Carmen Machado

La tinerfeña Carmen Machado era una joven estudiante de Periodismo en 1973 que comenzaba a hacer prácticas durante el verano en el periódico La Tarde, de quien Alfonso García-Ramos era mucho más que su subdirector. Allí aprendió los rudimentos del oficio pero también conoció de primera mano al periodista, compañero y literato que este año celebramos por el Día de las Letras Canarias.
Personaje inolvidable para quienes lo conocimos, canario hasta la médula sin dejar de estar abierto a todos los vientos cosmopolitas que llegaban a las Islas, de espíritu rebelde pero de ánimo calmado, hombre de exquisita educación que corría paralela a su temperamento risueño y hasta parrandero cuando la ocasión lo merecía, Alfonso García-Ramos fue un escritor brillante, periodista y maestro de periodistas y figura indispensable para comprender los tiempos convulsos que sacudieron Canarias durante los estertores del franquismo y los primeros años de la Transición.
En 1973 la prensa estaba amordazada, la oposición se jugaba la vida en la clandestinidad y simplemente hacer periodismo honesto era una tarea arriesgada para la que había que moverse en la cuerda floja y concebir equilibrios, hoy impensables, en cada palabra que se escribía. Un buen periodista debía tener una pluma astuta y afiladísima, y también un pensamiento ágil y sabio capaz de sortear las trabas de la censura. Alfonso García-Ramos tenía todo esto y mucho más: empuñaba la pluma como arma todos los días en el diario La Tarde con elegancia y pulcritud, haciendo de la información cotidiana una magnífica forma de resistencia y de canariedad.
Yo pisé la redacción de La Tarde por primera vez un caluroso verano de 1973. Llegaba para trabajar como redactora en prácticas en los meses del estío, porque durante el curso estaba haciendo la carrera en Madrid en la recién creada Facultad de Ciencias de la Información. Desde la casa de mis abuelos en La Laguna bajaba a diario a Santa Cruz en la guagua que tenía parada poco antes de la Cruz de Piedra. Con mi rebequita lagunera bajo el brazo y una tremenda ilusión me presenté el primer día, un poco intimidada, en el edificio de la calle Suárez Guerra. Al subir las escaleras me recibió una bofetada de bochorno infernal. La rotativa y las linotipias, vetustos dinosaurios de los albores de la impresión en prensa, despedían un calor similar al de las calderas del infierno, o así me lo pareció, debido a la temperatura del plomo que se fundía una y otra vez para crear los tipos de imprenta.
Me recibió un hombre de talla mediana tirando a baja, de perímetro generoso y voz rotunda, de pelo oscuro, con ojos muy vivaces y expresivos y una media sonrisa continua y ligeramente burlona, como si la tarea de dirigir un periódico -era el subdirector pero en la práctica llevaba casi todo el peso del trabajo diario- le resultara ligera y hasta divertida. Tras los primeros saludos, y sin más ceremonias, me señaló una mesa abastecida con una panzuda y añosa máquina de escribir y me encargó un texto rápido de información local.
Cuando me vio escribiendo a mano con la idea ingenua de corregir y pasarlo luego a máquina no dudó un segundo. Me quitó el papel de las manos con mucha delicadeza y con la misma delicadeza lo rompió en varios trozos, tirándolos a la papelera contigua.
-No hay tiempo para eso. Se escribe directamente a máquina y con la mayor rapidez posible. Nada de miedos ni titubeos. Ya se corregirá después.
Y así lo hice, superando de un plumazo el legendario pavor a los errores y a la página en blanco que nos acecha a los periodistas y escritores. Primera lección de las muchas que me regaló, ya que después vinieron la comprobación de los datos, el rigor informativo, la palabra exacta, el ajuste a los horarios de cierre… Porque Alfonso García-Ramos era así: detrás de su bonhomía y amabilidad latía un periodista implacable e impecable, atento a todo, directo y agilísimo, maestro con el ejemplo y volcado hasta el tuétano en el oficio.
Con el paso de los días me fui acostumbrando a que el piso de la redacción quemara y a ver a muchos de los periodistas atizar alegremente el fuego ambiental con puros, puritos y cigarros. Alfonso compartía espacio con el resto de la redacción, en un despachito separado solo por unos paneles acristalados. Entraba y salía continuamente para llevar pruebas a talleres, recibir a los colaboradores, recoger teletipos y a veces, cuando más concentrados estábamos todos, para sobresaltarnos encendiendo un mechero en forma de pequeña pistola del que brotaban una llamita y un estampido estridente. Se reía de su jugarreta como un niño y volvía a su cubículo muy ufano con el purito en la boca.
