Aniaga Afonso
En esta entrega, Aniaga Afonso entrevista a Myriam Reyes Amador, filóloga y educadora social, emigrante canaria en Cataluña, que reflexiona sobre la educación, la emigración, los procesos de acogida y Canarias desde su propia experiencia en la diáspora.
Revista Digital Tamaimos: Preséntate.
Myriam Reyes Amador: Nací en Tenerife en 1981 y llevo ya dos décadas viviendo en Barcelona, siempre en el barrio de Poble Sec, un barrio maravilloso, popular, hoy arrasado por la masificación turística, como las Islas. Soy madre de una niña de seis años nacida aquí. Me dedico a la terapia psicomotriz con criaturas neurodivergentes o con dificultades de relación o aprendizaje.
RDT: Perteneces a esa generación de jóvenes canarios que también terminó cogiendo la maleta. ¿Qué te llevó a salir de Canarias?
MRA: Pues supongo que, como todas las personas que migramos, vamos buscando una vida mejor, un cambio de rumbo, seguir creciendo… Sí que en mi generación fuimos muchos y muchas las que nos fuimos ¡Y aquí somos todavía unos cuantos que seguimos viviendo! Hoy trabajo en un espacio clínico, aquí, en Barcelona, pero mi primera carrera fue Filología en la Universidad de La Laguna. Al terminarla sentí que aún no quería incorporarme a un mundo laboral fijo, tenía la necesidad de explorar otros caminos que me permitieran reconocerme tanto en lo personal como en lo profesional. Y en ese momento decidí salir de las Islas. Pienso que mi trayectoria en Canarias no habría podido tener este recorrido.
RDT: ¿Cómo vives tu experiencia de emigrante? ¿De qué manera te ha cambiado? ¿cómo ha sido tu integración?
MRA: Mi experiencia migratoria ha cambiado mucho a lo largo de los años: al principio, como es habitual, estuvo llena de emociones intensas, ilusión, incertidumbre y soledad. Con el tiempo he ido encontrando espacios donde sentirme parte, donde descansar y ser yo misma, sin renunciar a mi raíz isleña, que sigue nutriéndome. Soy consciente de que mi trayectoria ha estado marcada por privilegios: ser mujer blanca europea y compartir una lengua con el lugar de acogida me ha facilitado mucho el camino, en contraste con otras realidades migratorias mucho más duras y complejas. La integración, en mi caso, ha estado muy vinculada a los diferentes trabajos que he desempeñado: fui camarera, trabajé en un cine, di clases particulares, ejercí de educadora social en diferentes escuelas de educación libre… hasta llegar a mi presente como psicomotricista. Todas esas experiencias no solo me han hecho crecer, sino que me han conectado con la ciudad y con comunidades diversas. En cada lugar fui conociendo gente, haciendo amigos y amigas que hoy siguen presentes.
Al inicio andaba siempre rodeada de gente canaria, que fue fundamental para sentirme acogida por un ambiente y formas de hacer conocidas; luego el círculo se fue ampliando con gente de cualquier parte del mundo -maravillas de la gran ciudad-, y hoy puedo decir que aquí me siento en casa. Barcelona es una ciudad compleja, dura a veces, pero también profundamente acogedora. Pocas veces me he sentido cuestionada por ser de otro lugar ni por intentar hablar una lengua distinta a la mía. Al contrario, he percibido un gran reconocimiento al esfuerzo de quienes llegamos de fuera por aprender catalán. Para mí ha sido fundamental, no solo como vía de integración, sino también como una manera de enraizarme aquí. Es un gesto de respeto hacia esta tierra y, al mismo tiempo, una herencia que comparto con mi hija, nacida en Cataluña. Aunque no es un proceso sencillo, practicar catalán me resulta gratificante porque siempre encuentro una acogida positiva.
RDT: Como nos comentabas antes, eres filóloga y educadora social, ¿con qué perfil te identificas más?
