
Aniaga Afonso
Cuentan las historias que había una vez un lugar misterioso entre lo real y lo irreal -ese espacio que ocupan las leyendas- más allá de todo mundo conocido, donde los barcos perdían el norte y los marineros la fe, a cambio de encontrar el Jardín de las Hespérides.
A este lugar de cuento se le fueron atribuyendo numerosas virtudes que engalanaban y endiosaban su existencia mística, y lo rodeaban cada vez más y más de mitos. Puede que sea la Atlántida, ese continente perdido, puede que sean las puertas de Hércules, puede que sea una alucinación, la isla fantasma de San Borondón, un oasis en medio del mar salado, o simplemente, un espejismo.
Tal fue la cantidad de idealizaciones, fábulas y demás, que el propio territorio, fragmentado en pequeñas piezas, llegó a dudar de su existencia. Porque, sí, el territorio existía, y no entendía por qué había tanta palabrería a su alrededor. Al fin y al cabo, allí estaba la tierra, que era fértil y germinaba con las lluvias, de ella se nutrían los dragos, los verodes, las tabaibas (dulces y amargas)… y allí estaban también las cabras, los pejeverdes, las viejas y los guirres. Y estaban las montañas, y los volcanes que habían dado forma a todo lo demás. La lava seca, negra y retorcida, el picón, y la fina arena color azabache. Los charcos, los barrancos, los riscos y las fajanas. Y también estaban las gentes, con sus ritos, su magec y su echeyde, sus tamarcos y sus añepas, el respeto por sus muertos en forma de xaxos, las cuevas con sus cerámicas y sus collares de cuentas. Los beñesmeres, las apañadas y los tagorores, donde la palabra era escuchada. Allí estaban las harimaguadas, los guayres, los menceyes y las guayarminas… viviendo, sintiendo y muriendo. Pero para el resto del mundo todo aquello no era más que una fantasía, partes inconexas de los sueños de alguien, que alimentaban las ilusiones y la imaginación del resto. Ensoñaciones que, de tanto repetirse, habían conseguido diluir la realidad.
Y así transcurrieron los siglos, los unos sin tener mucha constancia de los otros, los otros sin tener mucha constancia de sí mismos.
Y llegó una guerra de casi cien años, y una conquista, y aquel territorio irreal, sus animales y sus gentes, pasaron a ser “propiedad de”. Lejos de convertirse por fin en realidad, siguieron estando en las tinieblas. Las personas fueron vendidas como esclavas, por su fortaleza, o por su belleza. Y llevadas como piezas de circo a lo largo de la vieja Europa. Incluso, regaladas como objetos a otros mandatarios allende el continente, como los de la Torre dell’Orologio, en Venecia. O llevados como “colonos”, esclavos o guerreros a la nueva tierra que también conquistarían aquellos que parecían ser dueños de todo. Todo esto no hizo más que aumentar la quimera; de esta forma, las personas místicas que habitaban el territorio irreal, sin tener mucha constancia de su propia existencia, pasaron a ser “especiales”. Y luego ya no se sabía bien de donde habían llegado (¡es un completo misterio!), ni su procedencia (estando a menos de 100 km. de África todo hacía pensar que habían venido de Australia, a lo mejor de Noruega, incluso de Marte), ni cómo lo habían hecho (¿quizás en naves espaciales?). Demasiados interrogantes sin resolver, ¡qué gentes y qué territorio tan complicado!
Después, se intentó incluso borrar su rastro, haciéndolos desaparecer de la Historia (“los mataron a todos, no quedó ni uno vivo”), pese a que las evidencias en todos los ámbitos, y la lógica, constataban que eso no era así. Pero daba igual, una vez más, el canto de la sirena con el mensaje diluido había llegado ya y se había instalado en muchas cabezas.
Un poco más tarde llegaron las plantaciones de azúcar, la producción masiva de ron, la incipiente pero progresiva desertificación. Pero las gentes seguían adormecidas creyendo que todo era para su beneficio. La cochinilla, el vino -con los famosos malvasías que cita Shakespeare en sus obras y que viajaban a las Américas para la fundación de nuevas ciudades- las tomateras con sus invernaderos, que ocupaban cada vez más de aquel territorio onírico y de las vidas y las muertes de sus gentes…Todas estas actividades se implantaban y se explotaban a gran escala, hasta la extenuación, consumiendo recursos, dejando a su paso eriales y vidas de mucho esfuerzo y sacrificio. Y, sin embargo, de alguna manera, el embrujo seguía funcionando, y los habitantes de aquellos territorios volcánicos continuaban sumidos en su delirio.
De cuando en cuando, alguien hacía por despertar, y despertar a otros, pero pronto llegaba de nuevo otra pócima para aplacar los ánimos y que siguieran sintiéndose especiales y contentos. No obstante, con el devenir de los tiempos, llegó un momento crítico donde el teatrillo parecía venirse abajo irremediablemente: no podía ser de ninguna manera que se descubriera todo un entramado de siglos, había que buscar algo para mantenerlos hipnotizados más que nunca, algo más potente y que durara más… y fue así como surgió lo del “paraíso”.
