Guetón

OBERTURA –– LAS PALMAS, CIUDAD ABIERTA
Hace ya algunos meses tuve el privilegio —y digo privilegio porque hubo que rascarse el bolsillo, acaso con una irresponsabilidad financiera no del todo justificable— de asistir en el Teatro Pérez Galdós a la representación de un biopic operístico dedicado a Juan Negrín, presidente del Gobierno de la República durante la guerra de España, como él mismo prefería llamarla. Hasta última hora no tuve claro si sacar la entrada. Me retenía el escepticismo de quien temía que lo político, una vez puesto en manos de la industria cultural, acabase reducido a una combinación de solemnidad hueca y pedagogía premasticada. Pero me empujaban dos razones de mayor peso. La primera, más prosaica: la curiosidad por presenciar eso que hoy se presenta con frecuencia como acontecimiento (ese malsano deseo de consumir “momentos históricos”: ¡vaya, una ópera sobre Negrín!). La segunda, más elevada: el interés por comprobar qué relato político y qué tonalidad moral iban a proponerse aquella noche en la capital grancanaria en torno a una figura tan singular como Negrín.
Acudí, lo confieso, con una pequeña película ya montada en la cabeza. Me imaginaba la velada capitalina como una estampa costumbrista de respetabilidad progresista: una reunión más o menos reconocible de capas funcionariales acomodadas, profesores universitarios, profesionales de la opinión, cargos públicos socialistas, etcétera. El ecosistema de sociabilidad ilustrada que acostumbra a dejarse ver en esta clase de ceremonias culturales con pretensión cívica. Una suerte, en fin, de autorrepresentación complaciente del progresismo local ante su propio espejo. Mi sorpresa fue ser incapaz de reconocer una sola cara. Tal vez se me escapó alguna en la penumbra o en el trasiego entreactos, pero lo cierto es que allí no compareció una capillita reducida ni un concilio de notables, sino algo bastante más amplio y, por eso mismo, más interesante: una porción perfectamente verosímil de la sociedad progresista (gran)canaria realmente existente más allá de sus personajes ilustres…
Que era, en último término, su destinataria natural. O al menos debería haberlo sido. Por eso mismo me llamó la atención la ausencia de las máximas autoridades socialistas canarias, tan poco dadas a perderse la foto en inauguraciones, procesiones y tenderetes; quizá, a buen entendedor, el síntoma empiece precisamente ahí. Atrás quedó la época de socialistas refinados —gauche caviar, dirían los franceses— como Jerónimo Saavedra o José Miguel Pérez, a quienes se les puede reprochar de todo salvo una falta de lecturas y un cierto interés por la estética. No me entiendan mal: no se trata, de ningún modo, de entregarse a ninguna nostalgia por edades de oro que ni volverán ni fueron tan doradas. Tampoco de derramar lágrimas de cocodrilo por quienes contribuyeron decisivamente a vaciar ideológicamente el partido hasta convertirlo en pieza subalterna de engranajes de poder ajenos. Se trata de otra cosa: de ensayar una crónica algo sui generis sobre el estado anémico de la principal organización política del archipiélago y fuerza indiscutible del espacio progresista. Una organización que, pese a su aparente buena salud —presencia en el Consejo de Ministros, excelente implantación municipal, participación destacada en el gobierno de varios Cabildos—, no suscita adhesiones entusiastas entre los suyos, no produce liderazgos reconocibles y tampoco termina de convencer en su pretensión de constituirse en alternativa al actual gobierno autonómico conservador.
No soy crítico musical, de modo que haría mal en aventurar juicios que no me corresponden. Pero sí puedo decir esto: los motivos musicales satisficieron en buena medida mis más altas expectativas. Había en ellos una voluntad inequívoca de elevar, de tensionar moralmente al espectador, de devolver al antifascismo un aliento apasionado. Cada vez que el coro, o el espléndido tenor que interpretaba a Negrín, dejaban oír aquel “¡Resistir es vencer!”, unas veces con ímpetu marcial y otras en registro contenido, casi susurrado, se hacía evidente que la obra había entendido algo que nuestro tiempo olvida con demasiada facilidad: que la política necesita formas sensibles y modulaciones afectivas. No basta con tener razón ni con custodiar correctamente el legado de las causas justas. Hace falta algo más esquivo y en desuso: la construcción de una épica. Y, sin embargo, fue precisamente ahí donde la ópera mostró sus carencias como artefacto estético-político. Porque si algo quedó claro aquella noche es que incluso cuando el campo progresista intenta volver a hablar el lenguaje de la grandeza trágica ––cabalgar el pathos, en definitiva––, sigue haciéndolo a menudo bajo los signos de la derrota y la autocontención. Vale una escena concreta de la función para ilustrarlo.
