Andamana Bautista

No se puede hacer pedagogía de lo que no se conoce. Si no sabemos lo que es Canarias ni conocemos el sentido que tiene la canariedad, no podemos montar una sólida pedagogía de la canariedad. Tampoco podemos poner en marcha una didáctica sensata para que los/as estudiantes de todas las edades en todas las aulas del Archipiélago vivan experiencias de aprendizaje situado que favorezcan vínculos sólidos con su territorio, con su cultura, con sus gentes. Así, apostar por la pedagogía de la canariedad no es otra cosa que situar la educación en diálogo con el espacio que habitamos y creer con entusiasmo en la fuerza transformadora que tienen los procesos educativos cuando se hacen con la cabeza y con el corazón.
La pedagogía de la canariedad no es añadir en anexos contenidos locales ni usar elementos audiovisuales en los que se sesee y se diga “papa” ni disponer de recursos para el aula en los que aparecen un timple, un bucio y una chocolatina Tirma. Eso es distraernos con lo superficial y, aunque es necesario que todo esto se haga, debe ir acompañado de la profundidad que supone entender la escuela canaria como un espacio definido y esencial que construye una Canarias fuerte, empoderada y madura. Si nos contentamos solo con lo superficial y celebramos como si fuera el triunfo definitivo que, por ejemplo, la Consejería nos provea de materiales para trabajar el dialecto canario en las aulas, nos distraemos de lo que tenemos que hacer: construir escuela, reivindicar desde nuestra fortaleza una escuela canaria anclada en su contexto sociocultural, geográfico, idiosincrático, emocional, psicológico.
Sabemos que estamos en un momento histórico en el que la educación debe afrontar el reto de formar ciudadanías críticas en sociedades globalizadas, hiperconectadas a lo virtual y con la conciencia neblinada. El anclaje al territorio concreto que habitamos debe adquirir un papel fundamental. Con raíces sólidas se mira más alto, se mira más lejos, se desparrama la vista. Lo local, bien trabajado, ayuda a comprender lo global con más solidez. En este sentido, la pedagogía de la canariedad puede entenderse como una pedagogía de proximidad: una forma de educar que parte de la realidad cercana de cada estudiante para que se quiera, para que se honre y para que mire el mundo con fuerza.
La educación como diálogo en el aquí
Si la educación es un diálogo con el contexto y si ese diálogo es interacción y reciprocidad, la educación debe dar y recibir, y el contexto debe dar y recibir. Si ahora cambiamos educación por escuela, esta afirmación nos marca el punto de salida en la hoja de ruta: la escuela canaria tiene que reflexionar sobre qué debe dar a la sociedad canaria y qué debe entrenarse para recibir del contexto que habita. Aprender en Tenteniguada de espaldas a los roques y farallones y que el CEIP Tenteniguada no se dé a Tenteniguada, sería un inmenso desaprovechamiento de potencialidades, de sinergias enormemente enriquecedoras. Suerte ha sido poder comprobar allí mismo la magia de un cole anclado al territorio y con miras tan altas.
Desde mi perspectiva, el compromiso principal que debe tener cualquier centro educativo con la sociedad es el de favorecer con todas sus fuerzas el desarrollo de estudiantes librepensadores/as, de estudiantes que puedan comprometerse con la justicia social, que piensen para crear realidades más plenas. En contextos como el nuestro, marcados por casi no vernos en los mapas, por los efectos de las políticas coloniales más o menos evidentes y por nuestro estado periférico, esto es de una importancia marcadamente transcendental. Una Canarias más plena se construye en la escuela. Si no lo hacemos en la Escuela, con mayúsculas, seguiremos viviendo lo que estamos viviendo: teorizamos sobre Canarias, escribimos sobre Canarias, sentipensamos Canarias, pero no transformamos Canarias. No la transformamos porque no estamos haciendo pedagogía de la canariedad. Escuchamos nuestro propio discurso sobre Canarias quienes ya estamos sensibilizados/as. Es tiempo de relatar, de conmover, de movilizar a quienes aún no lo están.
Si creemos que este es el camino en lo que respecta a lo que tenemos que dar desde colegios, institutos y facultades, lo primero que debemos hacer quienes estamos en el lado docente es escuchar. Solo podemos escuchar a quienes están con nosotros/as en el aula si les damos voz. Necesitan la voz para transformar Canarias. Para tener voz, necesitan tener argumentos y criterio. Para tener argumentos y criterios, necesitan querer tenerlos. Y volvemos al principio: para querer tenerlos, tienen que sentir que su voz es escuchada. Esta tierra necesita sus voces.
