Iván Vega Mendoza

Otro año más entramos de nuevo en un mes de mayo cargado de celebraciones por el Día de Canarias. El programa de actos festivos del Gobierno detalla exhibiciones de deportes autóctonos, actuaciones de música folklórica y de raíz con el timple como protagonista, y también miniferias de ciencia y actos en torno a la figura de Alfonso García-Ramos —sin dar más detalles—. El acento, en cualquier caso, recae decididamente en nuestras tradiciones. Los colegios del Archipiélago también se llenarán de estampas típicas y actividades que culminarán con el alumnado vestido de mago o de canario, amasando gofio, quizá aprendiendo a cantar o incluso a tocar o bailar alguna pieza del folklore musical, o hasta participando en algún taller de lucha o bola, algún curso de silbo, o asistiendo a alguna exhibición de salto del pastor. Contribuirá así el sector educativo a transmitir nuestras tradiciones y podremos decir otro año más que el Día de Canarias fue un éxito. Con la satisfacción del deber cumplido, meteremos el traje, los instrumentos y toda idea de canariedad en una gaveta y nos olvidaremos de ella hasta el año que viene si Dios quiere por las mismas fechas.
No se me entienda mal. No hay duda de que transmitir y mantener vivas manifestaciones culturales populares como las arriba descritas no es que sea importante, sino que es fundamental, y todos los esfuerzos para lograrlo serán pocos. Sin esas manifestaciones culturales que tanto gustamos de llamar nuestras tradiciones difícilmente tomaremos conciencia de que el pueblo canario es pueblo precisamente porque posee formas de vida propias, específicas, representativas y relevantes que lo identifican y diferencian de otros pueblos. Mantener vivas esas formas de vida, preservar su representatividad y relevancia, es la base de nuestra conciencia colectiva y nuestra identidad. Quien descuida su identidad termina por no saber quién es ni qué lugar ocupa en el mundo, y por tanto es incapaz de defender sus intereses, se dedica a copiar a otros alegremente y no puede vivir una existencia plena, constantemente buscando referencias y validación ajenas Tanto en lo individual como en lo colectivo.
Pues bien, sostengo que actualmente la celebración del Día de Canarias no sólo no refuerza la cohesión e identidad del pueblo canario, sino que contribuye a banalizarla, a debilitarla y a convertirla en una reliquia que sacar de paseo una vez al año en el mejor de los casos.
La razón principal está a la vista de quien la quiera ver: a pesar de los golpes de pecho en el mes de mayo y más allá de la exaltación de lo canario que oiremos estos días, lo cierto es que casi todas esas expresiones culturales, fundamento de nuestra identidad propia, brillan por su ausencia en la vida cotidiana de la inmensa mayoría de la población canaria. Es más: desaparecen casi por completo de la mayoría de los recintos educativos conforme pasa el Día de Canarias. Los casos en que no es así no son sino la excepción que confirma la regla, casi siempre gracias al esfuerzo impagable de personas y colectivos voluntarios. Por lo general el alumnado canario continúa escolarizándose en el Archipiélago prácticamente a espaldas de su propia cultura, de su realidad inmediata, la que lo modela como personas adultas. El currículo escolar sigue viniéndonos dado desde realidades que no son la nuestra, con ejemplos prácticos que el alumnado pocas veces habrá visto en vivo y en directo, con libros de texto que ignoran o si acaso reducen la realidad de las Islas a un recuadrito al pie, o que directamente explican al piberío que en Canarias decimos muyayo. El profesorado en su mayoría carece de la formación o la voluntad para corregir el desastre. Pero los responsables políticos del desaguisado estarán en primera línea de las festividades alardeando de canarios y jurando su compromiso con nuestras tradiciones.
Insisto tanto en la expresión nuestras tradiciones porque con el paso de los años se me ha vuelto insoportable. No es sólo por la hipocresía de quienes teniendo el deber de poner los medios para promover y fortalecer la cultura propia en todos los ámbitos de la vida han hecho dejación de su tarea, para después llenarse la boca hablando de nuestras tradiciones. No es sólo que a fuerza de sorroballarla hayan conseguido darle un matiz repelente y casposo a la expresión; es, por encima de todo, el reduccionismo ignorante, el cachanchanismo provinciano de limitar la tradición y la cultura a unos pocos actos folklóricos cada mes de mayo, por lo demás fosilizados en un costumbrismo que huele a formol. Más arriba ya expongo el valor inestimable que tienen la música folklórica, los deportes autóctonos, etc. pero si no se les crean espacios en los que encontrarlos y practicarlos a diario con naturalidad, si no se los integra con fluidez en todas las materias escolares, si no se los convierte en formas de vida representativas y cotidianas, envararlos en un formato de exhibición una vez al año es la vía rápida para restarles vitalidad y que, quizá, terminen por desaparecer.
No acaba ahí la cosa. Otra consecuencia nefasta de esta trivialización de la cultura es el ocultamiento del resto de nuestra tradición, hasta el punto de que mucha gente identifica cultura canaria con folklore musical, artesanía, deportes autóctonos y poco más. Es decir, eso que se ha dado en llamar nuestras tradiciones. Sin embargo, Canarias, como cualquier pueblo diferenciado, ha creado a lo largo de siglos una tradición cultural —en singular— plena en tantos otros ámbitos de la creación: lengua y literatura, artes plásticas y escénicas, innovación, investigación, pensamiento. ¿Cuánta gente sería capaz de nombrar siquiera alguna figura canaria destacada en alguno de estos campos? En todos ellos la cultura canaria es fecunda y ha dejado huella en otros lugares del mundo. Pero si las expresiones más populares de nuestra tradición corren peligro de quedar esclerotizadas, el resto de nuestra producción cultural está directamente oculto, como si nunca hubiera existido, ajeno al debate público y desterrado de las aulas. De poco sirve que el español canario y la literatura canaria fueran claves en el desarrollo literario y cultural americano, que el padre de la ingeniería moderna fuera canario, que hayamos sido insoslayables en artes plásticas o que nuestra tradición de pensamiento fuera celebrada ya desde la Ilustración si el canario medio lo desconoce absolutamente y es, por tanto, incapaz de ponerlo en valor, como se dice ahora.
Parafraseando a Javier Marcos Arévalo, la tradición es la permanencia del pasado vivo en el presente, es nuestra herencia colectiva, los conocimientos que cada generación entrega a la siguiente para que esta los renueve, los transforme y los adapte para mantenerlos vigentes. La tradición está en constante renovación, creando constantemente nuevas formas de expresión cultural, de lo contrario lo que nos quedaría serían antiguallas, costumbres fósiles, obsoletas.
Eso es lo que puede terminar ocurriendo en Canarias si no ponemos de una vez los medios para que la transmisión y transformación de la tradición dejen de ser un goteo precario y se conviertan en un torrente de producción cultural inserta en su propia realidad y tradición. Conquistar espacios públicos para (toda) nuestra cultura, colonizar con ella las aulas y los medios resulta ser una estrategia de pura supervivencia para cualquier etnia en el mundo digitalizado de hoy. Para la nuesta también. Una pista: alegar vaciedades sobre nuestras tradiciones y vestirse de mago una vez al año no va a bastar.