Hubo, para decirlo sin rodeos, algo profundamente equivocado en representar a un Negrín (actor) atemorizado ante un Hitler (actor), casi encogido en su presencia, y más aún en el cierre final de la obra: un Negrín anciano angustiado por el mundo de posguerra, abandonado por su partido y por la Historia misma, que exhala un chillido incomprensible y se desploma infartado. No me interesa aquí polemizar como historiador del personaje ni como exégeta del libreto. Lo relevante es otra cosa. En una época de tanta preeminencia de la semiótica como la nuestra, las imágenes pesan más que las explicaciones (y, por ello, confío en que no se distribuya jamás la grabación de la función), fijando marcos, predisponiendo lecturas y desactivando otras. Y lo que allí se ofrecía, al fin y al cabo, era una forma muy reconocible de la épica progresista contemporánea ––noble, vibrante, que aspira a la belleza––, pero declinada en negativo: moralmente bienintencionada, pero políticamente exhausta, capaz todavía de conmover, pero ya no tanto de convocar.
Ese detalle importa más de lo que parece. Porque el problema del progresismo —y el del PSOE canario en particular— no consiste solo en un déficit crónico de programa. Y es que incluso cuando intenta reapropiarse del tono alto de la política, lo hace desde una sensibilidad de derrota anticipada, desde un imaginario en el que resistir aparece como una forma digna de perder y no como una disposición a reorganizar las fuerzas propias y a disputar el mando de la coyuntura. La noche de Negrín, que quiso funcionar como exaltación de la memoria democrática, terminó ofreciendo involuntariamente una metáfora bastante exacta del presente: un espacio político que de cuando en cuando demuestra que sabe emocionar y emocionarse, pero que parece haber olvidado cómo convertir esa emoción en voluntad de victoria.
Por eso conviene detenerse en esa escena. No para hacer crítica musical ni para repartir certificados de pureza memorialística, sino porque en ella asoma un problema político de primer orden. A saber: que las fuerzas que se dicen democráticas y progresistas siguen sin entender, ni mucho menos resolver, su relación con los usos políticos de la épica. O la delegan en el adversario (y así nos va, hoy en día no decrecen PP y CC, mientras crece Vox), como si toda épica fuese sospechosamente populista y antiilustrada, o la recuperan solo en su forma elegíaca, como homenaje o duelo. Y sin embargo la política contemporánea funciona cada vez menos como un intercambio razonable de argumentos ––Jürgen Habermas y la ilusión deliberativa ya habían fallecido intelectualmente hablando unos cuantos lustros antes–– y cada vez más como un terreno de identificación con no pocas dosis de teología política y de condensación de fuerzas tanto ideacionales como materiales. Quien no comprenda eso podrá tal vez conservar cierta aura de respetabilidad ante propios, extraños y contrarios (al menos por un tiempo), pero no será capaz de liderar ni de conducir un campo político, el progresista, cuyo pueblo se encuentra huérfano de prácticamente todo lo que hoy funciona como materia prima de la política.
Esta es la incógnita que plantea hoy el enigma PSOE-Canarias. Abordémosla, pues, con toda la claridad pedagógica de la que seamos capaces, porque en ello nos va, como poco, la próxima década política del archipiélago y, en el peor —ya nada es inverosímil— de los casos, la propia preservación de la democracia autonómica.
