Lautaro Russo
Anunciamos la publicación, en las próximas semanas, de nuestro propio sociobarómetro juvenil. Este estudio ha sido diseñado específicamente para combatir las narrativas hegemónicas que sustentan el statu quo
A comienzos de diciembre de 2025, la prensa canaria nos sorprendía con un titular que parecía zanjar el debate turístico de un plumazo: «La mayoría de la población canaria ve ‘apropiada’ la llegada actual de turistas pese a las protestas contra la masificación». Una poderosa afirmación diseñada para calmar las aguas si no fuera por un detalle crucial: es rotundamente falsa.
Este titular tiene dos fallos de base inadmisibles. El primero, y más grave, es una burda manipulación de los datos. El sociobarómetro de la UNED, fuente usada para esta conclusión, no valida en absoluto el modelo ni la cifra actual de visitantes. El estudio se limita a mostrar que, al tener que elegir solo tres preocupaciones principales, la sociedad canaria prioriza visibilizar los problemas derivados del turismo que impactan de forma directa sus vidas. Es lo que cabría esperar porque, en un ejercicio de priorización forzosa, los ciudadanos siempre tenderán a señalar las consecuencias tangibles y cotidianas que merman su calidad de vida (como el precio de la vivienda), en lugar de la actividad económica subyacente que genera esos problemas (el turismo en sí). Dejemos de leer espejismos: la sociedad está protestando y los datos lo confirman, aunque los titulares insistan en vendernos una calma que no existe.
El segundo gran error, más sutil pero igual de pernicioso, es plasmar la investigación social como un oráculo apolítico, objetivo e incuestionable. No podemos olvidar que todo estudio sociológico —incluido el sociobarómetro de la UNED— posee limitaciones metodológicas e incurre en sesgos implícitos. La forma en que se formulan las preguntas, el diseño de la muestra, e incluso la priorización de ciertos temas, son decisiones humanas y, por tanto, profundamente políticas.
El presunto aval popular al turismo se desmorona al examinar la metodología: como mencionábamos antes, la formulación de la pregunta sesga la respuesta en contra del turismo, minimizando su representación. Por otro lado, si bien se aplicó un muestreo proporcional para incluir una representación adecuada de jóvenes en la muestra, la realización de la encuesta por el único canal de teléfono fijo podría introducir un sesgo de cobertura. Esto se debe a que la línea fija está en declive entre los segmentos poblacionales más jóvenes —parte activa e impulsora de las protestas— quienes dependen casi exclusivamente de la telefonía móvil. Aunque se intentó compensar con las cuotas, el uso del fijo podría estar dejando fuera a un segmento significativo de la juventud canaria, lo que a su vez podría resultar en una subrepresentación o distorsión de sus preocupaciones y prioridades en los resultados finales del estudio. A esto se suma el factor de la participación: ¿quién contesta a desconocidos para una encuesta de hasta una hora de duración? El resultado es un grupo muy reducido y sesgado. Por esto, el titular difícilmente puede ser considerado certero o representativo de la sociedad canaria en su totalidad.
Pero el problema no termina ahí. La conclusión periodística se basa en fuentes indirectas. Si se desea conocer la percepción real de los canarios sobre la masificación turística y su modelo actual, la pregunta debe ser directa. Como argumentábamos antes, no se puede tomar la priorización de otros problemas —que para más inri son consecuencia directa del turismo— como una «verdad inequívoca» que valida el statu quo. Las percepciones deben medirse de frente, no por la tangente, para evitar la peligrosa instrumentalización de datos que estamos presenciando.
Presentar estos datos como una «verdad» final y sin fisuras es un intento de despolitizar el debate turístico, usándolos como una herramienta de marketing o de contención social. La investigación social es una herramienta valiosa, sí, pero no un escudo perfecto contra la crítica. Ignorar sus restricciones inherentes y su potencial uso instrumental es un flaco favor a la transparencia, la ciencia y al debate democrático. Lejos de ser un ejercicio neutral, la investigación en ciencias sociales, es un acto profundamente político. Esta afirmación, que podría parecer obvia para algunos, sigue siendo resistida bajo la ilusión de una objetividad científica heredada del positivismo decimonónico. La idea de que la ciencia es neutral, ajena a los intereses del poder, ha sido un mito persistente. Sin embargo, desde las perspectivas del posmodernismo y la Escuela de Frankfurt, la investigación en ciencias sociales emerge no solo como un ejercicio académico, sino como un terreno profundamente político donde se disputan significados, verdades y estructuras de poder.
