
Aniaga Afonso
Ahora que los ecos de los fascismos vuelven a sonar fuerte en casi cualquier lugar es más importante que nunca que estas historias de vidas, sufrimientos y muerte, no se pierdan
“Como se va pa la guerra
vende el millo a cuatro perras”.
“Me he de llevar a España
una flor cuando me vaya”.
(Pies de romance gomero)
Cuando era pequeña, en los años 80, los ecos de la guerra civil española todavía se oían en Canarias, si sabías escuchar. Muchas de las personas de mi entorno, familiares y conocidos, tenían en los ojos la arruga amarga del terror, de la represión, de la pérdida. Sus manos habían sostenido las cartas de despedida desde Fyffes o cualquiera de las otras cárceles y campos de concentración en las Islas, habían cavado las tumbas para sus muertos, y también las tierras con la esperanza de que las nuevas siembras los pudieran sacar de la miseria. Sus cuerpos habían sufrido las vejaciones, los maltratos, el hambre, las enfermedades, y en algunos casos su corazón, de ya no aguantar más, se había roto en pedazos para sólo dejar paso a una mirada lánguida que no tenía espacio para ninguna esperanza.
Cualquiera que pueda ver un mapa objetivamente, se da cuenta de algo que para muchos resulta difícil de entender: Canarias está en el Océano Atlántico, a 100 kms de la costa africana y a 1.250 kms del punto más cercano del continente europeo. No digo nada nuevo, ni nada menos obvio, cuando atestiguo que la guerra civil española, sucedió en España, desde el alzamiento militar y golpe de estado, el 17 de julio de 1936, hasta el 1 de abril de 1939. En Canarias no hubo contienda armada, que como ya mencioné, quedaba muy lejos de aquí, pero sí hubo una brutal represión, muchas penurias y un constante abasto de hombres enviados a su suerte, muy lejos de su tierra, y de mujeres destrozadas, bien por la pérdida de sus maridos o hijos, o por las atrocidades de todo tipo que ellas mismas tuvieron que sufrir en sus carnes.
De las conversaciones de los adultos que escuchaba sin querer en nuestras visitas familiares, fui tejiendo mi visión del conflicto y entendiendo todo el sufrimiento innecesario que causó, ¿acaso no son todas las guerras una aberración humana? Y yo siempre me preguntaba cómo es que todo eso había pasado también en Canarias…
Mi abuelo paterno, Valentín Afonso, era oriundo de Taganana, como todos sus ancestros. La vida no era fácil en el pueblo, pero las personas tenían un sentido de comunidad necesario para la subsistencia, que aliviaba muchas penas. Cuidar a los animales que producen alimento y cuidar la tierra que lo germina. Comer higos de leche directamente de la higuera, un escalichito de uvas negras, la telera de gofio y leche de cabra recién ordeñada, las papas hechas al calor de brezo, y el queso fresco soltando el suero… Vida sencilla, de cabrero y agricultor, en un paraje tan duro como bello.
Sin embargo, esa vida sacrificada pero en esencia tranquila, se rompe en 1937. Con la gestión y administración del Archipiélago en manos de España, es llamado a filas para participar en la contienda, como tantos otros hombres del pueblo, y de las Islas. Tras la cordillera anaguense, quedan su mujer y su hija, apenas una bebé en aquel momento. Los hombres parten con rumbo a lo desconocido y las mujeres se quedan atrás a cargo de los hijos, y todo lo demás: el hogar, otros miembros de la familia enfermos o mayores, los animales, las “bestias”, el campo, la alimentación, la ropa… la espera, la incertidumbre y el miedo.
Un día, mi abuela, Cecilia Crespo, cruza caminando, como tantas otras veces cuando va cargada de bienes del pueblo para venderlos en la ciudad, la cadena de montañas que separa Anaga de la capital, para ir a visitar a su marido, que le dice (para no asustarla) que a él no lo van a mandar a España, aunque él sabe que sí, y ella lo sabe también. A la salida de la visita se encuentra con una adivina que se ofrece a leerle la mano, a mi abuela y a la señora que va con ella, pero mi abuela se niega. Al final, la adivina se sale con la suya con el pretexto de no cobrarle nada, y le termina diciendo: -usted vino a ver a su marido sin su hija, y le dijo a él que la niña estaba enferma y no es verdad; usted no la quiso traer porque sabe que lo van a mandar a la guerra. Pero él no va a ir.
