Nayra Pérez Hernández
El pasado 30 de septiembre tuvo lugar la presentación de Latitud 28 y la lucha cultural antifranquista, de Davide Paiser. En dicho acto, ante un numeroso público que llenaba el Salón de Actos de la Biblioteca del Estado en Las Palmas de Gran Canaria, Nayra Pérez Hernández, profesora de la Facultad de Filología de la ULPGC, y Agustín Millares Cantero, historiador, enmarcaron el sentido de aquella presentación que fue, ante todo, un encuentro de gentes aunadas por un recuerdo en el combate por la libertad. Agradecemos a ambos su colaboración y a Nayra Pérez su generosidad al cedernos este texto para su publicación.
Recordábamos un par de semanas atrás Davide y yo, cuando nos reunimos un ratito para hablar del acto de hoy, que este libro llevaba gestándose desde hacía mucho tiempo, tal vez hace alrededor de una década. Tengo la fortuna de haber vivido parte de esa gestación, muchas veces en la distancia, por email, en nuestras aventuras vitales latinoamericanas, andinas ambas, por lo que le agradezco y me complace mucho el que me haya invitado a estar aquí esta tarde acompañándolo, pues ya esperaba con ansia a esta “criatura”; igualmente, quiero dar las gracias a la Fundación Tamaimos, a sus Ediciones, por hacer posible la publicación de este trabajo; a la Biblioteca del Estado, por dar espacio y acoger este acto de presentación; y, por último, a todos ustedes, por acompañarnos.
Creo sinceramente que este ensayo, que nace del trabajo de tantos años de investigación, bibliográfica, pero también de memoria, en la recolección de testimonios a través de entrevistas a numerosos protagonistas y testigos (muchos en este proceso han fallecido), tiene un enorme valor, por cuanto da a conocer a un grupo de personas y las actividades que realizaron, muchísimas y en un tiempo muy difícil, que tuvieron y aún tienen profunda huella, aunque esta no ha sido lo suficientemente conocida ni reconocida, tanto en el campo sociopolítico como en la historia cultural de las islas en la segunda mitad del siglo XX. Por tanto, es un libro necesario, que pone luz sobre huecos que quedan por iluminar en nuestra reciente historia, que hace justicia.
Es muy complicado explicar y dar cuenta de todo lo que fue, hizo y supuso este grupo político y cultural, solo hay que ver la extensión del libro de Davide. Él me pedía que hablara de la actividad literaria del grupo, y ya solo “eso” “se las trae…”. También confieso que me imponía mucho pensar qué podía aportar yo compartiendo mesa con Agustín Millares Cantero, que, como saben, ha estudiado, durante mucho tiempo, la historia de la lucha antifranquista canaria. Como no quiero hablar demasiado, debiendo ser este espacio sobre todo para el autor, así como para los integrantes de Latitud 28 y quienes compartieron con ellos actividad, y que hoy se han acercado a celebrar el nacimiento de este libro, he intentado buscar estos días alguna palabra o concepto que resumiese de algún modo el hecho “literario” en este grupo; y no encontré ninguna mejor que “encuentro” (del verbo latino incontrare, que significa «hallar» o «tropezar» y se forma con el prefijo in- («hacia»), que indica dirección o movimiento hacia algo; es decir, en ese hallazgo hay una voluntad). Pero utilizaré su forma plural, “encuentros”, y en diversos sentidos.
Latitud 28 fue posible gracias al encuentro, en primer lugar, de varias generaciones que compartían preocupación por la situación de las islas en las que vivían y también del mundo. En lo literario, y más allá de ideologías y diferencias personales, poetas consagrados como Pedro Lezcano o Agustín Millares Sall, con las experiencias de Planas de Poesía y la Antología Cercada, se encuentran, trabajan y comparten actividades con muchos jóvenes que estaban buscando su voz y comenzaban a hacer sus pinitos en la poesía (Juan Jiménez, Lázaro Santana, Luis Feria, Eugenio Padorno, Manuel González Barrera… entre otros). Sirva de ejemplo la celebración de los juicios literarios, que se celebraban en el aula poética del Club Victoria, en los que participaban los poetas mayores junto a los por entonces jóvenes que integrarán poco más tarde el grupo de Poesía canaria última. Esto me parece muy importante: las generaciones en la historia de la literatura no están aisladas, no surgen de manera espontánea; al contrario, se retroalimentan, se relacionan, se nutren… renovando, actualizando, releyendo, en contra a veces, la herencia recogida. Hacen así lo que conocemos por tradición.