Para darles voz, es fundamental reflexionar sobre muchas prácticas educativas instauradas en los centros. Por mi propia inclinación profesional hacia la didáctica de la lengua, creo que debe ser objeto de reflexión desde cómo aprenden a leer y a escribir los niños y las niñas de Infantil y Primaria en Canarias, hasta los textos literarios que se trabajan en Secundaria y cómo se aborda su estudio. Precisamos de estrategias de encuentro, de autoconocimiento y de conocimiento del contexto porque la escuela debe ser puente entre la persona en formación y su realidad. Se puede hacer y se está haciendo. Solo hay que seguir dándole forma y difusión para que no sea una cuestión de voluntades particulares, sino un posicionamiento consolidado de la escuela canaria.
Tensiones, paisaje, identidad, Escuela
La presión turística, los desequilibrios ecológicos, la dependencia del exterior, las desigualdades sociales, la desafección con respecto a partes de nuestra historia y de nuestra cultura son tensiones que hay que atender porque pueden ser catalizadoras potentes de los procesos de transformación que necesitamos. Pueden ser catalizadoras si se viven con madurez o pueden convertirse en caldo de cultivo para el ascenso de la derecha y de la ultraderecha entre los/as jóvenes de Canarias. Para abordar esas tensiones con espíritu constructivo, hacen falta las aulas. No podemos echarnos manos a la cabeza por este posicionamiento de la juventud canaria sin preguntarnos qué podemos hacer quienes los/as estamos acompañando para convertir estas tensiones en construcción positiva y social de una transformación.
Para mí, la clave está en la responsabilidad. Duele mucho decir algo así como “Hemos permitido que violenten otros/as nuestra tierra” porque es fácil sentir culpa. Pero no es culpa: es responsabilidad. Y viene con una noticia tremendamente buena: si nosotros/as lo hemos permitido, nosotros/as podemos dejar de permitirlo. Este trabajo con la responsabilidad y con la corresponsabilidad es una parte esencial de la pedagogía de la canariedad porque, entre otras cuestiones, engarza con elementos muy nuestros, muy de nuestra configuración como pueblo. Debemos trabajar nuestro autoconcepto, nuestra autoestima, nuestros patrones de pensamiento. Lo que nos han hecho creer que somos no es lo que somos. Tenemos que definirnos desde adentro y tenemos que hacerlo libres y fuertes. No lo podemos hacer libres si no soltamos condicionamientos y nos reconstruimos, nos reaprendemos. No lo podemos hacer fuertes sin esa libertad ni sin la capacidad para volver a relatarnos a nosotros/as mismos/as, para contarnos nuestra historia, para mirar hacia el futuro con nuestros propios ojos. De nuevo, disponemos de las aulas para hacerlo.
Y contamos con un agente educativo de primer nivel: nuestro paisaje. Él resiste y nos sigue acogiendo con longanimidad. Contiene como su pueblo tensiones que, si las sabemos mirar, se convierten en metáforas. Y las metáforas son siempre grandes maestras. Miremos al paisaje con nuestros/as niños/as y con nuestros/as jóvenes. Observemos sus heridas —que son las nuestras— y resistamos también nosotros/as en pie.
Así, en pie, podemos construir identidad. En esta construcción de la identidad —lo quiera hacer o no, esté bien situada para hacerlo o no— la educación juega un papel fundamental. Si la escuela no hace nada para favorecerla, también está definiendo la identidad de un pueblo. Si contribuye de forma inmadura o incluso malintencionada, también está aportando. Si nos organizamos y lo hacemos lindo y bien, el pueblo canario podrá entenderse y definirse con más rigor y con más solidez. Toca, pues, antes que nada, esbozar cómo es la identidad canaria.
A modo de pincelada de base para no extenderme demasiado, creo que sería bueno entender esta construcción de la identidad como un proceso. Podemos hacer nuestro el derecho a la opacidad de Édouard Glissant; apostar por su concepto de identidad rizoma en lugar de por la identidad de raíz única. Nos vendría bien revisar y tratar de vernos por medio de su pensamiento archipielágico, de su mirada acerca de la criollización y de su visión del todo-mundo. A Glissant le gustaría Canarias.
Creo en nosotros/as y creo en la escuela. La infancia y la juventud canarias están esperando, aunque no lo sepan, a que los/as ayudemos a construirse para recolocar a su tierra, para cuidar de su patrimonio, para mirar alto con las raíces bien puestas. No necesitamos de gobiernos que nos apoyen (pero estaría bien tenerlos) ni de políticas concretas bien hechas (pero estaría bien tenerlas) para poner en marcha esta pedagogía de la canariedad. La escuela canaria la hacemos juntos/as; la hacemos tú y yo.