Carla Durán Martín

El 922 fue el primer prefijo que aprendí de memoria. No era el prefijo de mi casa, pero sí el que marcaba para llamar a una parte de ella.
He vivido toda mi vida en Madrid y, durante mucho tiempo, cuando alguien me preguntaba de dónde era, respondía automáticamente: “De Madrid”. Era la respuesta más fácil, la que encajaba con dónde había nacido y crecido. Sin embargo, añadía inmediatamente después, casi como una aclaración necesaria: “Pero mi familia es de Canarias”.
Ese “pero” realmente decía más de lo que yo creía. Era la manera que había encontrado de evitar que Madrid agotara la explicación de quién era, había algo en mí que se resistía a que el lugar en el que había crecido explicara por sí solo de dónde me sentía parte.
Madrid forma parte de mi vida cotidiana, de mi educación, de mis amistades y de la persona en la que me he convertido. Pero, también me considero canaria y quizá precisamente por haber crecido lejos he tenido que pensar más en qué significa para mí serlo. Tener que explicar esa pertenencia, ponerla en palabras y preguntarme de dónde venía me llevó a prestar atención a cosas que, probablemente, habría dado por evidentes si hubiera crecido en las Islas. La distancia no debilitó necesariamente ese vínculo, en mi caso, lo volvió más consciente.
Mi madre es canaria y mis abuelos también. Desde pequeña he pasado en las Islas veranos, Navidades y Semanas Santas. Pero cuando pienso en cómo se formó realmente ese vínculo, no creo que pueda explicarse sólo por los viajes, ni por la familia. Paradójicamente, una parte importante se construyó en Madrid, viendo cómo mi madre seguía relacionándose con Canarias después de haberse marchado.
Cuando era pequeña, me llevaba a encuentros con otros canarios en la diáspora que vivían en Madrid. Cantábamos isas, comíamos frangollo y yo iba aprendiendo referencias que hasta entonces sólo conocía de casa. Pero lo que recuerdo de aquellos encuentros no es únicamente el folclore. Recuerdo también las conversaciones, la gente preguntando por las Islas, hablando de alguien que había vuelto, comentando cosas que estaban ocurriendo allí. Se formaba una pequeña comunidad alrededor de una procedencia compartida, aunque casi todos hubieran construido ya buena parte de su vida fuera.
A su vez, mi madre también me llevaba a manifestaciones relacionadas con cuestiones canarias. Desde muy pequeña recuerdo estar gritando por las calles de Madrid “¡Piche no!”, sin entender del todo lo que significaba, pero haciendo que ese sentimiento de pertenencia se incrementara en mí.
Las isas, la comida o las fiestas mantenían una cultura y unas referencias comunes, algo importante cuando se vive lejos. Pero aquella comunidad no se reunía sólo para recordar Canarias, también seguía pendiente de lo que pasaba allí.
Eso fue probablemente lo más importante que recibí. Canarias no aparecía solamente como el lugar de mis abuelos, de las vacaciones o de unas costumbres que había que conservar. Era también una sociedad en la que ocurrían cosas que seguían afectando e interesando a personas que llevaban años viviendo en Madrid. Entendí entonces que el vínculo con el lugar no terminaba cuando uno se marchaba.
Las segundas generaciones recibimos buena parte de Canarias de esa manera, a través de recuerdos, formas de hablar, historias familiares y una determinada idea del territorio construida por quienes sí vivieron allí. Podemos sentir todo eso como muy nuestro aunque muchas de esas experiencias, en realidad, pertenecieran a nuestros padres o a nuestros abuelos.
Hay algo extraño en esa cercanía, uno puede reconocer paisajes en los que nunca ha vivido de manera estable, saber cómo era un pueblo antes de haberlo conocido y sentir nostalgia por cosas que realmente perdieron otros. No creo que eso vuelva falsa la identidad, pero sí hace que la experiencia de una segunda generación sea distinta.
