Raúl Guanche
No se trata de atacar ad hominem, sino de entender que la estructura misma del contenido influencer está diseñada para premiar la emoción sobre el rigor, el impacto sobre la verdad. Una forma de crear contenido pensado para la máquina picadora de carne que se ha vuelto el ecosistema de las redes sociales. Lo nuevo es lo mejor, todo es increíble, todo ha dejarte sin palabras.
Hace unos meses, en una charla sobre redes sociales y patrimonio, lanzaron una pregunta que me quedó resonando:
“¿Los divulgadores tienen más responsabilidad que los influencers?”
La respuesta parece fácil, pero no lo es. Hoy, entre un hilo viral y un vídeo con millones de reproducciones, la línea entre divulgar y vender atención se ha vuelto peligrosamente delgada. En un ecosistema de consumo rápido y sin filtros, donde prima la apariencia sobre el rigor, no todo lo que cita fechas y nombres puede llamarse divulgación. A menudo basta con coger tres datos y cocinarlos bajo un glaseado de intelectualismo para lograr miles de interacciones. Y menos aún puede considerarse divulgación cuando quien crea ese contenido carece siquiera de un marco teórico o una base formativa desde la que abordar el tema con profundidad.
Yo fui de esa generación que creció con la WWE (World Wrestling Entertainment), cuando la televisión aún tenía esa advertencia solemne: “No lo intenten en casa”. Mi hermana y yo, por supuesto, lo intentábamos. Una tarde tonta bastaba para improvisar un ring con cuatro sillas y cinta adhesiva a modo de cuerdas (no había presupuesto). Nos disfrazábamos, gritábamos y soñábamos ser Rey Misterio o Matt Hardy. Y aunque la empresa ponía la advertencia, en el fondo le venía bien que lo imitáramos: era el escenario perfecto para venderte el cinturón de campeón, los micros con los que reproducir los diálogos épicos o el maletín de Money in the Bank. Todo a tamaño real, por si acaso “no lo intentabas en casa”.
Ese ejemplo, a medio camino entre el juego y la manipulación comercial, define bastante bien la lógica de las redes sociales actuales. El influencer te dice que no lo imites, pero te vende el arsenal para hacerlo: el estilo, el discurso, la emoción.
No hace falta fuego artificial; basta con un clip de 30 segundos y una frase provocadora.
El influencer y su “doble cara”
El influencer vive en esa contradicción constante, con su flow Jano: una cara que predica responsabilidad y otra que busca la reacción fácil. Habla de cuidar el entorno, pero etiqueta la ubicación exacta del sitio; denuncia la turistificación, pero hace un reel en la cala escondida. Sabe cómo mover las piezas: lanza medias verdades o datos cogidos con pinzas que generen aplauso inmediato, y cuando llegan las críticas, saca su “finisher”:
“Yo solo dije qué…”, “Es responsabilidad de todos cuidar el sitio…”, “No lo intenten en casa”.
No se trata de atacar ad hominem, sino de entender que la estructura misma del contenido influencer está diseñada para premiar la emoción sobre el rigor, el impacto sobre la verdad. Una forma de crear contenido pensado para la máquina picadora de carne que se ha vuelto el ecosistema de las redes sociales. Lo nuevo es lo mejor, todo es increíble, todo ha dejarte sin palabras.
Un queme de los sensores de dopamina constante.
El papel del divulgador: otra liga
El divulgador, en cambio (o al menos el que intenta serlo) para mí debe de jugar en otra liga.
Su objetivo no es viralizar, sino construir conocimiento compartido. La divulgación en redes debería partir de una premisa humilde: no todo el mundo está interesado en lo que cuentas, y eso está bien. Pero quien se acerque, merece respeto, contexto y honestidad.
El divulgador tiene (o debería tener) un código ético y moral por encima de la dopamina del “Me gusta”. Eso significa distinguir el dato del relato, y si se va a contar un relato, dejar claro cuándo es mito, cuándo es hipótesis y cuándo es historia. La divulgación no busca entretener para vender; busca entender para compartir.
Además, el o la divulgadora debe mostrar sus fuentes y ser lo más transparente posible.
Aunque probablemente la mayoría de sus seguidores no las revisen, hacerlo es un acto de honestidad con la academia, con su comunidad y consigo mismo. Y si se maneja, al menos de forma aceptable, dentro de un marco teórico sólido de lo que quiere hablar, esta disposición de bibliografía o referencias no debería suponer un esfuerzo añadido, sino parte natural de su práctica.
Y en ese sentido, sí: el divulgador tiene más responsabilidad. Porque no trabaja solo con atención, sino con confianza. Es ese idealismo de que la divulgación ha de estar al servicio de las personas.
Un ecosistema divulgativo
Las redes sociales pueden ser un territorio fértil, pero necesitan equilibrio. Así como el patrimonio natural o cultural exige cuidado y perspectiva, el ecosistema divulgativo también debe sostenerse sobre la credibilidad, el respeto y la voluntad de sumar. De lo contrario, lo que queda no es conocimiento, sino ruido.
Y, al final, los que deberían ser el corazón de la divulgación (historiadores, gestores del patrimonio, artistas, músicos, antropólogos…) terminan en la grada, mientras el ego del influencer ocupa el escenario y la atención se convierte en la nueva moneda del conocimiento. Estancando de nuevo a sectores que ya sufren de una dejadez institucional.
La divulgación no debería competir con el algoritmo, sino aprender a convivir con él sin perder el rumbo. Porque, a diferencia del influencer, su meta no es que lo imiten, sino que piensen. Y si eso ocurre, aunque sea en silencio, ya habrá ganado el combate.