MRA: Mi formación académica ha sido un camino progresivo, no planeado, digamos; tejido con lo que la vida me fue trayendo: la filología en La Laguna (ULL) me dio las bases; la Educación Social en la Universidad de Barcelona me abrió al acompañamiento de ealidades diversas y a la transformación social; y la psicomotricidad, que hoy constituye mi principal práctica, me permite integrar el cuerpo como dimensión esencial de la experiencia humana, especialmente en la infancia. Cada etapa me ha ofrecido herramientas que se complementan: el lenguaje como construcción de identidad y cultura, la educación social como acceso a la diversidad y a la justicia social, y el cuerpo como núcleo vital de la experiencia. Esa mirada integral me permite acompañar situaciones de vida, educativas y sociales, desde una perspectiva compleja donde se entrelazan lengua, cuerpo, contexto y entorno. En definitiva, el recorrido que he hecho no es fragmentado: es una trama que me sostiene y me define.
RDT: Los ámbitos de la enseñanza y el cuidado siguen siendo un terreno principalmente de mujeres, ¿qué piensas que se puede hacer para que más hombres se interesen por estas disciplinas? ¿Notas alguna diferencia entre Canarias y Catalunya?
MRA: El cuidado y la educación siguen siendo ámbitos profundamente feminizados. No es casual: son siglos de asignación de roles de género que nos han hecho creer que las mujeres nacimos para cuidar, que somos más empáticas y pacientes. Lo que en realidad ha sucedido es una división sexual del trabajo que ha beneficiado históricamente a los hombres. Lo más preocupante no es solo que las mujeres sigamos siendo mayoría en estos campos, sino que, pese a su importancia para sostener la vida, continúan siendo trabajos precarizados, infravalorados y mal pagados. Durante mucho tiempo las mujeres hemos sostenido un esfuerzo pedagógico inmenso: hemos explicado, acompañado, leído, escrito, puesto el cuerpo en las aulas, en las calles, en los hogares. Creo que hemos hecho bastante. Ahora les corresponde a los hombres incomodarse, cuestionarse, formarse y asumir la responsabilidad del privilegio de no haber estado presentes en el cuidado. Les toca entrar en esos espacios no como apoyo circunstancial, sino como corresponsables reales, capaces de sostener, acompañar y educar con ternura y firmeza… No noto grandes diferencias entre Canarias y Barcelona.
RDT: Participaste activamente en un proyecto de educación libre en Barcelona: ¿que aprendizajes exportarías a las Islas? ¿conoces algún proyecto similar allí?
MRA: A mi llegada a la educación social, una maestra me abrió la puerta al mundo de la educación libre y algo en mí despertó de inmediato. Desde entonces, hace ya unos trece años, he trabajado y colaborado en proyectos de educación alternativa, primero como profesional y hoy también como madre. Esa experiencia me ha hecho cuestionar las estructuras rígidas y autoritarias del sistema tradicional, que siguen repitiéndose desde hace generaciones, alejadas de las necesidades y deseos reales y actuales de la infancia. Frente a ellas, valoro propuestas que fomentan la autonomía, la escucha, el respeto a los ritmos y la diversidad de cada criatura, el aprendizaje colectivo…
La escuela, creo, debería ser una comunidad abierta, permeable a las realidades familiares y sociales que la rodean. En muchos proyectos de educación libre, las familias participamos de manera corresponsable y democrática junto con los y las profesionales, creando una red poderosa que entiende la educación como una tarea colectiva. En Canarias existe un gran potencial para este tipo de propuestas, por nuestra relación con lo comunitario y lo afectivo, aunque también persisten inercias que privilegian la autoridad incuestionable y el rendimiento académico por encima del bienestar de criaturas, familias y profesionales. Yo no hablaría de exportar modelos cerrados, sino de compartir herramientas y experiencias que se adapten a cada contexto.