En este sentido, la Escuela de Frankfurt desveló cómo el conocimiento está mediado por las estructuras socioeconómicas. El capitalismo no solo moldea la producción material, sino también la cultura y el pensamiento. La «razón instrumental», aquella que reduce el conocimiento a su utilidad para el sistema, convierte a las ciencias sociales en cómplices de la reproducción de la hegemonía. Por ejemplo, resaltar el porcentaje de la población canaria que considera el turismo como una actividad económica importante, como hace el sociobarómetro de la UNED en su nota de prensa, sin contextualizar que la aceptación de su rol económico puede coexistir, como lo hace, con el profundo rechazo a sus impactos negativos, refleja una complicidad con el statu quo. Es totalmente posible que la sociedad reconozca el turismo como vital para la economía actual y, a la vez, exija un cambio radical del modelo por considerarlo destructivo. Presentar solo la importancia económica simplifica una realidad compleja y refuerza la inacción frente al imperativo de transformación social que buscan las protestas, lo cual es un hecho profundamente político. La neutralidad, en este marco, es una ilusión: hasta la elección de un tema de estudio —¿se prioriza entender el malestar general o las actitudes específicas hacia el turismo? — revela una postura política.
El posmodernismo profundiza esta crítica al deconstruir la noción de objetividad. Foucault señaló que el conocimiento y el poder son inseparables: el conocimiento científico, por lo tanto, puede ser instrumentalizado como herramientas de control social. Un estudio sociológico cuyo diseño minimiza el malestar social, por ejemplo, refuerza la subyugación de aquellos que lo sufren en lugar de cuestionar las estructuras que lo generan. Esta crítica se extiende al plano teórico con el cuestionamiento de Lyotard a los «metarrelatos» o las grandes narrativas universales. Él argumenta que la pretensión de cualquier ciencia de poseer una verdad universal, descontextualizada y apolítica es una ilusión. En su lugar, toda investigación y producción de conocimiento emerge desde contextos locales, fragmentados y subjetivos. Por lo tanto, la supuesta apoliticidad en las ciencias sociales es una fachada que oculta la inevitabilidad de su arraigo en relaciones de poder específicas y en narrativas culturales particulares, desmantelando la legitimidad de cualquier reclamo de neutralidad absoluta.
Como vemos, ambas corrientes convergen en un punto crucial: la investigación social es política porque interviene en la construcción de la realidad que estudia. La Escuela de Frankfurt enfatiza cómo el capitalismo distorsiona el conocimiento, mientras el posmodernismo revela la futilidad de intentar escaparlo, ya que no hay espacios «fuera» del poder. Juntas, muestran que incluso metodologías aparentemente asépticas —como las estadísticas— pueden ser usadas para silenciar voces y perpetuar opresiones si no se cuestionan sus criterios.
Reconocer la politicidad de las ciencias sociales no debe ser, sin embargo, una llamada al relativismo ni al solipsismo, sino a la responsabilidad crítica. Como propuso Habermas, se trata de fomentar una «racionalidad comunicativa» que integre múltiples perspectivas. Esto implica transparencia sobre los intereses detrás de los estudios, diversificación de metodologías y compromiso con la justicia social. En un mundo donde la posverdad y la tecnocracia amenazan con despolitizar debates políticos, las ciencias sociales tienen el deber ético de ser conscientemente políticas: no para servir al poder, sino para transformarlo. En definitiva, investigar en lo social es siempre un acto de intervención. La pregunta no es si es político, sino a quiénes y qué visiones del mundo privilegia. Por ejemplo, la creación de encuestas alternativas con muestras centradas en la población juvenil o que se centren en entender las percepciones reales sobre el turismo ejemplifican cómo la ciencia social puede ser un acto de resistencia frente a las narrativas económicas hegemónicas.
Es por todo ello que la Fundación Tamaimos, a través de su Observatorio Social Canario, se ha puesto manos a la obra. Anunciamos la publicación, en las próximas semanas, de nuestro propio sociobarómetro juvenil. Este estudio ha sido diseñado específicamente para combatir las narrativas hegemónicas que sustentan el statu quo y para darle voz a esa inmensa mayoría social que sigue, en peso, apoyando los postulados de Canarias Tiene Un Límite. Es hora de exigir y construir un modelo socioeconómico más justo, democrático y habitable. El debate no está cerrado, y la única forma de avanzar es con datos transparentes y una sociedad plenamente representada.