Víctor M. Bello
La novela corta El viejo y el mar habla de un canario de Lanzarote: Gregorio Fuentes. Ernest Hemingway quiso situarlo como héroe trágico en la lucha del ser humano contra la crueldad y la sinrazón del destino. El escenario: las aguas del Caribe cubano, donde Gregorio, como tantos canarios emigrara para nunca volver. Este delicioso artículo, a cargo de Víctor M. Bello Jiménez, salió publicado en el primer número de la Revista Episodios Insulares, próximamente disponible en las librerías canarias.
El ser humano, como tantas otras especies, es migrante por naturaleza. En ocasiones abandona el lugar de origen por gusto; pero la mayor parte de las veces lo hace por necesidad. Este último caso es el que ejemplifica en mayor medida lo sucedido en las Islas Canarias casi desde los mismos tiempos en los que se inició la conquista, porque las expectativas cuando se decide el traslado a otro lugar no siempre se cumplen.
Ya desde el siglo XV, cuando Inés Peraza de las Casas había hecho traspaso de las islas no conquistadas – Gran Canaria, Tenerife y La Palma- a los Reyes Católicos, la Señora de Canarias tuvo que solicitar a sus majestades que prohibieran que sus vasallos de Lanzarote y Fuerteventura se fueran a residir a las islas pertenecientes a la Corona, que eran vistas por estos como un territorio donde llevar una vida más próspera. Una prohibición de emigrar que encontramos a lo largo de la historia para la isla de Lanzarote, un territorio asolado por la dureza de las sequías a través de los siglos. Tanto es así, que a muchos de los lanzaroteños que se marcharon a otro lugar – Europa, África y, sobre todo, América; amén del resto de las Islas- los podemos considerar lo que en la actualidad se conoce como migrantes climáticos. Y es que, de la misma manera que las migraciones son transversales a la historia de la humanidad, los motivos son también repetitivos. Únicamente cambia el rumbo de este fenómeno, en tanto que un mismo territorio que fue punto de partida de migrantes ahora es destino de otros, en lo que Canarias representa un caso paradigmático; de ahí que sea necesario, también, desmitificar algunas cuestiones relativas a este tema.
Con frecuencia, podemos escuchar que quienes se fueron de las Islas – también se dice a nivel nacional- lo hicieron de forma reglamentaria, legal y con contrato para desempeñar con denuedo un oficio en el lugar de destino y contribuir a la prosperidad del territorio que los acogió, como si la emigración ilegal no hubiese sido paralela a la regularizada por las autoridades, como sucedió desde los inicios de la conquista de América, por ejemplo. Claro que existió emigración clandestina y claro que los viajes fueron tan terribles como los que ahora podemos observar a través de la prensa. Basta con leer algunos documentos para constatarlo.
En 1913, un médico canario de nombre Francisco González Díaz se embarcó en el vapor Balmes con destino a Cuba. Hacía allí se dirigía invitado por canarios residentes en la isla caribeña para que pudiera narrar cómo era la vida en aquella isla. Poco después escribió que cruzaron el océano durante veinte días y que la sola travesía podía convertirse en un peligro, toda vez que en el vapor iban enfermos y sanos todos mezclados; cuenta también que los emigrantes se amontonaban por cualquier lugar del barco, ya fuesen las cubiertas o las bodegas, según hubiesen pagado al dueño. Alguien incluso comentó – según narra el médico canario- que la imagen que daban debía ser la misma que la de los barcos que se dedicaban a la trata de negros siglos atrás y que parecían más un cargamento que un grupo de personas.
Viajes con pasajeros hacinados casi en constante peligro, por tanto. Nada nuevo bajo el sol. Lo mismo que el hecho de que muchos perecieran en este intento de prosperar, porque conocemos muchos casos de éxito en el fenómeno migratorio, pero desconocemos los designios de muchos que fracasaron.
Uno de estos casos de éxito, tras superar un viaje que debió de ser terrible, diversas vicisitudes y grandes esfuerzos de todo signo, fue el del lanzaroteño Gregorio Fuentes.
