Abel Azcona es un artista conocido por sus performances comprometidas, sin cortapisas y directamente provocadoras. Huye de la estética vacía, del arte contemplativo hueco y autorreferencial. Su arte busca confrontar realidades incómodas, en los márgenes de la sociedad o directamente ocultadas por el pensamiento imperante. Recibió mucha atención mediática cuando en 2015 empleó 242 hostias consagradas para formar la palabra “pederastia” en una exposición en la antigua catedral de Pamplona, lo que le granjeó innumerables denuncias y querellas de instituciones conservadoras, la Iglesia Católica o los afamados Abogados Cristianos.
En 2018 inició en Bogotá una performance anticolonialista titulada España os pide perdón, que posteriormente se extendió por numerosas capitales americanas hasta mediados de 2020. En Ciudad de México la acción de Azcona incluyó una lona gigantesca con la frase España os pide perdón que estuvo colgada un mes en el museo de la ciudad. Pocos días después de retirar la lona el entonces presidente mexicano, López Obrador, exigía a España que pidiera perdón a México por la conquista y colonización.
No hace falta mucha imaginación para adivinar la acogida que recibió en España la acción artística de Azcona. El revival reaccionario al que asistimos en tantos países y que tiene su derivada española bien establecida trasciende con mucho la vida política. Su otro gran campo de acción está en el arte y la cultura, en la llamada batalla cultural: un revisionismo chusco, falseador de la historia, negador del pasado colonial español y victimista que de puro burdo movería a risa si no fuera por el dinero y el poder que lo respaldan. Así, repentinas historiadoras “autodidactas” cantan las bondades del imperialismo español sin más fundamento que sus fantasías en libracos que no valen el papel que gastan, pero que reciben reseñas elogiosas y ocupan lugares de honor en medios y librerías. Así, escuchamos a tertulianos y expertos de medio pelo denunciar inventos como la leyenda negra o ensalzar el humanismo de la explotación colonial española, un enriquecedor encuentro de culturas, aunque fuera España la última en abolir la esclavitud. Es así como se marca el relato y se conquistan la memoria y los imaginarios. Mientras tanto, trabajos de investigación solventes y especialistas verdaderamente versados en la materia quedan apeados del circo mediático y editorial.
Otros estados y naciones han ido dando pasos recientemente hacia el reconocimiento de su pasado colonial y la explotación cruenta de otros pueblos en que se basa buena parte de su pujanza. Varios han pedido públicamente perdón a sus excolonias. En España no se vislumbra nada parecido en el horizonte; el reconocimiento del pasado colonial, no digamos ya el pedir perdón, siguen siendo tabú, como si se consideraran una muestra de debilidad. No deja de sorprender esta incapacidad, máxime en sectores conservadores que llevan a gala su fe cristiana. ¿No es acaso el perdón una parte intrínseca de su fe? Sin embargo, esta falta de madurez no es privativa del conservadurismo o los reaccionarios españoles. Tampoco en los ámbitos progresistas se observa ninguna apetencia por confrontar de una vez con honestidad el pasado colonial y abordar en público su impacto en el presente. Antes al contrario, también desde esas filas se prefiere soslayar el tabú, ese pariente incómodo que es mejor ocultar a las visitas.
De este modo, nadie puede extrañarse de que las teorías decoloniales, con sus luces y sombras, enfrenten tantas resistencias en España, donde apenas han logrado entrar —si bien empieza a verse cierto aperturismo, por ejemplo en Cataluña—. Si esta es la actitud con respecto a las reclamaciones y la producción cultural e intelectual de países soberanos como los americanos, mucho peor lo tiene Canarias, cuya colonialidad no es que se cuestione, es que ni siquiera goza del derecho de plantearse. La negación a que se nos somete es tal que el propio pensamiento decolonial (nos) ignora a la primerísima experiencia colonial de la era moderna, que no es otra que la conquista y colonización de Canarias. La hegemonía política y cultural de occidente, fabricada sobre los cuerpos colonizados, no data de 1492. No es esa la fecha clave del inicio del capitalismo, el colonialismo y el racismo. Tampoco es el comienzo de la modernidad —colonial—. Ese punto de partida hay que situarlo en las razzias esclavistas en Canarias en el siglo XIV y en 1402 como punto de partida de la conquista y colonización normando-castellana, con su esclavismo y el genocidio de todo un pueblo. Ignorar, negar, ocultar consciente o inconscientemente la empresa colonial europea en Canarias —casi un siglo antes de 1492— que después se reprodujo en América equivale a condenarnos a permanecer en el oprobio colonial. Esa actitud la podemos esperar de los centros de poder en España, pero resulta inaceptable —insoportable— cuando proviene del pensamiento decolonial. A menudo se les critica a esas corrientes que partan de una descripción monolítica de Europa. Sin entrar a debatir el fundamento de esas críticas, en lo que respecta a Canarias es absolutamente indiscutible que las teorías decoloniales presentan una falla clamorosa que afecta nada menos que a su momento fundacional.
Al igual que ocurre en tantos otros ámbitos del conocimiento, también en este urge desarrollar un pensamiento canario autónomo. Aún se encuentra en un estadio incipiente, cuenta con no pocas aportaciones valiosas sobre las que trabajar, pero todavía está lejos de consolidarse y dejarse sentir en sociedad. Ese desarrollo ha de darse necesariamente de la mano del pensamiento a ambas orillas del Atlántico, la orilla americana —que aún no parece saber que le falta una pieza fundamental— y la africana, tan cercana y lejana a un tiempo, tan prometedora en el enriquecimiento mutuo del conocerse. No olvido ni rechazo la orilla europea, también nuestra. Pero en la asunción fecunda de nuestra propia historia, no hay duda de que Canarias es Nuevo Mundo.