Lautaro Russo
Ahonda en la tragedia canaria, que la imposibilidad de vivir en Canarias coexiste con un gran sentimiento de pertenencia a ella, pues un 75% de los jóvenes encuestados siente que ser canario es parte fundamental de su identidad. Dicho de otro modo, la imposibilidad material de habitar las islas constituye la tesis de una subjetividad canaria que se afirma a sí misma, pero que encuentra su antítesis en una realidad económica que la niega sistemáticamente.
El Sociobarómetro Juvenil 2025 no es solo un informe sociológico; es la crónica de un naufragio espiritual en el Atlántico. Lo que revelan sus datos es la materialización en las islas de lo que el teórico Mark Fisher denominó la «lenta cancelación del futuro». Esta idea describe un presente estancado, donde la capacidad de imaginar alternativas al sistema actual ha sido aniquilada, dejando a la sociedad atrapada en una repetición ad infinitum de los mismos problemas estructurales. Para el joven canario, el futuro no es un horizonte de posibilidades, sino una amenaza de la que solo un 14% cree poder escapar sin emigrar. Canarias se ha convertido en el escenario perfecto de esta cancelación: una tierra que se vende como paraíso pero que, para sus hijos, funciona como una jaula de precariedad donde solo el 13% confía en poder independizarse.
A esta parálisis Fisher suma otro espectro: la hauntología, esa sensación de que nuestro presente está embrujado por los futuros que nunca llegaron a suceder. La juventud canaria vive hoy en los escombros de una promesa rota: la de aquella prosperidad y estabilidad que el sistema le asegura a cambio de trabajo y esfuerzo. Existe un «fantasma» de una Canarias donde el trabajo no es un lujo y la vivienda no es una quimera; una promesa de progreso que se nunca parece materializarse, dejando en su lugar un malestar profundo hacia unas instituciones que el 92% de los jóvenes percibe como inútiles. Estamos obligados a luchar no solo contra las carencias del presente, sino contra la melancolía de ese futuro prometido que nos fue arrebatado.
Ahonda en la tragedia canaria el que la imposibilidad de vivir en Canarias coexista con un gran sentimiento de pertenencia a ella, pues 3 de cada 4 % jóvenes encuestados siente que ser canario es parte fundamental de su identidad. Dicho de otro modo, la imposibilidad material de habitar las islas constituye la tesis de una subjetividad canaria que se afirma a sí misma, pero que encuentra su antítesis en una realidad económica que la niega sistemáticamente. En términos hegelianos, nos encontramos ante una “conciencia infeliz”: el joven canario se reconoce como espíritu soberano de su territorio, pero se descubre como un siervo alienado que no puede desarrollar su proyecto vital, lo que genera una contradicción que no logra resolverse en una síntesis superadora.
Al cancelarse la posibilidad de un futuro, la dialéctica se estanca en una negatividad abstracta. La radicalización surge entonces como un intento desesperado del sujeto por recuperar su agencia frente a un sistema que lo anula: el dato de que 1 de cada 3 hombres jóvenes muestre síntomas de radicalización política es el síntoma de una conciencia que, al no poder avanzar hacia una síntesis racional, retrocede hacia la barbarie. La hauntología fisheriana se encuentra aquí con Hegel: ante la ausencia de un devenir real, la política se vuelve caníbal y se refugia en el pasado. El discurso victimista y la xenofobia —apenas un 24% de los jóvenes encuestados rechaza que la inmigración sea uno de los mayores problemas de Canarias— no son sino los estertores de una sociedad que, incapaz de reconciliarse con su propio presente, busca una falsa resolución del conflicto proyectando su malestar sobre el otro, en una lucha por el reconocimiento que solo puede producir exclusión.
Frente a este estancamiento dialéctico, sin embargo, surge una síntesis de resistencia que se manifiesta en la reapropiación de la finitud: la convicción de que “Canarias tiene un límite”. No se trata de un pesimismo estéril, sino de la negación de la negación. La juventud canaria ha decodificado el desarrollismo infinito como la tesis de su propia destrucción, reconociendo que este modelo es el responsable de un ecosistema que solo un ínfimo 8% de los encuestados considera mínimamente cuidado. Al señalar al turismo como un problema —una percepción que solo el 33% de los encuestados se atreve a cuestionar— los jovenes canarios intentan romper el hechizo de la lenta cancelación del futuro de Fisher al proyectar un futuro hacia el cual avanzar.
Sin embargo, esta lucha no es solo contra un presente asfixiante, sino contra la hauntología de una Canarias prometida que nunca cristalizó en bienestar real. Si la autoconciencia juvenil no logra trascender este archipiélago fantasma, la contradicción se resolverá por la vía de la ausencia: el orgullo de identidad se convertirá en un residuo simbólico mientras la realidad material expulsa a sus hijos, confirmando la sospecha de que solo el 14% podrá evitar la emigración. La verdadera batalla hegeliana aquí no es por la bandera, sino por el derecho a existir en un futuro que deje de ser un eco del pasado y se convierta, finalmente, en una posibilidad digna en el presente. La juventud canaria está en crisis, porque, como decía Gramsci, lo viejo —el modelo económico del turismo masivo— está muriendo y a lo nuevo no lo dejan nacer.
La advertencia del Sociobarómetro Juvenil 2025 es, por tanto, definitiva: o somos capaces de reactivar la capacidad de imaginar un futuro propio y digno que supere la precariedad institucional y la radicalización reactiva, o estaremos condenados a habitar una postal vacía. El reto es evitar que el último joven en subirse a un avión tenga que apagar la luz de una Canarias que pudo ser y, por ahora, no nos dejan que sea.