Iván Vega

Es imposible la sostenibilidad, el bienestar, si no se dan las condiciones para el desarrollo autónomo de una cultura, una tradición y por tanto una identidad propias y autónomas. También es imposible aspirar a unas relaciones entre los pueblos más equitativas, mutuamente beneficiosas.
Estos días se estrenó en los cines la película La Lucha. Dejando a un lado las consideraciones sobre la calidad de la cinta —que indudablemente la tiene, a decir de muchos espectadores—, el estreno es todo un acontecimiento para el futuro de las Islas por una razón que quizá esté pasando algo desapercibida: el filme traslada al lenguaje cinematográfico de hoy un patrimonio tan arraigado y ancestral como la lucha canaria, contribuyendo así a actualizar nuestra cultura antigua, a renovarla y adaptarla a los nuevos modos de expresión, a los nuevos tiempos y a las nuevas generaciones. Es decir: estamos ante un paso adelante en la creación de una tradición.
No hablo aquí de tradición en el sentido más habitual del término —folklorismos anquilosados o reliquias nostálgicas de pasados edulcorados, tantas veces reverenciadas con la expresión “nuestras tradiciones”—. Me refiero a tradición como el conjunto de conocimientos que cada generación traslada a la siguiente y que está en constante cambio y renovación. El purismo, la preservación de expresiones culturales en su forma ancestral, tiene su importancia y su papel, pero la tradición es otra cosa. La tradición de un pueblo es la transmisión, actualización y adaptación constante de su cultura propia, es lo que queda vivo del pasado en el presente.
La creación constante de una tradición es fundamental para la generación de identidad —entendida como la conciencia de poseer formas de vida específicas, relevantes y representativas—, por eso insisto en destacar la importancia de La Lucha: da sentido y coherencia a una práctica ancestral en pleno siglo XXI, aportando así a la continuidad de nuestra tradición cultural y reforzando por tanto la identidad colectiva del pueblo canario, aquello que nos define. Quien deje de lado la construcción de una tradición propia verá desdibujarse su identidad y pronto quedará a merced de que la definan otros a su conveniencia. Un pueblo que desconoce su identidad no sabe qué lugar ocupa en el mundo ni puede defender sus intereseses. Un pueblo que desconoce su tradición y su identidad es inviable. Insostenible. Es aquí donde quiero introducir la otra pata de esta pieza: la trampa que oculta el concepto de sostenibilidad.
Los límites físicos del planeta han terminado por imponer la realidad al dogma capitalista imperante del desarrollo y el crecimiento infinitos. Es imposible crecer indefinidamente cuando los recursos son limitados. Entra en escena, pues, el concepto de sostenibilidad. En 2015 los estados miembros de las Naciones Unidas aprobaron los llamados Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), 17 objetivos que todos se comprometieron a lograr para 2030 con el fin de erradicar la pobreza, mejorar la salud y la educación, reducir la desigualdad y promover el crecimiento económico, todo ello al tiempo que se combate el cambio climático y se protege el medioambiente. Se trata de objetivos loables —también ambiciosos— que indudablemente traerán consigo, si se alcanzan, una mejora muy sustancial del bienestar y las perspectivas de vida de los pueblos del mundo. No es de extrañar que desde 2015 los ODS se hayan convertido en eje principal de políticas y posicionamientos a escala internacional, puesto que los países firmantes deben ir dando cuenta de sus progresos y se publican informes anuales sobre los avances registrados. Los ODS se han convertido en la referencia mundial del desarrollo sostenible, son la vara de medir con la que se evalúa la sostenibilidad en todas las naciones. Pero representan una visión extremadamente parcial de la sostenibilidad: entre los 17 objetivos de desarrollo sostenible brilla por su ausencia clamorosa el desarrollo cultural, el fomento de una tradición propia como condición sine qua non para generar bienestar.
Vuelvo a insistir en lo vital que resulta conocer y mantener viva una tradición cultural propia que alimente una identidad también viva, también en constante evolución, pero definida y no difusa. Sólo así se es capaz de identificar y defender los intereses colectivos. Carecer de identidad definida, no saber quién se es ni dónde se está, en definitiva, tiene consecuencias tangibles y directas en la vida diaria. Por ejemplo creerse que “somos Europa” —un continente alejado de Canarias y con condiciones que nada tienen que ver con las del Archipiélago— y después no saber cómo reaccionar cuando ciudadanos europeos copan la adquisición de bienes inmuebles, viven de rentas en las Islas sin haber cotizado en ellas y expulsan de pueblos y barrios a la gente del país, que se pregunta cómo es posible, y cómo es que ya no se puede ni encontrar un alquiler asequible.
Los ODS —y en general el concepto de sostenibilidad— son una iniciativa bienintencionada, pero viciada desde la raíz por un sesgo colonialista presente en la propia creación de la ONU, no hay más que ver la composición de su Consejo de Seguridad. Los ODS, al ignorar la importancia de la cultura y la tradición, ahondan en la división existente entre países hegemónicos, creadores e irradiadores de cultura, y países subalternos, puros consumidores de cultura. No necesitan desarrollo cultural propio, basta que asuman la cultura, el relato, de los países hegemónicos, cuya tradición —e identidad— no tiene impedimento para continuar desarrollándose y definiéndose. A ello hay que añadir seguramente la concepción economicista del conocimiento, que venera la tecnificación, lo material, el rendimiento y la performance, mientras desprecia el pensamiento, la filosofía, la reflexión y las humanidades en general. Como si lo primero fuera posible sin lo segundo.
Es imposible la sostenibilidad, el bienestar, si no se dan las condiciones para el desarrollo autónomo de una cultura, una tradición y por tanto una identidad propias y autónomas. También es imposible aspirar a unas relaciones entre los pueblos más equitativas, mutuamente beneficiosas. De ahí que desconfíe del discurso prosostenibilidad al uso que excluye la creación cultural. De ahí que el exitoso estreno de La Lucha sea una magnífica noticia.