Yaiza Afonso Higuera
El verdadero amor siempre está enlazado con el cuidado. El amor a la tierra está unido a que nos fijemos en los nidos de los pájaros, en que nosotros podamos construir nuestro propio nido, convivir con los seres que nos precedieron, construir dejando un lugar para otros seres.

Puedo recorrer mi vida en 30 segundos.
Soy hija de la isla. Mi padre luchó por ella y estuvo preso cuando mi hermano y yo éramos bebés y mi hermana estaba en la barriga. Nos mudamos a La Pasada, una finca que sabía a guayabo. Un día, la finca y mi padre desaparecieron. Tiramos pa’lante gracias a mami y al piso de abuelo. Desde mi ventana de adulta, soy consciente de la hipoteca, pero me inspira despertar escuchando a mi hijo decir “Buenos días”. Ahora Juampe hace café para seguir construyendo esta isla de la que soy hija, esta isla de la que soy madre.
Puedo pararme en el ahora, en el detalle del piar de la mañana.
Las aves del lugar que habito me conceden la misma esperanza que sentía el poeta gomero por las naranjas. Esta mañana desperté con el canto, los sábados son ideales para disfrutarlos desde la cama. Abrí la persiana para apreciar el sol y mientras reposaba tras el sueño profundo, vi como uno de los herrerillos que viven justo en la casa de enfrente se posó en mi ventana. Me cantó a mí, comprendí que me traía un mensaje. Me sentí afortunada.
– Un regalo, le dije a Véntor.
El herrerillo africano es un endemismo canario-norteafricano. Estas lindas aves se caracterizan por tener la cara pintada con un antifaz negro sobre blanco, el pecho amarillo y una capa azul intensa. No estuvieron siempre en la isla, un día llegaron y anidaron para quedarse, para transformarse junto a las rocas volcánicas. Un día se adaptaron a las cuevas de los guanches y después a los bloques y a los jardines bajo los bosques. Los herrerillos se quedaron aquí.
Cuentan que hace más de 3.000 años, La Laguna era una selva inmensa de laureles, un bosque brumoso atrapado por el agua. Desde mi casa en la Vega Lagunera trato de imaginar aquel bosque antiguo mirando a la montaña y pintando de laureles el resto del territorio. Es increíble cómo a pesar de tanto coche y cemento siguen resistiendo las aves.
Los días normales también miro al cielo, es mi costumbre cuando salgo a trabajar. En los descampados cerca de casa vive una familia de garcillas bueyeras, a veces las observo volando, otras veces reposan en la yerba. Un pequeño arroyo de agua las atrae y convierte el fango en su hogar. No sé si su estancia es temporal, pero sé que hoy son mis vecinas. Los mirlos vuelan de un lado a otro, y hace unos días vi un canario reposando en un poste de la luz. En el azul flojo trato de distinguir los cernícalos de otras especies de rapaces. Me propongo reconocer sus plumajes, sus cantos, sus casas, me propongo ser vecina de verdad de las aves.
Esa esperanza que me dan los cantos se pierde cuando me adentro en la TF5 y encuentro un lugar inhóspito para ellas, un espacio sin vida, sin sueños, de piche devorador. Soy hija de una isla que mengua. Soy hija de una isla que se oscurece bajo los coches que la atraviesan, bajo los hoteles de 5 estrellas, bajo los apartamentos vacacionales, bajo el cemento.
Soy madre de una isla que sigue flotando. Mis vecinos herrerillos han hecho el nido en el lateral de la casa de enfrente. La casa es amarilla y porta una imitación de tejado en el primer piso justo encima de la ventana, allí está el nido. En el final de las tejas, una herrerilla curiosa encontró el lugar ideal para poner sus huevos. Ojalá tener una casa fuera tan fácil. Un huequito donde poner la cama, donde prender un fogal para hacer el potaje, un chorro para lavarse la cara.
– Hoy en día tener una casa y poder pagarla es tener suerte, me dice una amiga.
Me tengo que sentir afortunada por pagar una hipoteca porque otros, otras, ni siquiera pueden llegar a ella. Me entristece pensar en ello, y también me pregunto si podré pagarla todos los meses, me tengo que sentir afortunada a pesar de mi incertidumbre.
Sigo tumbada y me paro en la Mesa Mota. Al observar la montaña me convierto de nuevo en la optimista de siempre, las montañas resisten. Anoche fue el baile de magos de Santa Cruz, allí di mi primer beso hace ya mucho. Miles de personas sienten el orgullo de la canariedad yendo al baile, pero me gustaría que también lo sintieran mirando al cielo. El verdadero amor siempre está enlazado con el cuidado. El amor a la tierra está unido a que nos fijemos en los nidos de los pájaros, en que nosotros podamos construir nuestro propio nido, convivir con los seres que nos precedieron, construir dejando un lugar para otros seres.
Puedo invitarte a ser madre de la isla.
Ser hija de la isla y ser al mismo tiempo madre de ella, tiene sus responsabilidades. Una es hija sin saberlo, sin quererlo, pero ser madre es otra cosa. Una es madre con conciencia. Seamos madres para cuidar el archipiélago, para mirar al cielo, para dejar huequitos en lo que puedan convivir con nosotras canarios, herrerillos, mirlos, petirrojos, pinzones y mosquiteros. Las madres no queremos que se hundan nuestros hijos e hijas, las madres no queremos que estas islas solo floten, las madres queremos que Canarias siga floreciendo.