
Josemi Martín
Al canarismo autonomista la vida se le va reclamando que se aplique el REF, que se cumpla el artículo 349 del Tratado de la Unión Europea, apuntalando la Constitución española, acusando con razón de que los Presupuestos del Estado son injustos con Canarias, etc. Y asistiendo a Fitur, claro.
Aunque en distintos países de Latinoamérica se suele definir el “parteaguas” como un momento crucial en el que se abre una poderosa disyuntiva ante nuestros ojos, prefiero usar este sustantivo aquí para referirme a una linde que divide un campo político en dos flancos no exentos de contacto y relación pero también netamente diferentes, especialmente en lo que hace al alcance de sus objetivos. Puede que ya sepan que me refiero al canarismo y más concretamente a sus dos variantes, el autonomista y el popular. Y, aunque pudiera ser el caso, no estoy pensando en que dicha división se pueda explicar en términos de izquierda y derecha.
No es momento de expresar mis preferencias, tan relevantes o irrelevantes como las de cualquier otro canarista, sino de poner otro modesto granito de arena en la tarea de definir ese espacio sociopolítico e ideológico-cultural, a veces tan amorfo como voluble pero rotundamente persistente en el tiempo. Usando la conocida expresión humorística, bien podría decirse que el canarismo tiene una “mala salud de hierro” y que sus sepultureros han solido quedarse con las ganas y acabar ellos antes en la sepultura.
Ahora bien, ¿qué será eso del parteaguas del canarismo? ¿Es reconocible tal cosa en un campo político caracterizado antes bien por, como afirmé anteriormente, su alto grado de volubilidad? Después de todo, he dedicado ya algunos años a reclamar, entre muchas otras cosas, un cuerpo de ideas más sólido y estable para el canarismo, con escaso éxito, como es bien sabido. En mi opinión, sí se puede distinguir dicho parteaguas y conviene intentar describirlo con cierta precisión para que la actividad política –en especial la partidista– no sea percibida exclusivamente como un juego de piezas de ajedrez sin mayor orientación que el oportunismo político o el deseo de exterminar al adversario, incluso dentro de tu mismo campo.
En el breve ensayo que cierra la segunda y última edición de Canarismo. Sobre nacionalistas y otras especies amenazadas describo esta frontera usando la imagen de los cuatro jinetes (allí digo que no apocalípticos) que tirarían, bien encordados entre ellos, de la diligencia del canarismo autonomista. En primer lugar, tendríamos la Sacrosanta Constitución española, que los partidos de dicho campo insisten en acatar de manera acrítica sin sugerir ni tímidamente su reforma. Y si insinúan una balbuceante voluntad de reforma no es sino para pedir que las singularidades canarias, principalmente las fiscales, estén mejor reconocidas y no para demandar un cambio de las reglas de juego, por ejemplo. ¿No va tocando ya superar este alicorto Estado de las autonomías pactado en las postrimerías del franquismo?
Parecido es el caso del segundo jinete, el Estatuto de Autonomía, al que el canarismo autonomista debe su nombre, por más que intenten usurpar el de nacionalismo. ¿Habrá que volver a recalcar que lo propio del nacionalismo es la construcción nacional y no la perpetuación del Estado de las autonomías? Uno puede transigir en que, dentro de la “lógica” del realismo claudicante, se asuma su defensa mientras no tengamos otra cosa, máxime en tiempos de avance de la ultraderecha. Distinto es que no se dedique el más mínimo esfuerzo a señalar sus deficiencias y a situar en el horizonte una propuesta de relación distinta con el Estado español; una que, por ejemplo, el pueblo canario pueda votar, algo que no ha hecho con ninguno de sus otorgados estatutos de autonomía. Hacer política no puede ser exclusivamente aspirar a gestionar el presente sino trabajar en la creación del futuro, de sus narrativas, imágenes y mitos, si fuera necesario. Se echa en falta una aspiración así en las filas autonomistas, en sus líderes, programas, etc.
