Rumen Sosa
Entre las áreas de investigación acerca de nuestra Historia Antigua que han conocido un desarrollo mayor en los últimos años se encuentra sin duda la lingüística. La lengua y variedades lingüísticas que hablaron nuestros antepasados no dejan de suscitar interés entre expertos y profanos. A ello han contribuido sin duda los numerosos diccionarios publicados en este siglo generalistas o especializados en toponimia, antroponimia, etimología, análisis comparado, etc. Reproducimos en esta edición el primer capítulo de una obra que ha suscitado justificado interés entre las personas amantes de nuestra cultura: La muerte de la lengua guanche. Proceso de sustitución lingüística en Canarias (ss. XV-XVI) (Le Canarien, 2025) a cargo del doctor en Historia y divulgador de nuestra Historia Antigua Rumen Sosa. Se trata de un análisis monográfico sobre la extinción del guanche que se configura ya como una obra de referencia en este campo.
La lengua de los antiguos canarios está estrechamente ligada a la cuestión de su origen y consecuentemente al poblamiento. Si las dos primeras cuestiones ya presentan algunas certezas, aún sin determinar su exactitud, es cierto que las circunstancias y formas en las que se produjo la colonización humana del archipiélago en la antigüedad continúan siendo un desafío para la ciencia. Estas cuestiones ya fueron abordadas por varios autores europeos desde los tiempos de la conquista y la colonización. A través de la información bíblica, la observación directa y la indagación en la tradición oral, los intelectuales coetáneos intentaron hallar una explicación solvente al origen de unos pueblos desconocidos.
No caben dudas sobre la primacía del relato bíblico a la hora de interpretar la realidad en general y el poblamiento en particular, por lo que no sorprende que los cronistas del siglo XVI hicieran alusión a teorías que circulaban vinculando el origen de los isleños con el mito bíblico de la Torre de Babel. De esta interpretación, algunos vieron en los canarios poblaciones hebraicas aunque esto fuese cuestionado ya por parte de los cronistas que, si bien no negaban la expansión de la humanidad a partir de un núcleo original en torno a la Torre de Babel, señalaban que la lengua y religión de los isleños no era ni hebrea ni judaica. Por otro lado, algunos autores se dignaron a preguntar directamente a los descendientes de indígenas sobre su origen, a los cuales no parecen haberles entusiasmado estos interrogatorios. Esto parece comprensible en una sociedad como la del naciente imperio hispánico donde el integrismo religioso, el linaje y la coerción eran claves para la integración socioeconómica. Los nietos y bisnietos de la población originaria debieron recelar de hablar con los europeos o sus descendientes sobre un origen africano incómodo que podría relacionarse con el islam. Este hecho debió influir en las parcas respuestas que recogieron los propios cronistas:
Fue preguntado a los ancianos de Gran Canaria si tenían alguna memoria de su nacimiento, o de quién los dexó allí, y respondieron: –Nuestros antepassados nos dixeron, que Dios nos puso e dexó aquí e olvidónos; e dixéronnos, que por la vía de tal parte se nos abriría e mostraría un ojo o luz por donde viésemos. (Bernáldez, 1993[1495]: 510-511].
Los europeos dedujeron por la proximidad geográfica y a la luz de los paralelismos culturales y lingüísticos que estas poblaciones eran africanas. No obstante, también se mostraron extrañados ya que estos africanos eran gentiles y no musulmanes puesto que debieron arribar a las islas antes de la llegada del islam al norte de África. Sin embargo, la cuestión de cómo y por qué poblaron Canarias era más difícil de responder ante la aparente desmemoria de los isleños. Estos solo pudieron arribar por vía marítima por lo que resultaba complicado interpretar cómo lo hicieron si no practicaban la navegación y por qué a pesar de sus paralelismos hablaban “lenguas diferentes”. Es posible que en este contexto se originara la conocida como leyenda de las “Lenguas Cortadas” que explica un poblamiento planificado por los romanos con unos bárbaros africanos que se rebelaron contra el poder imperial. Estos recibirían como castigo la deportación a las islas y que se les cortara la lengua para que no pudieran contar lo que habían osado hacer. Esta historia es recogida con bastante premura por los cronistas normandos sobre La Gomera y será reproducida por cronistas posteriores.