RECITATIVO –– DOS (O TRES) IDEAS FUERZA
No sería justo cargar sobre una ópera responsabilidades que corresponden a un partido político con sus respectivos dirigentes, cuadros, militantes e infinidad de recursos económicos e institucionales a su disposición. Pero tampoco sería inteligente pasar por alto lo que, a veces, el arte deja al descubierto sin proponérselo. Y es que lo verdaderamente revelador de aquella noche no fue la fidelidad histórica del retrato de Negrín, sino la fidelidad involuntaria con la que la obra retrató el estado afectivo del progresismo canario. Debiéramos tener esto presente y afrontarlo con la gravedad debida. Toda época termina por proyectarse, aun a su pesar, en las formas con las que representa a sus muertos ilustres.
Una. Existe, por así decirlo, una épica negativa. La entiendo como el síntoma de una sensibilidad intelectualmente envejecida, esto es, incapaz de actualizarse conceptual y discursivamente, y por tanto inclinada a racionalizar a posteriori, frecuentemente equivocando el lugar, aquello que ni siquiera se toma la molestia de comprender políticamente. En este sentido, la épica negativa no es exclusivamente una estética, sino una forma de renuncia cognitiva. Su operación característica consiste en clausurar en falso el problema. La forma habitual es bien conocida y adopta la forma de un doble movimiento: en el plano de la demanda social, la escandalización moral (y moralizante) ante los excesos retóricos e ideológicos de la ofensiva reaccionaria; del lado de la oferta
electoral, la inoculación sistemática del temor entre los propios ante la amenaza del fascismo. Es el viejo mecanismo de “que viene el lobo”, o, en la versión castiza del marketing electoral español, el dóberman. Se trataría, en fin, de vendernos un producto artificial, un antifascismo plástico, plenamente acorde con la versión más superficial de la industria cultural de nuestros tiempos que, agotada ya su imaginación, nos condena al eterno remake de materiales pasados de rosca, como reza aquel canto de la regurgitada cultura pop adolescente con barniz shakespeariano: “Double, double, toil and trouble / Fire burn and cauldron bubble / Double, double, toil and trouble / Something wicked this way comes!”.
Dos. No necesitamos, en ese sentido, un momento negrinista, es decir, la sentimentalización de una resistencia admirable, sí, pero condenada de antemano a agotar su potencia. Un entendimiento trágico de la figura derrotada, el peso muerto del último presidente republicano reducido a revolverse, rabioso y exhausto, ante la consumación de la derrota y la persistencia de las calumnias sobre su nombre para toda la eternidad. Lo que haría falta sería algo que podríamos concebir como negriniano: una voluntad ilustrada, combativa y afirmativa para encarar el presente, y que se correspondería, además, de manera bastante más fiel con la trayectoria del Negrín- presidente que la imagen legada del Negrín-personaje tanto por sus detractores como por no pocos de sus partidarios. Una política negriniana no sería solo la que resiste, sino la que sabe extraer de la propia lucha una energía afirmativa, una alegría de combate, incluso una forma de goce en ella. Porque sin ese suplemento afectivo —sin esa capacidad de experimentar la disputa no solo como sacrificio, sino también como afirmación— la política termina vivida como un deber triste, y desde ahí no se interpela a nadie.
Tres. Ocurre, además, que los tiempos que corren ya no perdonan esta clase de impotencia.Mario Tronti ––quien resulta muy conveniente para el caso que nos ocupa, nadie ajeno a las servidumbres del reformismo realmente existente: nada menos que un político reformista en el Partido Democrático italiano–– nos recordaba que:
“La política moderna no es polis ni ágora. Es una relación de fuerzas, es poder contra poder, es pertenecer a un bando que se opone a otro. Quienes no han comprendido esto, diría Weber, siguen siendo niños políticos. Francamente, prefiero a los que fingen ser niños que a los que lo son. Cuando uno se dedica a la política, está llamado a dominar al demonio de la historia, [con Kant] porque se enfrenta a la torcida madera de la humanidad”.
Conviene subrayarlo, porque una parte del progresismo sigue compareciendo como si bastara con emitir posiciones razonables en una esfera pública más o menos neutral ––en la que, afortunadamente, no cree ya ni el más ingenuo de los socialistas canarios––. Ese mundo ha terminado. Hoy la disputa se libra también en el terreno de la épica, e incluso en el de ciertas formas secularizadas de mística, y suele decantarse a favor de quien consigue investir su apuesta de una voluntad más prometeica de conducción política. El tiempo que nos ha tocado vivir es, por desagradable que resulte asumirlo, singularmente decisionista.
