La incultura y la indefinición, que denunciaran Ángel Sánchez y Manuel Padorno, señorean por el Parlamento de Canarias entre pensamientos de enjundia y un estilo retórico propio de los hermanos Hernández y Fernández de las historias de Tintín. La cosa tendría su gracia si no se tratara de abordar problemas acuciantes en estas Islas (rodeadas de agua, como nos recuerdan sus señorías) y para los que necesitamos el concurso de las personas más preparadas: el cambio climático y el derecho a la vivienda. Iván Vega reflexiona sobre todo ello en el siguiente artículo.
«Efectivamente, el problema de la población canaria para su desarrollo social, para constituirse como una sociedad, como ciudadanía, es la incultura. […] Un pueblo sin conocimientos básicos sobre su civilización no puede progresar, no puede practicar el civismo, la solidaridad y la autocrítica».
Esto y mucho más escribía en 1983 Ángel Sánchez, premio Canarias de literatura 2018, en su imprescindible Ensayos sobre cultura canaria. Me acordé este verano de Ángel Sánchez, y más concretamente de la afirmación suya que cito arriba: el problema —el mayor problema— de Canarias es la ignorancia, la aversión al conocimiento y la reflexión, aversión que a su vez nos impide trazar un diagnóstico atinado y crítico de cuál es nuestra realidad, sus retos y las posibles soluciones. Me acordé de nuestro escritor galdense viendo un debate dedicado al agua y protagonizado por portavoces políticos del Parlamento de Canarias —pueden verlo aquí—. Nada más empezar, una diputada asevera que «parece mentira que estando rodeados de agua tengamos una emergencia hídrica». Al poco se suma otra para mostrarse de acuerdo, y qué cómo le explicas a alguien de fuera que, estando rodeados de agua, tenemos una emergencia hídrica.
No salgo de mi asombro. ¿De verdad es esta la indigencia intelectual de quienes nos representan en la sede de la democracia? ¿Qué tendrá que ver la tos con rascarse la barriga? ¿Acaso no es moneda corriente que en este mundo haya islas —rodeadas de agua, es fama— con carencias hídricas? Tengo para mí que cualquier persona «de fuera» entiende perfectamente que el agua del mar no es apta ni para el riego ni para el consumo. El “debate” continúa con la apuesta de sus doctas señorías por la desalinización —vocablo impronunciable para la presidenta del Parlamento— como solución a la emergencia hídrica. Pero a cualquier diputado o diputada del Parlamento de Canarias cabría exigirle saber como mínimo que el agua desalada no es apta para el riego sin un tratamiento que la encarece, que tampoco se puede bombear a cotas elevadas —en un Archipiélago montañoso—, que las potabilizadoras requieren cientos de millones de inversión y consumen muchísima energía que no tenemos, y que alimentarlas con gasoil en pleno cambio climático es inviable, además de económicamente inasumible. Nuestras parlamentarias y parlamentarios también insistieron en la importancia de «concienciar a la población» para que no derroche agua, para que haga un uso responsable. De la propiedad privada de la mayoría de recursos hídricos de Canarias y de cómo esos propietarios desecan los ecosistemas y esquilman los acuíferos, de eso no hablaron sus señorías, ellas sabrán por qué. Aun así, el nivel del “debate” todavía puede bajar más: otra diputada afirma con aplomo que «esta tierra le debe mucho al agua, la prosperidad de la mayoría de zonas ha sido gracias al agua». Acabáramos. Y no sólo esta tierra, su señoría. Toda la humanidad a lo largo de toda su historia se lo debe todo al agua, siendo como es indispensable para la vida tal y como la conocemos en el planeta Tierra. Ya puestos, podrían haber reconocido también la deuda impagable que tenemos con el aire, como me señaló un amigo. ¿O es que acaso esta tierra no le debe mucho también al aire, que llevamos respirando sin descanso desde tiempo inmemorial? Y encima ¡gratis total!