También se da el encuentro en Latitud 28 de distintas procedencias, me refiero a la reunión de gentes que venían desde distintos núcleos generadores de la cultura canaria de aquella época, núcleos que, como los nidos de las aves en las estaciones, se iban moviendo y creando con los aconteceres y necesidades, para convertirse en otros nuevos escenarios de actuación: la Escuela Luján Pérez, la Iglesia cubana, el Gabinete Literario, el Real Club Victoria, el Teatro Insular de Cámara, luego, la Fábrica, la fosforera, locales sociales, cines y teatros de diversos municipios, y la calle, las calles de Las Palmas de Gran Canaria. Y claro, se encuentran estilos y tendencias diferentes, el realismo social y las vanguardias, el existencialismo, el humanismo, la naciente cultura pop… lo que posibilitó el ingente número de actividades y su variado abanico de estilos y formas de expresión, la riqueza creativa del quehacer del grupo.
Latitud 28 fue también un encuentro de artes, de hecho, creo que no se puede hablar de manera aislada de lo literario, porque este colectivo político y cultural forjó y parió un auténtico crisol de actividades culturales desde los distintos lenguajes y disciplinas artísticas. Recordaba a Eugenio Padorno en sus clases de la materia de Literatura canaria hablándonos de las atmósferas culturales. La cultura fue arma, herramienta, pero también el nudo que puso en contacto y luego ató a ese gran puñado de gente que pasó en algún momento por este proyecto fascinante en su compromiso de lucha antifranquista. Se hizo teatro, con su atrezzo y decorados, canción (hubo hasta una canción del latitudo que se convirtió en himno), conciertos, conferencias, recitales, audiciones de música (desde clásica a jazz o rock), talleres de arte y de imprenta, boletines, trípticos y grabados, charlas y debates de infinidad de temas, exposiciones de pintura, proyección de películas y rodajes de cortos en super 8… y la prensa en notas haciéndose eco de tanta actividad.
Pero, sin duda, había dos grandes actividades artísticas. Por un lado, el teatro, cuerpos que dan carne y voz al texto, palabras que se enriquecen con la luz, la música y la danza, con la elaboración de decorados a cargo de Tony Gallardo… La camisa de Lauro Olmo, Historia de una escalera de Buero Vallejo, Retablo jovial de Alejandro Casona, El tintero de Carlos Muñiz o El fin en la última página del portugués Luiz Francisco Rebello, serán los textos más representados.
Y, por otro lado, la poesía, que será además el eje de lo que ellos llamaban las caravanas culturales, un despliegue de distintas artes que sale a distintos lugares de Gran Canaria, sobre todo a los municipios del Sureste (Telde, Carrizal, Ingenio…), para acercar la cultura a la gente del pueblo, siguiendo el espíritu y la experiencia de La Barraca, aquel grupo de teatro universitario itinerante que se echó a los caminos durante la II República dentro del proyecto de las Misiones pedagógicas y que estuvo dirigido primero por Federico García Lorca y, tras su muerte, por Manuel Altolaguirre y Miguel Hernández.
Tras el anuncio en caravana de coches que recorren las calles del municipio megáfono en mano, entre las gentes se abren paso distintos actos culturales. siendo siempre central la poesía. Se recitan tanto poemas propios como de aquellos poetas, canarios, españoles e hispanoamericanos, sobre todo, que admiran y con los que se identifican en sus anhelos y luchas. Se trata de una poesía mayoritariamente sencilla, que antepone las ideas a la retórica vacua, que se expresa de distintas maneras: el realismo social, el grito angustiado del existencialismo de la posguerra o el juego vanguardista; pero siempre se trata de unos textos que empujan, que mueven y remueven. Algunos de ellos: de Ángela Figuera Aymerich, Toco la tierra; En el principio, de Carlos Sahagún; Luis Feria y sus Variaciones para un recién nacido: la Oración de Gloria Fuertes; no falta el homenaje a la generación de los tres: Saulo Torón y La barca pescadora, Tierras de Gran Canaria de Alonso Quesada, y Los puertos, los mares y los hombres del mar, de Tomás Morales; Agustín Millares Sall con Entre pecho y espalda; Juan Jiménez y su Relato del hombre que murió sencillo; Manuel González Barrera con Recordando; Un presagio, de José María García; Fernando Rodríguez Vázquez “Ferova”, con Como un bruto golpe; o El Consejo de Paz de Pedro Lezcano.