PRIMER ACTO –– ALGO HUELE A PODRIDO
Se abre el telón. En la mesa se sientan Ángel Víctor Torres, Nira Fierro, Sebastián Franquis y Antonio Olivera. Nada fuera de lo común: cargos, papeles, gravedad orgánica, el aire ligeramente fatigado de quien administra una herencia sin saber muy bien qué hacer con ella. Desde un lateral en penumbra los contempla Antonio Carballo Cotanda, como un espectro hamletiano que empieza a sospechar que no se ha entendido del todo el libreto.
Conviene invocarlo. Por una mezcla ambivalente de arqueología/higienesentimental/intelectual. Si el espectro comparece, es porque el príncipe —en este caso colectivo y socialistaobreroespañol— da muestras sobradas de desorientación. De todo lo que puede extraerse del trabajo de Carballo Cotanda —baste recordar el título del último material en el que trabajó en vida, Del colonialismo a la autonomía, en el que se entretejió ese tan bello y radical autonomismo es igual a socialismo— cuesta deducir que concibiera la autonomía como punto final del pensamiento político canario o, peor aún, como coartada fósil para no volver a pensar nada. Más bien al contrario: toda conquista institucional abre problemas nuevos. No autoriza la pereza estratégica.
Por eso resulta tan elocuente el artículo publicado en El Día en el que Sebastián Franquis, jefe de la oposición, vino a sostener que el PSOE no tiene por qué “improvisar ahora su idea de Canarias”, porque ya la dejó impresa en el Estatuto de 1983 y la ha venido refrendando con obediencia casi litúrgica en sus sucesivas reformas. La frase tiene algo de confesión involuntaria. No habla un partido que se dispone a pensar de nuevo el archipiélago a la luz de sus transformaciones materiales, sociales y geopolíticas.
La contradicción es evidente. No se puede describir con tonos de urgencia casi terminal las pésimas las condiciones de vida de los canarios y, a renglón seguido, remitirse al 83 ––o al 96, o a 2018–– como si allí descansara todavía, intacta, la caja de herramientas adecuada para pensar el presente. No cuando se acusa al gobierno actual de condenar de manera cruel y antiobrera a las mayorías sociales del archipiélago. No cuando esas mismas mayorías tampoco conocieron, precisamente, un horizonte de prosperidad expansiva bajo gobiernos socialistas. No hay coherencia entre ambas cosas. Hay, más bien, una desproporción llamativa entre la grandilocuencia del diagnóstico y la modestia intelectual del armazón con que se pretende sostenerlo. Un presente que se juzga insoportable no puede abordarse con la tranquila suficiencia de quien da por resuelta hace cuatro décadas la cuestión de fondo.
Ahí reside una de las ventajas más visibles de Coalición Canaria. No necesita imponerse en todos los debates. Le basta con comparecer como intérprete autorizado del interés general del archipiélago. El PSOE rara vez consigue desbordar ese marco. Discute dentro de él. Se indigna dentro de él. Y cuando toma conciencia del engaño, endurece a veces el tono dentro de él. De ese modo, incluso cuando quiere presentarse como impugnación, sigue aceptando la gramática del modo canario del clavijato. Valga como ejemplo el último traje a medida en la prensa local acerca de la distinción entre buenos socialistas canarios ––aquellos que aceptan el orden natural de las cosas, a saber, que manda CC–– y el de malos socialistas canarios ––aquellos que fruncen el ceño con severidad––.
El episodio del llamado “Decreto Canarias” lo mostró con bastante claridad. El PSOE anunció un cambio de fase, el final de la tregua concedida al gobierno autonómico. Se insinuó una oposición (que es lo que no ha habido estos tres últimos años), formando prietas las filas junto con Nueva Canarias. Y, al final, no se llegó siquiera a votar que no al timo de la estampita del decreto Clavijo. El PSOE se abstuvo. No se trata solo de una incoherencia táctica, demasiado común en política institucional como para rasgarse las vestiduras. Es la renuncia de convertir el desacuerdo en posición legible para el conjunto de la ciudadanía, una brújula reconocible sobre uno de los debates centrales del archipiélago. Se amenaza. Se amaga. Luego no ocurre nada. Así no se construye dirección política. Así se fabrica desorientación.