Conozco proyectos alternativos en las Islas, como Kaleide, Alaire, Raíces y Alas, o los de orientación waldorfiana como El Lucero, Finca El Moral y La Casa del Sol en Gran Canaria. Son iniciativas sostenidas por familias y profesionales comprometidos, que trabajan desde el respeto a los ritmos particulares, la preservación de la curiosidad en las infancias y el estímulo del pensamiento crítico. En Catalunya y España además existen incluso redes de colaboración de proyectos de educación libre —como la XELL, ReEvo o La Vera— que permiten a las diferentes escuelas apoyarse entre sí y compartir conocimientos. Todo ello demuestra que la educación libre no solo es posible, sino que ofrece resultados muy positivos en el desarrollo integral de las criaturas.
RDT: Desde Tamaimos estamos intentando impulsar de nuevo la Escuela Canaria, tan necesaria para nuestra identidad como pueblo. ¿Cómo recuerdas tu experiencia como estudiante en las Islas, a este respecto?
MRA: En primer lugar, quiero decir que mi experiencia escolar fue dolorosa, definitivamente mejorable, tanto por parte de la institución escolar como por las personas adultas que allí trabajaban. Crecí en la escuela privada, en los años 80 y 90. Sé que mis padres optaron por la privada frente a la pública, porque, como era común en aquella época -y hoy aún sigue siendo así- se entendía que la escuela privada de corte empresarial otorgaba a las infancias una mejor esperanza de futuro. Pero resultó que la cotidianidad estaba marcada por la rigidez, la obediencia y el silencio. No había espacio para la diversidad, la neurodivergencia, la emoción ni el desacuerdo. Se castigaba a quien se saliera de la norma, de maneras a veces visibles, otras soterradas. Se premiaba la adaptación sin protestas, la uniformidad, y el acoso escolar se ocultaba, nadie lo nombraba ni lo atendía, y como niños y niñas debíamos soportarlo en soledad.
Esa experiencia me marcó profundamente y me dejó claro lo que nunca querría reproducir y siempre desearía combatir. Por eso hoy valoro tanto los proyectos que ponen en el centro el respeto real a las infancias, la escucha y atención a las necesidades y el vínculo grupal como base del aprendizaje. Sé por experiencia lo vital que es crecer en un entorno que te acoja tal como eres, sin juicios, y que acompañe con presencia cada proceso de desarrollo. Para mí, la escuela debe ser un espacio transformador, vivo, conectado con la comunidad, con el territorio, con la historia y la memoria, y también con las heridas coloniales y migratorias que nos atraviesan. Educar desde lo local y lo colectivo.
Durante mi escolarización en primaria y secundaria, no tengo recuerdos significativos que estuvieran relacionados con contenidos de Canarias. Creo que más bien se limitaban a la memorización de los nombres de las Islas y que además estaban representadas en el mapa que las ubicaba en el famoso recuadro debajo de Baleares. Y esto evidencia esa representación periférica que nos ha acompañado siempre, una representación periférica y desplazada de un “centro” tenido, entre comillas, por más válido o más importante. La enseñanza en aquella época y en aquella escuela se centraba sobre todo en la historia de España, narrada desde una perspectiva homogeneizadora y centralista, que privilegiaba todos esos hechos y procesos históricos por encima de los de las Islas. Pienso que en ese momento, no sé si en la actualidad también, teníamos un vacío de contenido y de información y lo que nos llegaba era de manera marginal y sin la suficiente profundidad analítica o histórica. Hoy en día veo urgente incorporar una perspectiva decolonial que nos permita entender nuestras especificidades y las dinámicas de subordinación pasadas y presentes. En Canarias, con su diversidad y riqueza, tenemos la oportunidad de construir propuestas educativas arraigadas, comprometidas con la justicia social y con la diferencia.
RDT: Por último, pero no por ello menos importante, ¿te planteas regresar?
MRA: En cuanto a regresar, es una pregunta que siempre sobrevuela. Tengo la fortuna -porque eso es lo que cuestan los pasajes- de poder volver cada año con mi familia y mantener vivo el vínculo con mis raíces, mis amigas, amigos y mis recuerdos. No descarto regresar algún día, pero hoy vivo el presente en Barcelona, sin saber cuándo ni cómo podría darse ese retorno.