Latitud 28 fue también encuentro con la locación natural del archipiélago, una resituación de las islas que empieza por el mismo nombre que asume el grupo y que viene a re-conocer sus coordenadas geográficas, como ya hiciera Agustín Espinosa en su genial Lancelot en las primeras décadas del XX y habían explorado también en las artes plásticas los indigenistas. Este gesto invita a tomar conciencia de lo que supone habitar el mundo desde aquí, así como a conocer y pensar la situación social y política del archipiélago. Es por eso que, con una población empobrecida y con un alto índice de analfabetismo, se le devuelve a la palabra su dimensión oral en los recitales, así como por medio de esa poesía en movimiento, en cuerpo, que es el teatro, como lo concebía Lorca. Los recitales invitaban a leer, a los libros, a sembrar las ganas de educarse.
Encontrarse con la verdadera locación de las islas es tomar conciencia también de la africanidad de Canarias, que el grupo expresa en la elección de textos de numerosos poetas negros, sobre todo de Latinoamérica y el Caribe, para sus recitales, la celebración del recital de Poesía negra (con poemas como «Soy un negro» del estadounidense Langston Hugues; Candelario Obeso y su «Canción del boga ausente»; la «Danza negra» de Luis Palés Matos; el «Bullerengue» de Jorge Artel; «Negro sin nada en tu casa», de Manuel del Cabral; o «Caminando», del cubano Nicolás Guillén), así como de la exposición de pintura negra, con cuadros de autores de Guinea (de la por entonces región ecuatorial española), o las audiciones de jazz. El acercamiento a distintas expresiones artísticas de los hijos de África, a su memoria y su canto, más allá del folklorismo y el exotismo con los que los ha etiquetado desde siempre la mirada occidental, propicia el descubrimiento y el reconocimiento de la propia realidad poscolonial canaria. Recuerdo la portada que hizo Davide del borrador que me pasó, con una máscara africana.
Y cómo no hablar, por último, del encuentro personal profundo entre los miembros de Latitud. Podemos leer en muchos de los testimonios que recoge el libro, cómo, y especialmente en los momentos más críticos, de censura, amenaza, persecución, nada hubiera sido posible sin esa familia latituda que se forjó, “golpe a golpe, verso a verso”, como escribiera Machado; pero no solo en el trabajo político o en la actividad cultural, también en otras actividades que también fueron centrales en la agenda del grupo: excursiones, acampadas, guateques y bailes, verbenas, fiestas de navidad y fin de año… Tenían claro que la moral se ve reforzada desde lo lúdico y que sin amistad no es posible plantearse la lucha, no es posible la tan necesaria solidaridad.
Aun en medio del materialismo histórico dominante en el pensamiento detrás de este proyecto, creo firmemente que esos encuentros de los que he hablado, y sin duda habrá más que se me escapen, obraron el milagro de Latitud 28 y su compromiso, desde la cultura, en la lucha antifranquista de nuestras islas.
Con sus luces y sus sombras, con traiciones y miserias, con victorias y derrotas, con fisuras y divisiones, a pesar de todo, la aportación de Latitud 28 a la historia de Canarias del siglo XX fue asombrosa, inmensa, creo que incalculable. Muchos de los hechos que se dieron en la transición en nuestra comunidad, por ejemplo, no se pueden explicar sin la siembra de este puñado de hombres y mujeres, muchos famosos, otros anónimos, aunque aún esa zafra ha quedado injustamente desconocida para la mayoría de nuestra población. Y aún hoy, sus experiencias y actividades nos pueden servir de ejemplo para la acción cultural y la lucha política y social.
Latitud 28 hizo carne, demostró la certeza de la famosa frase de Salvador Allende, en su discurso de La Moneda, de que “La historia es nuestra y la hacen los pueblos.” El ensayo de Davide Paiser Ayala que hoy ve la luz viene a romper esa desmemoria general, tantas veces no casual. Solo me queda felicitarle y animarle a que siga trabajando en esta línea, porque Canarias, el mundo, el Sur, lo necesita, como agüita de mayo.