La cuestión de la inclusión de la vivienda en alquiler en la Reserva de Inversiones de Canarias (RIC) fue aún más reveladora, porque ahí ya no estaba en juego solo un duelo parlamentario mal resuelto, sino uno de los nervios sensibles de la economía política canaria. Fiscalidad. Vivienda. Rentas extraídas a la clase trabajadora. Misma historia: los parlamentarios socialistas canarios acusaron durante meses al gobierno de lo abyecta, privatizadora y ladrillista que era la propuesta. Al final, sin mediar explicación alguna, por algún mezquino avatar de la aritmética parlamentaria de un Congreso de los Diputados que legisla con respiración asistida esta legislatura, el PSOE hizo suya la propuesta pactando con Coalición Canaria y Partido Popular. Esto ocurrió a tan solo un año después las manifestaciones multitudinarias por los efectos de la turistificación, y a nada más que dos meses de manifestaciones de inquilinos por el derecho a la vivienda. Aquí no ha ocurrido nada, circulen, circulen. En una realidad paralela, los portavoces parlamentarios socialistas en el Parlamento de Canarias practican el martillo pilón días paresy la mano tendida al gobierno días impares. Y entonces se preguntarán ––por lo menos, eso quiero creer––, ¿cómo es que ni una cosa ni su contraria funciona? ¿Cómo es que Fernando Clavijo sale ufano de cada sesión parlamentaria? He ahí, en miniatura, el desnorte.
Por eso Antonio Olivera (secretario de Ideas y Programa) resulta una figura tan significativa. No porque resuelva el problema, sino porque permite medirlo con mayor precisión. Olivera ––un académico muy solvente, es justo reconocerlo–– aparece a ratos en la opinión publicada para aportar argumentos de autoridad sobre diversos temas. En demasiadas ocasiones, sin embargo, interviene ––como ha sido el caso de la financiación autonómica–– para justificar a posteriori posiciones no del todo cómodas para su partido: poner la inteligencia al servicio de posiciones defensivas, describir las bondades del acuerdo de turno y señalar al mismo tiempo sus carencias pendientes de corrección. Eso es, por ahora, lo más elaborado que hoy produce públicamente el principal partido de Canarias: argumentación técnica sobre políticas públicas, competencia administrativa, razonamientos de brocha fina. Queda un largo trecho entre eso y una verdadera dirección política. El cielo no va a disponer por ustedes, pobres ánimas. Esto hay que abordarlo políticamente.
INTERMEZZO –– ¿NO QUERÍAN USTEDES POLÍTICA? PUES TOMEN DOS
TAZAS
Se cierra el telón y se encienden las luces. El público se levanta y se despereza. Pase, no, por favor, usted primero. ¿Dónde está el baño? ¿Y la barra? Gracias, muchas gracias. Si usted, lector, lectora, llegó hasta aquí, me quito el sombrero. Le prometo que la ópera fue más entretenida, y duró menos. Consuélese: por lo menos usted no ha pagado entrada. Beba un vasito de agua y no me desfallezca ahora. Enseguida retomamos la función. Descansemos brevemente del parlamentarismo y sus miserias.
El problema no se agota en el PSOE. Hay también una atmósfera general. Los tristes de espíritu, y los escasos de lecturas más allá de la columna dominical de El País, lo llamarán polarización. Los entendidos aspiracionales, polarización afectiva. Pero hay algo más, un cambio de rasante de época que rebasa etapas anteriores. Anton Jäger ha llamado “hiperpolítica” a esa forma de vida pública en la que la politización crece y la vida cívica organizada disminuye; una esfera saturada de urgencia, excitación discursiva, alarma moral y posicionamiento permanente sobre cualquier cosa, pero cada vez más pobre en mediaciones estables, organización duradera y, sobre todo, efectos reconocibles. La política comparece entonces como sobresalto permanente que consumimos con ansiedad. Mucha conciencia. Mucha gravedad. Muy pocos instrumentos. También en Canarias se reconoce ya sin dificultad esa atmósfera: una esfera progresista que se escandaliza con razón ante el mundo, aunque cada vez le cueste más ofrecer una manera de asirlo.
