La isla, por primera vez en mi vida de isleña, me resulta una prisión, es asfixiante, y no porque esté rodeada de agua, como dicen siempre los del continente, sino porque no hay un metro cuadrado de espacio que no esté ocupado por alguien.
Desde Teno a Taganana, desde Arona a Garachico… estás masificada. Me duele verte así, como nunca antes te he visto, sobrepasada, desbordada, hastiada… muerta de un éxito que no has buscado. En mi retorno anual de migrante, y ya va más de una década fuera de la tierra que me vio nacer, cada año he ido sintiendo la aglomeración paulatina, pero nunca como este año.
El Aeropuerto del Sur a reventar, cola para coger la guagua a Santa Cruz, el chófer contando a la gente que podía subir en la parada de San Isidro y el resto a esperar o a coger otra línea. La cola era larga… La autopista abarrotada de coches, guaguas turísticas, coches de alquiler… todo conformaba un grumo lento, un coágulo en la circulación de la isla picuda.
Mi madre llamando por teléfono para reservar incluso en el bar más modesto, en los lugares a los que hemos ido toda la vida ahora no es posible ir sin una reserva previa, porque todo está lleno, a todas horas.
Aún con la Romería de San Benito en pleno apogeo, cola también para coger la guagua de La Punta. Otra vez el chófer cuenta, y gente se queda en tierra. Las piscinas de La Punta están llenas, como lo están los charquitos, como lo están los bares… hay gente por doquier. Es verano, sí, normalmente los sitios de playa están mas llenos, pero el problema es que ahora cualquier lugar está lleno.
La isla, por primera vez en mi vida de isleña, me resulta una prisión, es asfixiante, y no porque esté rodeada de agua, como dicen siempre los del continente, sino porque no hay un metro cuadrado de espacio que no esté ocupado por alguien. Me imagino mi vida de antes de tener que emigrar y comprendo que muchas de las cosas que hacía, como tener dos trabajos e ir de La Laguna al Puerto de la Cruz y viceversa, en el mismo día, hoy sería impensable, o una grandísima tortura. Me imagino también que habrá que reservar para irse de chuletada o para darse un baño en cualquiera de las playas, por otro lado, contaminadas por emisarios submarinos y por millones de botes de crema solar al día. No me lo imagino, porque ya le ha sucedido a mi padre en más de una ocasión, que ir al pueblo de mi infancia, se convierta también en una tómbola, a ver si entras en la guagua o te quedas fuera… y una vez allí que tampoco puedas ir tranquilamente a dar un paseo al bajío sin encontrarte con cientos de personas con sombrilla, nevera y altavoz a todo volumen. Porque el ruido es ya una constante. El ruido del tráfico denso, el ruido de los borbotones de personas, el ruido de todos los que hacen videollamadas en el transporte público o escuchan su móvil sin auriculares en cualquier espacio, público o privado, de una sociedad desquiciada y eternamente conectada a «la red».
La isla me asfixia.
Y es que se siente la pesadez en los gestos de la vida cotidiana, como ir al supermercado o al gimnasio. Ir a nadar a las ocho de la mañana a la Acidalio Lorenzo un día entre semana, otra odisea, las calles “llenas” con hasta 4 nadadores por calle (no era lo normal), me siento otra vez como cuando entrenábamos en el club, en lugar de ir a nado libre.
Uso el transporte público, que me cuesta bien caro, igual que el pasaje, por eso de “no ser residente” a pesar de ser de aquí, y me siento enlatada. Alquilo un coche para poder llegar a otros lugares que hace mucho que no visito, a encontrarme con otros amigos o familia… y no hay dónde aparcar. Me cuenta mi peluquera de confianza que ella ya se ha rendido con lo del coche, que ya es un lujo que da más quebraderos de cabeza que otra cosa, y así lo veo yo también mientras bajo de Los Rodeos y veo la cola que sube para el Norte, y que termina a la altura del puente de Ofra. Varios cientos de coches estancados durante un par de kilómetros. Y así día tras día. Me imagino mi vida en ese atasco constante y me dan ganas de llorar.
¿Cómo pudimos permitir llegar a esto?
Caminando por las calles de mi ciudad, Santa Cruz, de repente me encuentro con un cartel que me hace enfurecer. Una desafortunada (pero con mucha intención, sin duda) campaña del Gobierno de Canarias llamada: “TurIsla”, invitando a los canarios a conocer el archipiélago, pero inundándolo todo de turismo otra vez, los canarios no somos turistas en nuestra propia tierra, ¡no! Ahora que la situación está como está, que, por fin, gran parte de la sociedad canaria se está dando cuenta del equivocadísimo modelo económico que tiene que sufrir en aras de… ¿qué, exactamente? Más pobreza, más contaminación, más… , con el movimiento del 20A protestando por el modelo infame que llevan a las Islas y a su población al colapso, ahora ¿quieren hacernos a los canarios tambien parte del “problema”? Soy canaria y mi país son las ocho islas, sólo soy turista fuera de ellas.
Con todo esto, decía nuestro poeta que “ojalá haya una isla que no sea silencio amordazado”… en estos momentos yo solo pienso que ojalá haya una isla.