Además, lo que recibimos nunca es una versión neutral del lugar, cada familia recuerda desde una época concreta, desde su situación económica, desde las razones por las que se marchó y desde cómo le fue después. Hay quien conserva una imagen casi ideal de Canarias y quien recuerda, sobre todo, aquello que hizo difícil quedarse. Muchas veces las dos cosas conviven, se puede querer muchísimo un lugar y pensar, al mismo tiempo, que allí no se pudo construir la vida que se quería.
Durante la infancia aceptamos esa versión sin hacernos demasiadas preguntas. Más adelante empieza a quedarse corta. Conoces problemas que nunca aparecieron en casa y empiezas a preguntarte cuánto de la Canarias que conoces pertenece realmente a Canarias y cuánto pertenece a la experiencia concreta de tu familia.
El vínculo puede mantenerse durante años a través del folclore y de la memoria familiar, y ambas cosas son importantes, pero por sí solas pueden acabar conservando una versión del territorio detenida en el tiempo. Una isa puede seguir cantándose en Madrid cincuenta años después, las vivencias y problemáticas de la sociedad canaria, mientras tanto, habrán cambiado muchísimo.
Si queremos, como segundas generaciones alejadas del territorio, que esa pertenencia siga teniendo contenido y significado para nosotros, en algún momento tiene que aparecer una relación propia con el presente y con su comunidad, tenemos que hacer una exploración activa de nuestra propia identidad. No como una obligación ni como una prueba de canariedad, simplemente porque, si uno solo conoce el lugar del que viene su familia a través de lo que otros recuerdan, la identidad sigue perteneciendo en buena medida a la generación anterior, no a ti mismo.
En mi caso, interesarme cada vez más por lo que ocurría en Canarias me llevó también a entender de otra manera cosas que siempre habían estado delante de mí, pero que entendía cómo anécdotas familiares individuales. La emigración fue una de ellas. Durante mucho tiempo, que mi madre viviera en Madrid era simplemente un hecho familiar. Se había marchado, había construido aquí su vida y yo había nacido aquí.
Cuando empecé a conocer mejor la historia canaria, esa salida dejó de parecerme completamente individual, y la pude enmarcar dentro de un proceso colectivo mucho más amplio que, a su vez, me hizo reafirmar y entender mejor mi propia experiencia, y el por qué no me sentía solo madrileña.
La emigración hacia América, la relación con Venezuela o la idea de la “octava isla” muestran hasta qué punto muchas familias canarias han construido su historia entre lugares distintos. Ser canario ha sido muchas veces también ser migrante.
En el caso de muchas emigraciones a la Península1, ese movimiento se enmarca en un proceso en el que las oportunidades económicas, educativas o profesionales terminan empujando a muchas personas hacia las grandes ciudades. No significa que todas se marchen obligadas ni por las mismas razones, pero tampoco es puro azar. Que mi madre acabara en Madrid y que yo naciera ahí puede leerse también dentro de esa lógica, una decisión familiar concreta, pero claramente atravesada por condiciones más amplias que la propia familia.
Durante mucho tiempo había entendido mi relación con Canarias desde la distancia. Yo estaba fuera y trataba de mantener un vínculo con un lugar que no era el de mi día a día. Pero esa distancia también tenía una historia y un por qué, yo estaba en Madrid porque antes alguien se había marchado.
Estar fuera de un territorio no significa necesariamente estar fuera de su historia. En una sociedad marcada durante tanto tiempo por la emigración, parte de las consecuencias de esa historia aparecen precisamente fuera, en familias que se establecieron en otros lugares y en hijos que crecieron después intentando entender qué relación mantenían con el origen.
De igual forma, vivir en Canarias durante muchos años no convierte automáticamente la residencia en identidad, del mismo modo que haber nacido fuera no elimina necesariamente un vínculo con las Islas.
Una persona llegada de fuera puede construir una relación profunda con el territorio, participar de su vida social y acabar siendo reconocida como parte de la comunidad, pero esa pertenencia no depende sólo del tiempo vivido allí ni de cuánto cariño se le tenga a Canarias. También importa desde qué posición se construye esa relación con Canarias. Para mí, vivir durante décadas en Canarias no basta, por sí solo, para convertir a alguien en canario. Hay personas que llegan desde fuera con una capacidad económica que les permite elegir Canarias como lugar de residencia sin depender de sus salarios, de su mercado laboral o incluso de las mismas dificultades de acceso a la vivienda que condicionan la vida de buena parte de la población. Pueden conocer y querer profundamente las Islas, pero su relación con el territorio parte de una posición distinta.