Detengámonos un segundo en esto, porque es importante. Jäger describe una esfera pública “repolitizada” y “reencantada”: más intensa, más dramática y más subjetivamente implicada que la de la larga resaca pospolítica de los noventa y los dos mil, épocas que ya no volverán, así como las posibilidades que abrieron y cerraron. No se trata, pues, de un encantamiento originario o inocente (pues todo proceso histórico deja surcos a su paso), y además se da bajo formas más individualistas, más efímeras y débilmente institucionalizadas: “aquellas propias del mundo en línea”. Vuelve, en suma, el hechizo de la política, pero lo hace degradado, fragmentado y sin las viejas mediaciones capaces de sedimentarlo en organización y fuerza duradera.
La aparición de Democracia Canarias XXI, asociación cívica formada ––nada es casualidad en el teatro o la política–– por la dirigencia socialista canariona del período pospolítico, tiene, en ese sentido, todo de síntoma. Hay en ella voluntad honesta de agitación, deseo de mantener activa a una parte de su gente, de no resignarse. El problema empieza después. Toda su actividad parece pasar por el endurecimiento del semblante, tertulia mediante, ante los horrores del presente: guerras, extrema derecha, lawfare, barbarie general. El automatismo progresista. Lo que no termina de aparecer son instrumentos, orientaciones o formas de intervención capaces de convertir esa inquietud en fuerza. Traer a Enric Juliana o a Baltasar Garzón al Gabinete Literario no es precisamente cubrir una falta, que dirían los psicoanalistas. Es, en el mejor de los casos, una forma localmente refinada de sintonizar la Cadena SER o La Sexta. Se constata colectivamente el desastre. Se dramatiza el desastre en ilustres salones y ante distinguido público. El desastre, entretanto, sigue ahí.
SEGUNDO ACTO –– Y CUANDO LA ORQUESTA DEJE DE TOCAR, ¿QUÉ?
Es 28 de junio de 2024. En una mesa de Hora 25 de la Cadena Ser emitida desde Las Palmas se sientan periodistas, Ángel Víctor Torres y Carmen Negrín, nieta del doctor. Aimar Bretos le pregunta cómo es posible que aún no tenga la nacionalidad española. Carmen Negrín, estadounidense y francesa, sonríe y responde que sigue siendo optimista, que quizá algún día haya una república y que entonces, sí, pedirá la nacionalidad. El público rompe en aplausos. Torres no puede hacer otra cosa que reír. El Gernika volvió a encontrar puerto (aunque nada es para siempre), pero hay símbolos, por lo visto, bastante más duros de mover. Es el peso del mito. Maravillosa doña Carmen, como siempre.
Estos días la prensa nos bombardea con cábalas, cálculos electorales interesados y discretas —o no tan discretas— operaciones de presión para que cada cual vaya ocupando el lugar que supuestamente le corresponde de cara a 2027. He querido evitar a propósito ese registro. Ignoro si en la cabeza de Ángel Víctor Torres sigue viva la hipótesis de reeditar un gobierno de izquierdas o si, por el contrario, todo cuanto vemos remite a un eterno retorno de abril y mayo de 2023, cuando PSOE y Coalición Canaria daban por casi descontado que acabarían gobernando juntos. No es eso lo que aquí se juzga. Lo que está en cuestión no es solo la alternancia o la eventual consolidación de un ciclo largo de Coalición Canaria al frente del Gobierno autónomo. Está en discusión algo más grave: el mundo mismo, su nueva topografía de fuerzas, y la centrifugadora histórica que acabará dando lugar a la Canarias inmediata. De ahí que importe tanto preguntarse qué será, en ese intervalo, de la organización de referencia para la mitad progresista —y acaso algo más— de esta sociedad.
La cuestión memorial entra aquí por derecho propio. En primer lugar, por una razón obvia: el auge reaccionario no constituye ya una extravagancia, sino uno de los ejes estructurales del presente. En segundo lugar, porque la responsabilidad política de esa materia recae precisamente sobre Ángel Víctor Torres como ministro de Política Territorial y Memoria Democrática. Estamos ante un terreno en el que se pone a prueba la capacidad del progresismo institucional para producir relato e interpelación democrática en un momento históricamente electrificado.
