Tenesor Rodríguez Martel
El autor, fundador del Proyecto Tamaimos, homenajea en este texto al Maestro Eugenio Padorno (1942-2026), que tanto sembró en las aulas canarias y con quien tuvo un trato muy cercano, dejando una huella indeleble en su persona.
En el curso 1998-99 tuve la oportunidad de elegir la asignatura optativa «Literatura Canaria” mientras cursaba los estudios de Traducción e Interpretación en la ULPGC. No sabía dónde me estaba metiendo: animado por inquietudes que me venían de casa, pensaba que esta materia me iba a aportar algunos conocimientos importantes sobre nuestra literatura; y terminó siendo una de esas experiencias que te marcan para siempre.
El profesor de la asignatura resultó ser Eugenio Padorno, de quien yo apenas nada conocía; ni de su vida, ni de su obra. Y ahí comenzó una aventura que dejaría en mí una huella indeleble para el resto de mi vida.
Con el reciente fallecimiento de Eugenio Padorno, se nos ha ido no solamente un poeta extraordinario y un pensador imprescindible. Hablamos, además, de un pedagogo fuera de lo común, alguien que terminó siendo para muchos un maestro, Maestro Padorno.
Pero yo entonces no sabía nada de eso. No recuerdo con precisión cómo fue el primer día de clase: lo que sí recuerdo muy bien es el silencio que se instaló en el aula cuando Eugenio Padorno comenzó a hablar. Un silencio respetuoso y amable, mientras el poeta andaba por la clase y con un hablar pausado -intercalado de precisos silencios- nos explicaba la aventura en la que nos habíamos embarcado.
Luego, paso a paso, fuimos leyendo textos y, descubriendo los principios de la hermenéutica de Heidegger y de Gadamer, desplegando la vida que había en aquellos pasajes. La letra se convertía en vida y sentíamos el palpitar de aquellos poemas como si de nuestros propios pasos se tratara. No, aún más, descubríamos nuevos caminos que comenzábamos a andar gracias a aquellos relatos y aquellos versos. Cairasco de Figueroa (¡poeta fundador de la literatura canaria!), Agustín Espinosa (¿Un camello y Charles Chaplin en la misma página?), Viera y Clavijo (¿Puede uno ser historiador y venerar la ficción?) y tantos otros, poblaron nuestras aulas y nuestra imaginación al tiempo que nos daban alas para soñar y nos mostraban caminos hasta entonces sólo intuidos.
Luego, con el paso del tiempo, fui sabiendo que Eugenio Padorno y mi padre tenían una relación que se remontaba a muchos años atrás: habían sido colegas en el equipo directivo del Instituto de Bachillerato de Tafira Alta. Allí trabajaba en la misma época también, y como profesor de dibujo, uno de los más grandes artistas que Canarias haya dado al mundo: Juan Ismael.
Y es que Eugenio Padorno había sido profesor de enseñanzas medias antes de serlo de universidad. Y dejó una profunda huella en diferentes institutos: me consta que en el Joaquín Artiles, de Agüimes, y el de Bachillerato de Tafira (hoy, Nelson Mandela), antiguos alumnos y compañeros lo recuerdan aún, muchos años después, con respeto y cariño.
Así que la aventura se fue ampliando, y pasé de ir descubriendo autoras y autores de nuestras letras a saber de una relación más personal entre Maestro Padorno y mi padre que se remontaba a décadas atrás.
Calibán: una experiencia única
Para comprender la huella que Eugenio Padorno dejó en el Campus de Humanidades y en un buen puñado de sus estudiantes hay que mencionar una experiencia única: la revista Calibán.
Entre 1998 y 2002 se publicó en el Campus de Humanidades de la ULPGC, la revista de los alumnos de las facultades de filología y de traducción e interpretación. Numerosos artículos filológicos, de crítica literaria, ensayos y textos de prosa y poesía, traducciones poéticas y de relatos del ruso, el finés, el francés, el inglés, el alemán, el italiano, etc. vieron la luz en sus páginas. Fueron años de febril actividad por parte de un puñado de entusiastas, algunos de los cuales son hoy referentes en la academia, en la investigación, en el mundo del diseño, en destacadas fundaciones culturales o trabajan para instituciones internacionales.