No lo planteo como una cuestión de origen ni como una forma de negar que quien llega pueda integrarse y formar parte de la sociedad canaria. La pertenencia, para mí, requiere algo más que estar físicamente en un lugar, implica una relación con la comunidad, con su historia y con los problemas que condicionan la vida de quienes la forman. Cada relación con Canarias está atravesada por una trayectoria concreta y por una posición de poder determinada dentro de la sociedad. Por eso, me cuesta pensar la identidad como algo que uno decide completamente por sí solo. Tiene una dimensión personal, claro, pero también se construye en relación con una comunidad, con la manera en que participamos en ella, con su historia y con el reconocimiento que se produce entre quienes comparten ese espacio social.
El reconocimiento social forma parte de la identidad, pero, sin embargo, también importa sobre qué criterios se construye. No es lo mismo preguntarse por la relación que alguien mantiene con una comunidad que decidir su pertenencia a partir de señales inmediatas. Si el origen, el apellido, el aspecto físico o la manera de hablar se convierten en pruebas de autenticidad, se acaba construyendo una especie de “jaula de canariedad” que, además de dejar fuera experiencias muy distintas, puede terminar reproduciendo lógicas xenófobas o racistas.
En mi caso, esto se hace muy evidente con el acento, probablemente uno de los rasgos más inmediatos con los que se encasilla a alguien como canario o no. La forma de hablar permite clasificar socialmente a una persona antes de conocer casi nada más sobre ella. Mi acento madrileño deja claro que no he crecido en Canarias y, a veces, tengo la sensación de que esa evidencia adquiere más peso que cualquier otra forma de vínculo con las Islas. El acento entonces, deja de interpretarse como una señal de dónde ha crecido alguien y empieza a utilizarse como medida de legitimidad, como si sonar canario y ser reconocido como canario fueran necesariamente la misma cosa. Ahí, una diferencia lingüística acaba convirtiéndose en una frontera de pertenencia, y algo tan inmediato como la voz termina simplificando una identidad construida a través de vínculos mucho menos visibles.
Madrid, de hecho, me ha servido para entender que residencia e identidad no son sinónimos. He vivido aquí siempre y nunca he desarrollado una identidad madrileña especialmente fuerte. Durante años pensé que Madrid simplemente no tenía una identidad fuerte, cuando en realidad eso hablaba mucho más de mi propia experiencia. Mi vida ha estado repartida por una ciudad enorme, con estudios, amistades y rutinas en lugares distintos y poca vida comunitaria ligada a un barrio concreto. También la clase y la capacidad de moverse por una gran ciudad cambian la forma en que uno se relaciona con el lugar donde vive.
Con Canarias ocurrió de otra manera, precisamente porque estaba lejos hubo que mantener esa relación de manera más consciente. Primero lo hicieron otros por mí, mi madre llevándome a aquellos encuentros, las vacaciones, las llamadas, las conversaciones en casa. Después tuve que decidir cuánto de todo eso seguía teniendo significado para mí.
Creo que ahí está lo que más me interesa de ser segunda generación. Es imposible reproducir exactamente la identidad de quienes vinieron antes. Lo que sí podemos hacer es conseguir que aquello que recibimos siga teniendo relación con la sociedad de la que salió. El folclore y la memoria familiar cumplen una función enorme, pero para mí cobran mucho más sentido cuando detrás sigue habiendo curiosidad por lo que ocurre en Canarias y una relación activa con la gente que vive allí.
Ya no marco el 922 para llamar a mis abuelos, básicamente porque ya no tienen teléfono fijo. Pero ese prefijo se quedó siempre en mí y me ayudó a entender a dónde pertenezco. Supongo que entender por qué me importaba ha llevado bastante más tiempo que aprendérmelo.
- N.de la E. península Ibérica (excluyendo a Portugal, Gibraltar y Andorra). ↩︎