Mi abuela no le hizo caso a las palabras de la señora, pero se le quedaron grabadas.
En la Isla se vive con terror la llegada del barco “Marqués de Comillas” que, pronto, la socarronería canaria bautiza con el nombre de “Machuco y limpio” en alusión al famoso juego de cartas, ya que cada vez que el barco aparece en el puerto, arrasa con la población masculina que llevará a combatir, sin instrucción ninguna, en tierra ajena.
El día llega y la compañía de mi abuelo, junto a otras tantas, forma en el muelle para entrar en el «Machuco y limpio», pero en un giro inesperado del destino, ya a punto de entrar, en lugar de decirles a los soldados: marchen de frente, les dijeron media vuelta, y de esta manera regresaron al cuartel, quedándose así en tierra, y cumpliéndose así, también, la visión de la adivina.
Por puro azar, mi abuelo cumple el servicio impuesto por el “bando nacional” en el Gobierno Militar en Santa Cruz, pero 3 de sus hermanos no tienen tanta suerte y son enviados al frente, en España. Jacinto, Fermín y Rafael, al que pronto se unirá Pepe (Tito, que había escapado hasta ese momento por confundir su nombre en el ejército con el de una mujer, pero que tras la amable denuncia de un vecino, y aclarada la “confusión”, fue llamado a filas también).
Una ley autoriza a las madres con 3 o más hijos en el frente, a poder retornar a uno. Mi bisabuela tiene la difícil decisión de salvar a uno de sus hijos, y las presiones no son pocas por parte de las novias y mujeres de cada uno de ellos. Al final, Rafael es el elegido pero él decide cambiarse, en un acto de gran generosidad, por Tito, que ya tenía mujer y varios hijos por aquel entonces. Rafael vuelve entonces al frente por segunda vez, donde le dan las tareas de aguador, y otro chico del pueblo, casi un niño, que va con él en esta ocasión, termina enrolándose para fusilar prisioneros, con la consigna de que “le pagan más”. Mi tío intenta sacarlo de ahí y en su defecto ir con él, pero el de su compañía le responde: “de mi compañía no va nadie a matar prisioneros”.
Mi tío abuelo Jacinto volvió enfermo de la guerra y murió al poco, obligado a trabajar construyendo trincheras en zanjas llenas de agua salada. A Fermín y Rafael no les gustaba hablar de la guerra, solo ellos saben lo que allí vivieron. Mi abuela tuvo otros 4 hijos y quién sabe cuántos abortos. Mi abuelo volvió a ser cabrero y agricultor, y a hacer su vino, y pasado el tiempo trabajó en la carretera que conectó Taganana con la otra parte del macizo, haciendo los caseríos de Anaga mas accesibles después de siglos…
Pienso en todas esas vidas y me estremezco. Pienso en la ignorancia, en la juventud, en la inocencia, en todos los horrores que hicieron que eso desapareciera de la forma más terrible. Y todo lo que vino después. En cuando los falangistas le rodaban las tejas de la casa de mi bisabuelo por la noche, gritando que lo iban a matar… en todas las atrocidades de la dictadura militar y sus consecuencias, y todo el trauma que nunca pudo ser hablado. El de los hombres, y el de las mujeres también, que nunca aparecen en los libros de Historia porque la mayoría de ellas no peleó en el frente sino en el día a día, fruto también de las estructuras sociales imperantes, pero que siguieron manteniendo con vida, y dando vida, al calor de todos sus temores y maltratos, contra viento y marea.
Ahora que los ecos de los fascismos vuelven a sonar fuerte en casi cualquier lugar, -desgraciadamente también en esta tierra de migrantes que ha sido y es Canarias- no hace falta prestar mucha atención para poderlos escuchar, es más importante que nunca que estas historias de vidas, sufrimientos y muerte, no se pierdan. Ellas son la prueba viviente de lo que nunca se debería de volver a repetir.
A la memoria de todos los y las combatientes por la libertad. Gracias a mi padre, Ramón Afonso, por su memoria privilegiada y clarividente que mantiene vivos tantos recuerdos, que me motivaron y ayudaron a escribir este artículo.
Nota: hay mucha bibliografía al respecto de la guerra civil española y su impacto en nuestras Islas y sus gentes, aquí les dejo dos reseñas de Editorial La Marea:
“Tenerife, 1936”. Ricardo Rivas.
“Crónicas de vencidos”. Ricardo García Luis.