Lo notable es que el diagnóstico del fracaso no procede solo de fuera. El propio editorial de El País, en fecha cercana al 20-N, reconocía que la celebración de los cincuenta años de la muerte de Franco, pese a sus buenas intenciones, no estaba cumpliendo sus objetivos. El dato importa porque resquebraja la autosuficiencia. Lo que no hace todavía es explicar por qué. Se constata el fallo y enseguida se vuelve al repertorio de justificaciones cívicas y pedagógicas que forman parte del propio problema, redirigiéndonos a la comisionada para los 50 años en Libertad, Carmina Gustrán. Sus intenciones son mejores que el resultado. Intenta desplazar el relato desde las élites hacia la agencia social, recordar que la democracia no cayó del cielo y que hubo luchas, trayectorias y sujetos colectivos detrás. Muy bien. El límite aparece después. El razonamiento sigue moviéndose en un registro incapaz de autoevaluarse, de medir por qué ese mismo dispositivo bienintencionado no termina de interpelar ni de producir un relato a la altura del presente. Y esa incapacidad de autodiagnóstico es ya, en sí misma, parte del fracaso.
En un anillo algo más exterior, pero todavía reconocible dentro del ecosistema intelectual del centroizquierda, Sánchez-Cuenca y Máriam M. Bascuñán ofrecen dos puentes útiles. El primero recuerda que muchos de los déficits atribuidos retrospectivamente a la Transición remiten, en realidad, a la falta de profundización democrática posterior. La segunda admite que la conmemoración ha sido en gran medida solipsista: élites hablando para sí mismas mientras sectores amplios del país miran con indiferencia o rechazo. Ambos ayudan a limpiar el terreno porque detectan algo importante. Ninguno llega todavía al núcleo del problema. Y es precisamente ahí donde habrá que entrar ahora.
Aquí empieza, me temo, la parte más incómoda. Los actos del cincuentenario no han fracasado por una mera cuestión de formato ni por esa coartada tan española de que “quizá no se explicó bien”. Han fracasado porque estaban construidos en el registro mismo de la CT o Cultura de la Transición, concepto crítico con la cultura nacional española y fantástico libro de Guillem Martínez que está más de actualidad que nunca. No como apertura de una pregunta política sobre el presente, sino como dispositivo de cohesión y pedagogía vertical. Armando Fernández Savater lo formuló con claridad: la CT no es consensual porque trabaje sobre desacuerdos, sino porque impone de entrada los límites de lo posible; no problematiza, desproblematiza; no politiza, despolitiza; monopolizando la memoria. Ahí está el núcleo del fracaso. No se quiso abrir un conflicto democrático sobre el presente; se quiso administrar una memoria correcta del pasado.
No me parece casual, en ese sentido, que uno de los grandes artefactos culturales asociados a la efeméride haya sido Anatomía de un instante, la adaptación televisiva del libro de Javier Cercas. Cercas no es aquí el problema en tanto que individuo, sino en cuanto síntoma. La máquina memorial acude espontáneamente al escritor CT por excelencia cuando necesita figurarse a sí misma con gravedad histórica. El gesto es casi perfecto: gran escena nacional, densidad moral, élites enfrentadas al abismo, pedagogía civil, relato respetable. Todo muy serio. Todo muy correcto. Todo muy incapaz de producir, en 2025, una energía democrática de masas. Ahí no hay mito político en sentido fuerte. Hay un canon. Y el canon, administrado desde el Consejo de Ministros, ya no compite bien contra nada.
Guillem Martínez ofrece además una clave particularmente útil cuando explica cómo funciona la CT en los momentos de crisis: si no reproduce sin más la tesis del Estado, opta por su variante sentimental, por la lectura aproblemática a través de las biografías de las víctimas y del dolor como tema. Esa observación, que él aplica al 11-M, sirve también aquí. La memoria democrática oficial ha tendido a oscilar entre la canonización de élites y la martirización salvífica de las víctimas. Lo que falta en ambos casos es justamente lo político: las luchas, los procesos, los antagonismos, las organizaciones, las formas de experiencia colectiva capaces de conectar el pasado con una imaginación de presente. Se conmueve, sí. Se honra, también. Se politiza, muy poco. Y una emoción que no reorganiza el campo termina siendo solo una emoción respetable.