Nuevamente, encontramos un paralelismo entre nuestra condición de autonomía limitada y nuestro estatus de Región Ultraperiférica ante la Unión Europea. He ahí el tercer jinete. Frente a quienes esgrimen el artículo 349 del Tratado de la Unión como un Santo Grial, no falta quienes acusan precisamente al mismo, si no de causa de todos los males, sí de no contribuir precisamente a la solución de problemas que desbordan ya nuestro estatus jurídico-político ante el Estado español y la Unión Europea: la inmigración legal desde Europa y la adquisición de viviendas por parte de foráneos no serían dos de ellos, puesto que ejemplos hay en la U.E. de territorios con limitaciones en ese sentido pero sí el futuro de nuestro sector primario, todavía más en el contexto de los acuerdos con Mercosur, por poner un ejemplo.
Finalmente, estaría el jinete del Régimen Económico y Fiscal (REF), auténtico fetiche de dichas fuerzas. No busco menoscabar su importancia en las últimas décadas a la hora de estructurar la Canarias contemporánea ni entro en el debate de si sirve realmente al propósito de una Canarias más justa y menos desigual, valga la redundancia. Aunque las cifras son muy elocuentes siempre habrá quien diga, seguramente no sin razón, que todavía serían mucho más dramáticas sin un instrumento como el REF. Para mí, lo fundamental en estas líneas está más bien en deslindar qué fuerzas políticas se sitúan en el bando de quienes atribuyen al mismo un papel crucial y por ello dedican sus energías a sustentarlo y no conciben de ninguna manera su superación, frente a quienes quisieran algo distinto que no acaban de precisar o al menos de situar de manera convincente en el seno de nuestra sociedad.
Más allá de matices, fuerzas como Coalición Canaria, Primero Canarias y Nueva Canarias –también AHI, PNC y muchísimas fuerzas municipalistas– se dejan llevar cómodamente por estos cuatro jinetes sin que parezcan tener la más mínima intención de cambiar de diligencia. Las enormes transformaciones que ha conocido Canarias desde que el canarismo autonomista naciera allá por 1993 no parecen sugerirles la necesidad de renovar discursos, ampliar horizontes. Al canarismo autonomista la vida se le va reclamando que se aplique el REF, que se cumpla el artículo 349 del Tratado de la Unión Europea, apuntalando la Constitución española, acusando con razón de que los Presupuestos del Estado son injustos con Canarias, etc. Y asistiendo a Fitur, claro. En la versión isleña del día de la marmota no cabe aventurar otro futuro posible ni siquiera como relato. Constituir una única opción electoral, como de hecho sucede en países con niveles de apoyo similares para sus respectivas fuerzas políticas propias (Galicia y País Valenciano, por citar dos ejemplos dentro del Estado español), es lo más efectivo que pueden hacer.
Del otro lado del parteaguas, un canarismo popular tiene que nacer, siendo audaz y también riguroso. Si no quiere dejarse arrastrar por esas cuatro cabalgaduras, deberá decir claramente qué es lo que propone y lanzarse a la tarea de ganar apoyos en el seno de la sociedad canaria. Sólo veo ahora mismo a Liberación Canaria en ese esfuerzo, en el que sin duda debe profundizar si quiere que resuene más allá de sus sectores de influencia, mientras que otras fuerzas como Drago Canarias navegan cómodamente en la indefinición sin decir ni una cosa ni la otra. No se puede hacer políticamente eternamente a la contra y el canarismo popular no debe postergar la tarea de dotarse de un programa para la Canarias del segundo cuarto del siglo XXI. Para ello es preciso desterrar el conformismo intelectual del canarismo autonomista y vencer cualquier inercia acomodaticia. Conformar algún tipo de alianza electoral nítidamente distinta a la del canarismo autonomista parece conveniente ante el previsible avance de la ultraderecha españolista.
Esta dupla necesaria, imprescindible, del canarismo autonomista y el canarismo popular, debe asumir la tarea de competir de manera virtuosa para superar al españolismo, siendo capaz también de dialogar con los sectores más civilizados del mismo, que también existen. En otras palabras, desplacemos ese otro parteaguas, dejando en el margen a quienes quieren que Canarias siga siendo un país subdesarrollado y dependiente porque su centro de interés está a miles de kilómetros de aquí. Porque la política no es la celebración de la autoafirmación sino la voluntad constante de desplazar los límites y barreras que nos ponen o nos ponemos para disfrutar de la coartada de no tener que transformar la realidad.