Paraíso había sido, sí. Aunque iba quedando poco después de tanto saqueo, así que nada mejor que agitar la varita mágica y empezar a susurrar “paraíso, paraíso, paraíso…” y los vientos Alisios llevaron la palabra de isla en isla. Ssssssussssurrando… paraíso, paraíso, paraíso. No hizo falta mucho más, de nuevo, los habitantes quedaron hechizados y se abrieron las puertas de aquellos humildes hogares, de par en par, al turismo desenfrenado y mordaz. Los locales cada vez tenían menos medios, menos capacidad, menos espacio pero ssssusssurrando: “paraíso, paraíso, paraíso”. Y no importaba nada, ante cualquier crítica, ¡paraíso!, ante cualquier cuestionamiento, ¡paraíso!, ante la duda razonable, ¡paraísoooo!
De la mano del paraíso vinieron otras cosas, claro. No iba a ser tan sencillo. Así que también nos convencieron de que teníamos que ser siempre, siempre, pero siempre, siempre, muy hospitalarios, ¡no fuera a ser! y, sobre todo, muy serviciales, porque ¡todo esto nos hacía muy especiales! Especial era nuestra manera de hablar, a pesar de que en la realidad muchas veces suponía una discriminación (trabajos, alquileres…). Especial era continuar construyendo más y más apartamentos, más y más hoteles, cuando en la realidad esto sólo suponía un desgaste irreversible de los recursos (hídricos, de suelo cultivable, habitacionales…) en favor del turismo de masas. Especial era incluso el agua salada que nos rodeaba, que ni siquiera nos pertenecía, ni los recursos marinos que en ella habitaban. ¡Paraíso! Las decisiones importantes se tomaban a miles de kilómetros, en otro continente. ¡Paraíso! Las leyes no entendían de nuestra idiosincrasia ni orografía. ¡Paraíso!
(…)
El tiempo ha ido pasando… pero a través de los siglos, poco ha cambiado: la neblina de irrealidad nos sigue envolviendo como pueblo, al igual que los halagos baratos y lisonjeros que nos convierten en “especiales” porque sí. De esta manera, cada poco hay una noticia que da cuenta de nuestra magia: el proyecto más grande, la comida más famosa, el edificio más alto, el barco más longevo, el carnaval más importante… todo ello ayuda a mantenernos en esa especie de burbuja en la que ya nos colocaron en tiempos remotos, donde aparecíamos difuminados en las crónicas de tal o cual historiador o filósofo. Pero nada es real. No es cierto.
Se ha ido construyendo un imaginario sobre nosotros, los canarios, y nuestras Islas Canarias, que en muchas ocasiones no se corresponde con la realidad, pero que nos y les sirve para mantenernos girando en la rueda de nuestra propia contemplación; muy a menudo, y para la gran mayoría, no hay juicio crítico, no hay comprobación, no hay discusión, se presenta una idea, se asume, se interioriza y se repite. Y a nadie le importa demasiado porque no llega a salir de ese microcosmos en el que, casi inconscientemente, habitamos. Sólo cuando lo hace por algún motivo concreto (descubres que casi nadie en Europa conoce el carnaval tan famoso, incluso las portadas de los periódicos estatales van para otros carnavales, la mayoría de la gente no sabe de nuestra existencia y mucho menos localizarnos en el mapa), se rompe el hechizo, pues se descubre que eso que siempre se ha dicho, está basado en la nada, y sirve sólo mientras sea real en el pequeño círculo para el que fue diseñado.
Mientras tanto, los acontecimientos que SÍ son importantes o especiales, no se patrocinan. Casi nadie en el mundo sabe que Canarias fue la cuna del ron (todo el mundo habla del cubano o del dominicano), tampoco que muchas ciudades americanas fueron fundadas por canarios (Montevideo, San Antonio de Texas…), se sigue ninguneando nuestro dialecto pese a que fue crucial en el desarrollo del español atlántico hablado en Hispanoamérica (¡no al revés!), el Teide no es el punto más alto de España: ¡es el punto más alto de cualquier tierra emergida del océano Atlántico y el 3ª volcán más alto del mundo! Las canarias y canarios emigrados al continente americano (conocidos como Isleños) fueron reseñados siempre como destacados trabajadores. La importancia de la influencia canaria en Cuba y Venezuela pero también en República Dominicana, en Puerto Rico… es muy significativa. Y como estos, otros tantos y variados ejemplos. Tenemos muchos motivos para ser especiales “de verdad” pero normalmente esos motivos no son tan conocidos o no son conocidos en absoluto. Entretanto, dejemos que “otro edificio más grande del mundo”, “otra hamburguesa más famosa del mundo” u otra “competición más importante del mundo” sigan siendo los titulares que aparezcan en nuestros periódicos y contaminen nuestras cabezas y nuestra dialéctica, para que nos mantengan embebidos y creyendo en la irrealidad que nos construyeron: el territorio imaginario que se mueve por el mapa, encerrado en un cuadrado para, a veces, desaparecer.
¡Paraíso!
Para… para… ¡PARA!
Puede ser que cada vez más gente de este territorio fragmentado esté despertando del maleficio…