Josemi Martín
A Antonio Corujo, in memoriam
Yo debía tener unos dieciséis o diecisiete años, no más. Andaba buscando algo que no sabía que era. Ni sé cómo llegué hasta allí. El caso es que una Semana Santa me vi arrastrado a una Ruta Bentejui. Salimos del monumento Atis Tirma en una guagua que nos llevó hasta la base del Bentayga donde haríamos noche. Por allí estuvimos curioseando, algo apartados del grupo organizador que, obviamente, se conocía desde hacía tiempo y no reparaba demasiado en nosotros. En alguna cueva nos dieron alguna charla, algo de música… Dormimos allí mismo. Al parecer ahora ya no se puede.
El día amaneció fresco y soleado y ahí fue cuando empezó la verdadera caminata , bastante exigente en su comienzo. La subida a la Laja del Nublo se las traía, incluso para un guayete de piernas largas como yo. Recuerdo que tanta bandera estrellada me traía obnubilado y que llegar hasta la base del Roque me produjo una sensación de logro pocas veces experimentada. Seguimos caminando algo más para descansar donde pasaríamos la segunda noche, no lejos de Los Llanos de la Pez. Se montaron las casetas y se improvisó algo parecido a una fiesta: algo de lucha, garrote…
Sin embargo, lo que estaba buscando y ni sabía qué era por fin apareció. A media tarde, en un coche llegaron, acompañados de algún pariente, dos señores ya mayores. Uno, más bien pequeño, muy moreno, de ojos rabiosos; el otro, un hombre enorme, que todo lo inundaba con su presencia. Alguien los presentó: el primero era un poeta que yo desconocía, Francisco Tarajano; el segundo, Antonio Corujo, barbero, emigrante recién retornado de Venezuela.
Y entonces sucedió. Uno y otro empezaron a hilvanar versos. Tarajano recitaba los suyos como si su voz fuera la última que fuera a oírse en el mundo. Corujo entreveraba bromas y coplas, que después supe que eran las de Víctor Fernández Gopar, “El Salinero”, acompañado de un timple que se perdía en la inmensidad de su pecho. Para mí el tiempo se detuvo. No sabría decir cuánto duró aquello. Solo sé que en aquel momento, indeleble para mí, encontré lo que estaba buscando sin saberlo.