Fuentes nació en la zona del Charco de San Ginés, en Arrecife, en 1897, en el seno de una familia de pescadores que, como tantas otras, sufrió las crisis de finales del siglo XIX y principios del XX, lo que motivó que su padre decidiera emigrar a Cuba en 1903 llevándose consigo a Gregorio, de seis años de edad, porque, por ser menor, el pasaje era más económico. La travesía debió de ser como la descrita por el doctor González Díaz, con el agravante de que el padre del niño arrecifeño sufrió un accidente en el viaje que le provocó la muerte. Los días restantes debieron de ser terribles y desoladores durante el resto de una travesía que superó gracias a la ayuda de otros emigrantes.
Antes de que el barco atracara en su puerto de destino, según contaba un Gregorio ya mayor, tuvo que saltar por la borda para huir de las autoridades y llegar a nado hasta la orilla. De los años siguientes conocemos poco, salvo que debió trabajar en el campo hasta que sintió la llamada del mar en el que sus antepasados habían batallado contra vientos y mareas dedicados a la pesca en la misma Corriente del Golfo que lo había llevado hasta el Caribe y que años después lo haría famoso mundialmente gracias a otro migrante.
Sabemos que en 1928 Gregorio Fuentes era patrón de una lancha pesquera con la que transportaba pescado a través de los cayos hasta Florida, y que uno de esos días de navegación tuvo que refugiarse de una tormenta en el islote Dry Tortugas, donde además ayudó a ponerse a resguardo a los tripulantes de un velero entre los que se encontraba el escritor norteamericano Ernest Hemingway. Y, como en Casablanca, ese fue “el comienzo de una hermosa amistad”, porque años después, cuando el escritor decidió asentarse en Cuba, buscó a Fuentes y le propuso que fuese el patrón de su barco, el Pilar. Con él, surcaron la Corriente del Golfo en un sinfín de ocasiones, pescaron marlines, bebieron ron y güisqui, buscaron submarinos alemanes como si fuesen protagonistas de una novela de espías en el transcurso de la II Guerra Mundial. Todo eso ha quedado perfectamente reflejado tanto en las biografías de Hemingway como en las propias novelas del norteamericano: Tener o no tener o Islas a la deriva son ejemplo de ello. Sin embargo, lo que no ha quedado registrado son las conversaciones que pudieron mantener durante las largas horas de navegación y pesca, cuando más se debía de estrechar la amistad y dependencia entre ambos. En cualquier caso, cabe suponer que hablaron y hablaron durante largas horas de ellos mismos, de sus inquietudes, de su pasado, de sus anhelos y frustraciones, de la pérdida del padre por parte de los dos, porque en sus vidas podemos encontrar similitudes y, con toda probabilidad, sentimientos parecidos. Y, muy posiblemente, sentimientos comparables que pudieran hacer que se reconocieran el uno en el otro.
De la misma manera, tampoco conocemos qué le contó Gregorio a Hemingway sobre las Islas Canarias, sobre su isla de Lanzarote, adonde volvió una vez antes de conocer al escritor. Pero debió de contarle bastante, lo mismo que acerca de sus sentimientos; hasta tal punto que la forma en que el norteamericano conoció al canario derivó en la creación de uno de los personajes más importantes de su vida: Santiago, el protagonista de El viejo y el mar.
Un día de pesca —contaba Gregorio a Noberto Fuentes, mientras este preparaba su obra Hemingway en Cuba—, el americano le preguntó al lanzaroteño:
- ¿Tú sabes lo que es un amigo?
- Tú y yo somos amigos – respondió el pescador.
- Un día nos encontramos – añadió Ernest-, tú con tu historia y yo con la mía. Y dos amigos equivalen a dos historias que se unen.
Sin duda, sus vidas y sus historias se unieron. La vida de dos migrantes que, a pesar de vivir en circunstancias muy distintas y ser considerados de forma desigual, tenían un sentimiento común: vencer las asperezas de la vida.
Bibliografía:
Norberto Fuentes: Hemingway en Cuba, Arzalia ediciones, 2019 (biografía).Víctor M. Bello Jiménez: El viejo marino, Caballos azules editorial 2024 (novela)