La novela Calibán (Ángel Sánchez, Gran Canaria, 1943) ha suscitado no pocas reflexiones acerca de la propia naturaleza del texto y, sobre todo, lo que éste dice de la posibilidad de articulación de un discurso decolonial canario, con raíces propias, a pesar de estar fundamentada en el mito shakespeariano. La investigadora Mildred Nicotera ha buceado en esta perspectiva («à la Mignolo») para incluir un interesantísimo capítulo en la obra colectiva Un viaje a través de la lengua y la literatura: memoria, identidad y enseñanza1. Extraemos un fragmento de dicho capítulo y no dejamos de recomendar la descarga gratuita de la obra completa aquí.
«Son muchos los elementos que hacen del texto de Sánchez un discurso pertinente para el debate decolonial en Canarias. Porque el libro justamente busca escabullirse de la inercia enciclopédica españolista y «traumatizar» el diálogo de las moratorias entre diversas tradiciones de pensamiento: Platón y Galdós son dos nombres que también aparecen en la novela.
La novela es un activo de proyecciones en el contexto de la saga calibanesca caribeña y latinoamericana. Esto es, en los intersticios de la ficción se tejen una estrategia discursiva de violencia epistémica de dominación imperial y un discurso literario no esencialista que incorpora al sujeto bárbaro, su alter ego canario, en una formación de origen, donde se forjan las relaciones de dominación y el dinamismo cultural de ese sujeto, porque Sánchez sabe por Fanon que la fisionomía del racismo es dinámica2 y desde ese presupuesto su Calibán ha atravesado una «mudanza» simbólica desde lo estrictamente biológico a lo cultural.
La mudanza de Calibán es también estética: «Así iban cayendo de su espalda, pecho, piernas y brazos, la caspa roja que sus dedos no alcanzaban. Rascándose sin continencia, y más bien con placer, ayudaba el desescamado de su naturaleza original, y tanto observaba día a día que la amplia membrana que discurría entre los dedos de las manos y pies se iba achicando, uniéndose aquellos, como queriendo parecerse a los del Amo, Miranda y los demás presentes». (Calibán, p. 244). Él «tan bello como el sol transmuda atravesado por la experiencia estética del otro, en el otro se hace difunto y renace en un sepelio estético/hermenéutico/epistemológico»3 (Mignolo, 2010). «¿Quién iba a pensar que el Amo emanciparía a su esclavo?» y este acabaría poblando la Ínsula, sin la escabrosa violación, el rapto aquí es inverso y de naturaleza epistémica.
La relación Próspero-Calibán es también la oportunidad de revisar los vínculos entre la ficción literaria y el contexto sociológico, la figura del «paternalismo colonial» de Mannoni reposicionada en un Próspero que es eficaz no solo por la semejanza referencial en términos mimético-literarios, sino porque en esta mutación el personaje es liberado de su paternalismo, ya no es necesario y puede marcharse. Ángel Sánchez perpetúa un parricidio eco cultural del objeto-personaje de referencia al tiempo que transpone la dramaturgia al plano de la decolonialidad más acuciante: «Hubo otra razón igualmente poderosa, esta de carácter telúrico: sobrevino algo así como el fluido magnético que emanaba La Encantada fuera soltando lastre con quien decía ser su Rey y Señor al saber que pronto abandonaría la Ínsula. Damos en interpretar este punto deduciendo que la Ínsula poseía un lado pensante, deseoso de desquitarse de un individuo pronto a desviar el uso espiritual que debía hacer de tanta energía a su disposición, y utilizándola para fines políticos, dinásticos, de especie espuria. El cosmos, en la zona de rozamiento que le afectaba, había abandonado a Próspero, y de ello se beneficiarían cuantas criaturas eran sus satélites» (Calibán, p. 268).
Otra particularidad de la novela es la incorporación de algunos personajes de la nobleza canaria: el capitán Roncalli, el mercader Boldoni y los nativos de la isla de Canaria don Germán del Castillo y su hijo Octavio, se propicia el encuentro que congrega a los isleños y los pone a dialogar, haciendo de ese diálogo una instancia conceptual de nexos solidarios e ideológicos entre los isleños, en la conversación que tiene lugar entre Octavio y Calibán se pone en boca de cada uno de ellos una añoranza modélica de territorialidad, un paradigma político de la relación interislas que en Canarias sigue siendo un anhelo. En ese sentido, el diálogo es crucial a la formación de una identidad nacional, pues allí se configura un mapa de algunas de las ideas de Ángel Sánchez en su artículo ¿Qué Canarias quiero?, se cambia la dinámica de la sospecha por la del reconocimiento instintivo de lo que se comparte, se abre el horizonte de posibilidades entre los isleños, subalternos todos a pesar de sus notables diferencias.