El problema se agrava porque esto ocurre en una época en la que, como decíamos antes, el hechizo de la política ha vuelto. Los nuevos intelectuales pop del mundo no salen hoy del liberalismo parlamentario ni de la socialdemocracia oficial, sino de la constelación neorreaccionaria. Son los Peter Thiel, Nick Land y toda la fauna de la Ilustración Oscura. No porque sean mejores pensadores ––de hecho, son bastante toscos––, sino porque entienden mejor el medio. Hacen de la teoría un uso lúdico, agresivo, experimental; mezclan provocación, léxico salvaje, ironía, redes, formatos veloces y producción memética; convierten la abstracción en arma circulante. Guillem Martínez ya había visto una parte decisiva de este problema cuando señalaba que la izquierda española seguía sin ver nada patológico en la cultura de la CT, mientras la derecha vivía ¡una “revolución creativa”, experimentaba en redes e internet y reutilizaba los propios mecanismos de la CT para expandir la normalidad de un discurso históricamente anormal. El PSOE, entretanto, sigue librando la batalla cultural en analógico: referencias carcomidas, pedagogía vertical, formatos ceremoniales, solemnidad institucional. No es solo que sus adversarios sean peores. Es que, por desagradable que resulte admitirlo, entienden mejor el terreno. Algo debería inquietar al señor ministro aruquense cuando una conmemoración pensada para reactivar la memoria democrática no politiza en sentido afirmativo a su propio campo y, en cambio, convive sin apenas defensas con la politización en negativo que sí proporciona la relativización y la nostalgia del franquismo.
Dicho sin rodeos: no se combate una época reencantada con las formas exhaustas de la Cultura de la Transición. No se responde al auge reaccionario con una política memorialística que administra respetabilidad, distribuye honores y se limita a recordar a los buenos para escandalizarse de que los malos vuelvan. Eso podrá tranquilizar a una parte del ecosistema progresista. No bastará para disputar la imaginación del presente. Y ese, justamente ese, es el tipo de impotencia que el PSOE —también el canario, y quizá especialmente el canario— ya no puede permitirse.
FINALE –– NO HABRÁ MÚSICA DE SALVACIÓN
No se trata, a estas alturas, del destino orgánico del PSOE ni del humor interno de sus cuadros, ni siquiera de la suerte electoral de sus próximos cabezas de lista. Se trata de algo más serio. Cuando la principal organización política de referencia para la mitad progresista del archipiélago pierde capacidad de dirección, de imaginación y de disputa, lo que se vacía no es solo un partido: se vacía un campo entero, y eso tendrá consecuencias que pagaremos todos.
Lo más inquietante es que nada de esto ocurre en un tiempo ordinario. Ocurre cuando el mundo vuelve a cargarse de densidad histórica, cuando el auge reaccionario deja de ser una anomalía pintoresca y se convierte en fuerza organizada, cuando el hechizo de la política regresa bajo formas cada vez más agresivas, experimentales y despiadadas. En semejante coyuntura, comparecer ante la sociedad con una pedagogía vertical, una memoria administrada a cuentagotas y una oposición lánguida equivale casi a una forma de abdicación. No basta con tener razón en lo sustantivo si se carece de nervio y de voluntad para hacerla valer. Pónganse, en ese sentido, todos los recursos disponibles al servicio de una nueva creatividad política. Este texto ha querido servir, en este sentido, de amistoso toque de atención.
Tal vez por eso convenga volver, una última vez, a Negrín. No al Negrín museificado, trágico y exhausto que resiste hasta caer, ni al santo laico de una épica negativa que enseña a perder con nobleza. Ese momento negrinista, si es que alguna vez tuvo alguna virtud —al menos Pedro Sánchez y su Manual de resistencia así parecieron creerlo—, ha dado ya todo de sí. Haría falta, más bien, volverse negrinianos: una política ilustrada y combativa, capaz de pensar en grande, de asumir el conflicto sin temor escénico y de encontrar incluso en la disputa una forma de alegría contagiosa. No porque el tiempo invite al optimismo, sino precisamente porque no lo hace. La cuestión, a estas alturas, ya no es si el PSOE-Canarias sabrá volver al gobierno. La cuestión es si será capaz de volver a hacer política.