Iván Vega Mendoza
Estamos llegando a un punto de no retorno, más allá del cual Canarias empezará a transformarse en un lugar en el que las élites y los foráneos de cuentas saneadas —a los que nadie les exige que se integren ni que aprendan el idioma— nos irán arrinconando a golpe de talonario y gastrobar
Dos noticias recientes:
6/11/2025 La compra de vivienda por extranjeros se dispara un 25,3% más entre julio y septiembre 2025, según datos del Colegio de Registradores.
7/11/2025 Las plazas de vivienda vacacional ya superan las hoteleras y extrahoteleras, según datos del GobCan.
Entre los numerosos bulos y conspiranoias con que nos regala la extrema derecha se encuentra la teoría del gran reemplazo, según la cual la población europea (para ellos equivale a blanca) está siendo sustituida por población inmigrante, principalmente africana. Se trata de una fabulación racista que no resiste una comprobación somera de las cifras, promovida por élites ricas que buscan concentrar aún más poder y seguirse enriqueciendo a costa de empobrecer a la mayoría. Es mentira, pero a fuerza de repetirla y difundirla en sus medios y en redes sociales, la mentira cala.
Lo que no goza de tanta difusión en redes y medios es el “gran reemplazo” que sí se está consumando en Canarias a la vista de todo el mundo: la invasión de población europea adinerada que nos expulsa de barrios y pueblos comprando viviendas sin control para explotarlas como alquiler vacacional y vivir de las rentas, a costa de esquilmarnos el país. Las consecuencias se sufren día a día en el coste de la vida (con los sueldos de los más bajos de toda la UE), la imposibilidad para cada vez más gente de no ya comprar sino siquiera alquilar una vivienda donde siempre viviste, la saturación de cada vez más servicios por gente semiociosa que no aporta, la sobrecarga insostenible del territorio y el medio. La sensación de ser extranjero en tu propia casa.
Estamos llegando a un punto de no retorno, más allá del cual Canarias empezará a transformarse en un lugar en el que las élites y los foráneos de cuentas saneadas —a los que nadie les exige que se integren ni que aprendan el idioma— nos irán arrinconando a golpe de talonario y gastrobar, hasta que la minoría pudiente se dé la vida padre mientras la mayoría empobrecida malviva a su servicio en los márgenes, donde no se la vea y no moleste. O emigre. ¿Ese es el futuro que queremos para Canarias? ¿Ese es el país donde criar nuestras hijas e hijos? ¿Cómo nos mirarían aquellas generaciones que combatieron a piratas, cultivaron riscos escarpados, resistieron dictaduras, si lo permitimos? Pues va siendo hora de planteárselo muy seriamente, porque el tiempo se nos agota y esta gente nos come. Va siendo hora ya de plantarse y decir que hasta aquí llegamos, que en Canarias no cabe toda Europa. Hay que dejárselo clarito a los europeos de la pasta, pero sobre todo hay que gritárselo bien fuerte a las clases dirigentes canarias. Porque la batalla es primero contra ellas.
Son los partidos políticos, las instituciones y la dirigencia empresarial, principalmente, quienes nos han puesto al borde del abismo. Ahora están cogiendo carrerilla para empujarnos. A ellos les debemos el modelo desarrollista depredador que terminará de devorarnos si no lo impedimos. Buena parte de la responsabilidad es nuestra por haberles permitido llegar hasta aquí. Ahora que ya somos minoría en nuestro país en no pocos lugares —Adeje, Arona, toda Fuerteventura—, ahora que la vivienda está en precios máximos históricos, ahora que las cifras de pobreza son una vergüenza, ahora que los beneficios del turismo son récord en ganancias y en concentración en pocas manos y los sueldos son de los más bajos, ahora que ya no nos quedan ni barrios ni pueblos, las clases dirigentes hacen como que se preocupan y claman por que se construya más vivienda pública. O sea, más construcción para seguir engrasando la máquina —que el ritmo no pare—, más consumo de territorio escaso y más saturación poblacional. Ni una palabra de sacar al mercado las más de 200.000 viviendas vacías en el Archipiélago asando a los propietarios a impuestos o directamente expropiando. Ni una palabra contra los grandes tenedores de vivienda vacacional para limitar drásticamente el número de inmuebles por titular. Ni hablar de cobrar una tasa turística mientras en ciudades europeas se cobran 8, 10 y hasta 15 euros por noche sin que baje el número de visitantes. No, el gran problema es la residencialización de las explotaciones turísticas, que haya gente viviendo en apartamentos turísticos que así no se pueden explotar. Hay que tener la cara muy dura.
Canarias como país entra en una fase histórica existencial. De lo que hagamos nosotros, la gente, depende que podamos seguir llamando a Canarias nuestra casa. Nada conseguiremos sin montarles un buen pleito a las clases dominantes, sin obligarlas a bajarse del burro y a abandonar su política de tierra quemada. Para lograrlo hay que tener muy claro que habrá que obligarlas, y eso pasa por que la sociedad civil alce la voz, tome la iniciativa, se organice y reaccione, oponga resistencia, proteste a todos los niveles, obstaculice el funcionamiento del modelo desarrollista al máximo, movilice al pueblo en cantidad suficiente para ejercer una presión irresistible que haga inevitable un cambio de rumbo drástico para las Islas. Será difícil y exigirá esfuerzos sostenidos en el tiempo, pero eso no es nada que canarias y canarios de generaciones anteriores no hicieran ya una y otra vez para defender su derecho a prosperar y ser felices en un país propio. Se nos acaba el tiempo.