…hablan con los bezos como si carecieran de lengua, y por aquí cuentan que un poderoso príncipe mandó exiliarlos en ella a causa de algún crimen e hizo que les cortaran la lengua. (Le Canarien, (2003[d. 1494]: 335].
Teniendo Roma sujeta la provincia de África, y puestos en ella sus legados y presidios, se rebelaron los africanos y mataron los legados y los presidios que estaban en la provincia de Mauritania; y que, sabida la nueva de la rebelión y muerte de los legados y presidio en Roma, pretendiendo el senado romano vengar y castigar el delito e injuria cometida, enviaron contra los delincuentes grande y poderoso ejército, y tornáronla a sujetar y reducir a la obediencia. Y, porque el delito cometido no quedase sin castigo, y para escarmiento de los venideros, tomaron todos los que habían sido caudillos principales de la rebelión y cortáronle las cabezas, y otros crueles castigos; y a los demás, que no se les hallaba culpa más de haber seguido el común, por no ser destruidos, por extirpar en todo aquella generación, y que no quedasen descendientes donde sus parientes habían padecido y no fuesen por ventura causa de otro motín, les cortaron las lenguas, por que do quiera que aportasen, no supiesen referir ni jactarse que en algún tiempo fueron contra el pueblo romano. Y así, cortadas las lenguas, hombres y mujeres e hijos los metieron en navíos con algún proveimiento y, pasándolos a estas islas, los dejaron con algunas cabras y ovejas para su sustentación. Y así quedaron estos gentiles africanos en estas siete islas, que se pobladas hallaron (Abreu Galindo, 1977 [1632]: 34).
La relevancia de esta historia para explicar el poblamiento reviste de tal importancia que incluso en la actualidad aún se discute sobre el origen de esta historia y su veracidad. No obstante, lo que nos resulta de interés es el fenómeno que intenta explicar, es decir, el origen y lengua de los isleños, imprimiendo una carga simbólica que trataría de aclarar su diversidad lingüística, su dificultad para la inteligibilidad mutua y, en nuestra opinión, la base común de las variedades canarias con el amazigh continental y sus características fonéticas más llamativas. No hay que olvidar que, independientemente de la procedencia y veracidad de la historia, esta se encuentra presente desde el tiempo en el que los europeos estaban en contacto con los isleños que aún hablaban su lengua original. El propio Abreu, al escribir el relato, se basa en este para ilustrar sobre diferencias lingüísticas entre las variedades amazighes insulares y continentales:
(…) no semejándose su lengua con la de los africanos en todo, hayamos de creer que, no teniendo lenguas para expresar sus vocablos ni darlos a entender a sus hijos, inventasen nuevo lenguaje para que se entendiensen, salvo aquellas palabras que con poca lengua pudieron pronunciar; que algunas se semejan con las de los africanos (de donde habemos inferido ser de su nación), y otras que con el discurso del tiempo se mudarían y corromperían, como cada día se hace. (Abreu Galindo, 1977 [1632]: 34)3.
El relato de las “Lenguas Cortadas” también es útil para interpretar los rasgos fonológicos y morfológicos más característicos que escucharon de las variedades del amazigh insular, si bien el propio Abreu ya apenas fue testigo de los restos de esta lengua en Canarias. El hecho de que los romanos les hubiesen cortado la lengua a los rebeldes africanos que deportaron explicaría por qué sus descendientes poseían esa pronunciación tan particular “hiriendo con la lengua el paladar” como si se tratase de “tartamudos”. En lo que respecta a la morfología, este hecho explicaría también por qué “en su lenguaje comienzan muchos nombres de cosas con t, los cuales pronuncian a media lengua” (Abreu Galindo, 1977[1590-1602]: 34).