Todavía no me había recuperado yo de la sofisticación intelectual de nuestro Parlamento —«tengo que releer Ensayos sobre cultura canaria», me dije— que me asaltó la noticia de que el gobierno y los ayuntamientos se alían para por fin buscar cómo ponerle coto de una vez a la compra de vivienda por extranjeros. ¡Menos mal! Se impone al final la cordura, tanto insistir en que era imposible, que no se podía hacer nada… Hasta que leí con detenimiento la noticia. A la voz de Ángel Sánchez denunciando que nuestro problema es la incultura se le sumó otra, la de Manuel Padorno explicando en 1990 que los canarios, cuando vamos a negociar a Europa, vamos a presentar «varias proposiciones de lo que queremos y vamos a intentar que, de todas las propuestas, prime al final la que más nos interese. Y ese juego, expuesto ante duchos comerciantes europeos, resulta enormemente torpe, rudimentario, propio para que nos hagan concesiones casi humanitarias ante tanta falta de estrategia y rigor. El único argumento que nos queda […] es el lamento que nos salve, la disquisición autocompasiva que pueda conmover suficientemente a los demás, pues aunque se nos vea con imagen aparentemente civilizada, también se hace evidente nuestra falta de definición intelectual».
Todo apunta a que eso es precisamente lo que va a hacer, otra vez, este nuestro gobierno ante Europa y ante España: proponer una medida cosmética que no requiera enfrentarse a nadie, que no actúe en la raíz del problema ni lo resuelva, pero que le permita colgarse una medalla para que todo siga igual. Este gobierno que ahora habla de limitar la compra de vivienda a foráneos es el mismo que lleva años lanzando campañas para atraer más nómadas digitales y sigue promocionando el establecimiento en Canarias de ciudadanos extranjeros, igual que hacen algunos Cabildos, por cierto. No anda sobrado, pues, de credibilidad cuando anuncia su voluntad de restringir… nada. Y es que por mucho que la prensa hable de poner trabas a la compra de vivienda a «extranjeros» o «foráneos», nuestro gobierno electo habla en todo momento de restricciones a los «no residentes». Es de nuevo ese juego torpe y rudimentario que nos desvela Padorno, en este caso hacernos creer que extranjero o foráneo son sinónimos de no residente. ¿Cuántos extranjeros y foráneos establecen cada año su residencia en Canarias?
El gobierno no baraja poner sobre la mesa de negociación el arraigo en Canarias —lazos familiares o lugar de nacimiento, por ejemplo—, la verdadera papa caliente que habría que negociar. El presidente habla de «copiar las mejores prácticas» —y las mejores son precisamente las basadas en preservar el arraigo—. Pero en realidad prefiere la «disquisición autocompasiva», la papita dulce de la residencia, una «concesión casi humanitaria» que no incomodará excesivamente ni en España ni en Europa. Así, cualquier extranjero o cualquier ibérico que resida equis meses al año en las Islas, sin familia ni lazos ni raíces de ningún tipo en el país, tendrá más derecho a comprarse una casa en Canarias que los miles y miles de canarios que trabajan y viven fuera, por mucho que vuelvan a ver a la familia varias veces al año y tengan en Canarias su lugar de origen, el país en el que nacieron, crecieron y se socializaron hasta la edad adulta.
Al final, la incultura de Sánchez y la indefinición de Padorno van de la mano, la una es hija de la otra, o quizá sean incluso la misma cosa. Ambas suelen ir enmascaradas de trascendencia, de fatuidad y suficiencia, todo por tapar la ignorancia y el apocamiento paniaguado que, por lo visto, todavía nos caracteriza. Lo peor no es la vergüenza ajena; lo peor no es el dinero que nos cuesta. Lo peor es que con estos mimbres es imposible progresar, practicar el civismo, la solidaridad y la autocrítica. No hay progreso, ni vida posible, sin garantizar el acceso al agua a toda la sociedad. No hay civismo ni solidaridad posible convirtiendo a miles de compatriotas en canarios de segunda mientras nos vendemos al mejor postor. ¿Y autocrítica?