Y si nombro Calibán en este breve texto de homenaje a Eugenio Padorno es por una sencilla razón: fue él quien sembró en tantos de nosotros la semilla que nos llevó a sacar adelante este proyecto. Y por si esto fuera poco, no dejó de alentarnos, aconsejarnos y acompañarnos en ningún momento del proceso. En un delicado equilibrio propio de un hombre sabio, nos acompañó sin frenar nunca nuestra capacidad creativa. Una vez más, Maestro Padorno.
Y la suerte de la que hablaba consistió también en que, gracias a Calibán, tuve la oportunidad de conocer mejor al hombre Eugenio Padorno; de tratarlo no sólo en la Facultad de Humanidades de La ULPGC, en el Campus del Obelisco, sino también en su playa de las Canteras. Entre las varias y variadas conversaciones que mantuvimos fuera del entorno universitario, recuerdo con especial intensidad la última, en diciembre de 2018. Le pedí que me dedicara su libro Acaso sólo una frase incompleta (1965 – 2015). En la sobremesa hablamos sobre mi vida en Viena, sobre sus proyectos artísticos y, en un momento dado, me dijo: “En uno de mis poemas, hablo de una isba”. Se refería a “los almendros de Jlebnikov”. Aquel detalle, aparentemente insignificante, de la conversación quedó en mi memoria, en alguna gaveta que volvió a abrirse sólo el otro día, cuando supe que se nos había ido para siempre.
Padorno, un hombre polifacético
Fue un hombre polifacético. Su compromiso radical con la palabra lo llevó no sólo a enseñar en la universidad, sino también a investigar mucho y en profundidad. Le interesaban, además de la literatura, la filosofía y las artes plásticas, entre otras disciplinas.
De su obra investigadora, el libro que mayor impacto me ha causado, ha sido, sin duda, Algunos materiales para la definición de la poesía canaria: la lectura que hace Padorno de autores como Domingo Rivero o Tomás Morales es tan original y profunda, que cambió para siempre y de manera radical mi manera de ver y de leer a estos autores.
A su obra poética me acerqué en último lugar. Después de escuchar en el aula al Maestro y de leer pacientemente al pensador. Nunca tuve la oportunidad de departir con él sobre esta faceta tan fundamental de su vida. Y me vienen ahora a la memoria unas palabras suyas, en las que, junto con el dolor por la muerte de su hermano, Manolo, manifestaba cierto pesar porque “siempre pudimos tratar mejor a los definitivamente ausentes.”
Vuelvo a leer ahora su poema “Los almendros de Jlebnikov”, publicado por primera vez antes de que yo viniera al mundo. Y aprecio en estos sencillos versos una profundidad, una honestidad y una humanidad que acaso puedan transmitir en su plenitud la grandeza de un gran poeta, un gran pensador y un gran profesor: el Maestro Padorno.
LOS ALMENDROS DE JLEBNIKOV
He leído en alguna parte que el poeta
Víctor Jlebnikov,
llegada la estación en que la vieja nieve funde
sobre las ramas,
abandonaba todo ante la súbita perspectiva
de un inaplazable y largo viaje
hacia tierras del sur.
El accidentado modo de transporte
y el duro adiestramiento de su cuerpo
en lechos de ciudades apenas entrevistas
nunca minaron aquel extraño hábito.
Cuentan en la vida de un hombre imperiosos
llamados; a Jlebnikov esa invocación extraña
le venía desde el otro extremo de la tierra,
y hacia allí, con el Volga ululante por testigo,
marchaba enajenado. Los demás, ante el cierzo
inclemente, atrancaban las puertas
de sus isbas, pero a él,
desde las heladas agujas de los montes,
el ojo insomne de la lechuza
lo veía partir, perderse sobre
la detenida plata de los ríos.
En el tiempo que va
de una estación a otra atravesaba Rusia.
La curiosa aventura acababa con la primavera
en Crimea. Entonces Jlebnikov, cumplido
ya en la cita con lo maravilloso,
sonreía: una vez más, según él, los almendros
más hermosos de la tierra
habían florecido.