nacionalista” para referirse a un espacio que, en muchos contextos, no es sino el espacio que no es ni el del PSOE ni el del PP, sin mayor armazón ideológica. Ya el hiperónimo “canarista” resuelve el problema con su proverbial generosidad como para seguir desvirtuando el nacionalismo. Mientras esto no cambie, nada cambiará.
Percibo a ratos en este último párrafo un intento de reequilibrar lo identitario y la búsqueda de la soberanía como dos pesas en una balanza. Por eso, yo lo expresaría de esta manera: más identidad de rica reivindicación simbólica y aplicación práctica real y más soberanía para construir una Canarias más justa, solidaria y libre.
Hasta aquí mi ejercicio de comentario a un artículo tan interesante como el que nos propone Fernando Ríos. Espero que esta modesta aportación contribuya a provocar alguna reflexión que nos saque del marasmo actual porque un espacio político que no se piense y se cuestione no merece sino desaparecer.