Lo cierto es que era una redacción ruidosa y extravagante donde a veces subían linotipistas indignados exigiendo textos porque se nos echaba encima la hora del cierre, o irrumpían los perros de algún periodista veterano con la intención de echarse un rato a los pies de su dueño, y donde no faltaban los recesos en forma de visita al cercano bar El Combate, en el callejón del mismo nombre, donde bajábamos encabezados por Alfonso para atiborrarnos de ensaladilla y vino de Arafo.
Trabajé varios veranos en La Tarde, algunos de ellos ya con Alfonso como director tras la muerte del fundador Víctor Zurita Soler, y nunca hablábamos abiertamente de política, aunque era bien sabido que formó parte de la organización socialista clandestina de Tenerife en los años finales de la dictadura franquista. No hacían falta las definiciones: él no ocultaba lo que era, un auténtico demócrata, hombre de izquierdas, progresista y canario a más no poder, un periodista y escritor de esos que hacen de la información local un espejo de lo internacional dejando constancia al mismo tiempo de la importancia y el valor supremo de nuestra tierra. En él la canariedad era historia pero también presente y futuro, identidad muy sentida y amada arrullada con esmero en cada página del periódico. En La Tarde escribíamos sorteando la censura, pero no faltaban las afiladas alusiones a los coletazos de la dictadura que pergeñaba Alfonso en su sección “Pico de águilas”.
Muchas veces he pensado que Alfonso y yo, a pesar de la gran diferencia de edad -él era de la generación de mi padre- nos reconocíamos el uno al otro en una no muy remota conexión librepensadora y decimonónica. Su abuelo, Rosendo García-Ramos y Bretillard, igual que mi bisabuelo Leocadio Machado y muchos otros intelectuales tinerfeños del XIX, formaron parte de un movimiento que buscaba afanosamente la ciencia y el conocimiento racional puestos al servicio de lo que ellos mismos denominaban “el progreso de la nación canaria”. Fue una oleada fecunda y originalísima, circunscrita a Canarias y que dejó un sello que hasta hoy se mantiene en la forma de ser de los canarios. Librepensadores, preciosa palabra que contiene la esencia de la tolerancia, la libertad y la curiosidad cultural que han sido muy comunes en nuestro pueblo.
De la misma forma en que nuestras concordantes posturas políticas eran un tema que se daba por sobrentendido, nunca me preocupé por conocer la vida personal de Alfonso García-Ramos. Siempre me bastó con saber que estaba allí, al mando del timón de La Tarde, afable y firme, invariablemente respetuoso con todos los que le rodeábamos. El paso de los años me ha descubierto pequeñas joyas que en aquellos momentos me parecían algo normal, como el hecho de que a las jóvenes periodistas se nos tratara exactamente igual que a los colegas varones. Mis compañeras Sabela Torres, Chusi Hernández, Maisa Vidal y muchas más no experimentamos lo sucedido en otros medios a numerosas periodistas, que fueron miradas con condescendencia cuando no con mal disimulado desdén. Debo señalar que esa igualdad la practicaban tanto Alfonso como los demás redactores, de los que recuerdo a personajes como Eliseo Izquierdo, Enrique García-Ramos, Chela, Gilberto Alemán, Óscar Zurita…
Lo que sí comenté muchas veces con Alfonso fueron dos cosas: la portada que él tenía preparada y guardada bajo llave para el día de la muerte de Franco (no me la enseñó previamente a pesar de mis esfuerzos por echarle una ojeada, aunque sí me anticipó que sería escandalosamente concisa) y su labor literaria, en la que ponía toda su alma. Desde su juventud escribió obras donde desplegaba su amor por la temática canaria y yo admiraba esa faceta a raíz del descubrimiento de Guad. Recuerdo que la última vez que le ví, ya muy enfermo, llevando con increíble entereza y discreción la enfermedad que acabó con su vida, me habló de una novela que había escrito con enorme ilusión. Se trataba de Tristeza sobre un caballo blanco. Murió antes de verla publicada. Respecto a la mencionada portada de la muerte de Franco, diré que el título decía simplemente, con grandes caracteres, “Franco ha muerto”. El desquite vendría cuatro días después cuando, también con grandes caracteres, se podía leer “Patético entierro de Franco”. Como muy bien sabía Alfonso, patético significa, en su primera acepción “que conmueve profundamente o causa un gran dolor o tristeza”, pero en su segunda acepción es, según la Real Academia de la Lengua Española, “penoso, lamentable o ridículo”.