Es por ello que consideramos que esta historia revela posibles datos históricos, y que tal vez, como explica Abreu, pudo servir para explicar la realidad lingüística que encontraron los europeos en Canarias. La relación entre el mito de la Torre de Babel y el de Las Lenguas Cortadas ya señalada por Farrujia y Del Arco Aguilar (2002) es una posibilidad a considerar. En el pensamiento de la época al respecto de las lenguas, sobre el que ya insistiremos a continuación, se podían concebir intelectualmente las hablas isleñas como “corrupciones” de las lenguas originales más “civilizadas”. Tanto la dispersión tras los sucesos de la Torre de Babel y, sobre todo la deportación desde África por los romanos de rebeldes “sin lengua”, implica una clara “degradación” y “alteración” de una lengua precedente que harían a los indígenas canarios hablar como “mudos” y “tartajosos”. En otras palabras, la lengua o lenguas de los isleños eran “bárbaras”, “rudas”, “extrañas” y ellos eran comparables a los que no hablan bien, es decir, los tartamudos. Obviamente, esta percepción de inferioridad además de peyorativa es enormemente subjetiva y etnocéntrica. Sobre este asunto, cabe suponer que estas ideas revelan un prejuicio ante lo desconocido de los hablantes de una lengua que se consideran civilizados y por tanto superiores a los que hablan como “tartajosos”. Es decir, una mera elucubración en base a la sensación de extrañeza que les causaría las características fonéticas y morfológicas del amazigh. En este sentido, Moreno Cabrera explica oportunamente la primera impresión que tenemos de manera natural cuando escuchamos una lengua que desconocemos, máxime cuando esta es radicalmente distinta a la nuestra:
Cuando escuchamos una lengua que no conocemos, apenas percibimos un balbuceo informe y sin sentido alguno y en consecuencia tendemos a pensar que estamos ante una forma de comunicación imperfecta y primitiva. De ahí apelativos tales como bárbaros, bereberes u hotentotes. La palabra «algarabía», documentada desde finales del siglo XVIII y que aparece en 1540 con el significado de ‘lenguaje incomprensible, jerigonza’ y en 1618 con el ‘griterío confuso’, no es otra cosa que la expresión árabe al arabiyya ‘la lengua árabe’ (Moreno Cabrera, 2000: 77).
Se trata pues de la génesis de un prejuicio que iría incrementándose de acuerdo con la expansión del imperialismo europeo. Reflejo de este prejuicio es la vigencia hasta la pasada centuria del mito del primitivismo de ciertas lenguas en los estudios científicos. Este mito de las “lenguas primitivas” ha consolidado en el imaginario colectivo la idea de la existencia de “lenguas superiores y evolucionadas” frente a las “primitivas o poco evolucionadas”. La ciencia lingüística moderna ha confirmado la inexistencia de esas “lenguas primitivas” presentando todas las lenguas humanas la misma complejidad independientemente del desarrollo tecnológico de sus hablantes. En efecto, como señala Greenberg al hablar sobre la hipotética evolución del lenguaje, nunca demostrada, lo que sabemos con seguridad es que:
Las lenguas son iguales en el sentido de que han sido «creadas iguales», es decir que tienen idéntico potencial. De hecho, algunas de las que han sido cultivadas probablemente tengan mayores recursos de expresión, pero esto no se debe a una superioridad inherente. Cualquier lengua colocada en esa situación mediante factores no lingüísticos será capaz de desarrollos semejantes (Greenberg, 1957:65).
No obstante, este mito en Canarias como en tantas latitudes, resultaría útil para la legitimación de la imposición del castellano y la caída en desuso del amazigh del archipiélago. Esta percepción justificaría la actitud de los castellanos “que siempre controuertieron el nombre a las cosas i despreciaron sus vocablos” (Gómes Scudero, 2008[1682-1687]:435) e influyó en el escaso interés de religiosos y eruditos coetáneos por documentar estos “lenguajes”. Diferente parece haber sido el caso de América donde para desarrollar exitosamente la labor evangelizadora se convertiría en imperativa la utilización de las lenguas locales, por lo que sí conocemos recopilaciones documentales de varias lenguas nativas americanas.