Podríamos decir que la agencia de Próspero, que es su magia, es anulada cuando se aleja de su terreno de influencia, más adelante volveremos a revisitar esta idea. Próspero se lleva su agencia y con ella parte de la agencia del «otro»: «Sí, mi señor. Es una merced que no merezco» (p. 270), responde Calibán a Próspero cuando este le confía a Miranda, «lo que más amo». Es una sentencia que en boca del esclavo podríamos emparentar con otra de Manuel Alemán: «La figura por tanto del expropiador-terrateniente, oligarca, cacique que logró albergarse en la interioridad del hombre canario, creando sobre él una supervaloración mítica del “amo” e infravaloración de sí mismo cuyo resultado es el espíritu de sumisión del isleño» (Psicología del Hombre Canario, p.174).
Ángel Sánchez nos revela cómo el paradigma calibanesco revisitado desde el espíritu del romance shakespeariano vuelve a ponerse al servicio, en el siglo XXI, de un discurso representativo de las alteridades epistémicas a las que Mignolo recurre como metáforas transformadoras de las identidades coloniales impuestas por la modernidad, demostrando la productividad de un paradigma conceptual identitario del pensamiento anticolonial latinoamericano y caribeño4 en el contexto canario.»
- (Dykinson. Coord: Salud Adelaida Flores Borjabad y Javier Antonio Nisa Ávila, 2025) ↩︎
- Recomendamos la lectura de Ensayos sobre Cultura Canaria (2012:24). En el capítulo de-dicado a la Cultura Nacional, Cultura Colonial puede leerse: «En los escritos recopilados bajo el título Por la Revolución Africana hará Fanon “una reflexión sobre el valor normativo de cier-tas culturas decretado unilateralmente” (P. R. A., p. 38) con el fin de describir el racismo en relación con la cultura, a nivel de la antropología cultural».
La incultura —o desculturación, como llama Fanon al vacío cultural de la dominación organi-zada— ofrecida a la población colonizada es finalmente la praxis de una servidumbre, el ra-cismo no biológico, sino normativo en la premeditación etnocentrista. El racismo étnico sería sólo el elemento más visible, más cotidiano, de esta estructura: «Estudiar los ren- dimientos del racismo y de la cultura es plantearse la cuestión de su acción recíproca. Si la cultura es el conjunto de comportamientos motores y mentales nacido del encuentro del hombre con la naturaleza y con su semejante, se debe decir que el racismo es verdaderamente un elemento cultural. Pues hay culturas con racismo y culturas sin racismo» (P. R. A., p. 39). Este planteamiento de Fanon es dinámico, pues intuye que el racismo se ha ido reno-vando, cambiando de fisonomía — producto de la superación y el camuflaje de su primiti-vismo racial— hasta dejar de ser estrictamente biológico, para con- vertirse en racismo cultural sobre la población autóctona. ↩︎ - «La colonialidad del poder está atravesada por actividades y controles específicos tales como la colonialidad del saber, la colonialidad del ser, la colonialidad del ver, la colonialidad del hacer y del pensar, la colonialidad del oír, etc. Muchas de estas actividades pueden agruparse bajo la colonialidad del sentir, de los sentidos, es decir, de la aeshtesis, […] la estética y quedó limitada al concepto occidental de arte. En suma, colonialidad del poder remite a la compleja matriz o patrón de poder sustentado en dos pilares: el conocer (epistemología), entender o comprender (hermenéutica) y el sentir (aesthesis)» (p. 30, Ediciones del Signo, 2010). ↩︎
- «Nuestro símbolo no es pues Ariel… sino Calibán. Esto es algo que vemos con particular nitidez los mestizos que habitamos estas mismas islas donde vivió Caliban: Próspero invadió las islas, mató a nuestros ancestros, esclavizó a Calibán y le enseñó su idioma para entenderse con él. ¿Qué otra cosa puede hacer Calibán sino utilizar ese mismo idioma para maldecir, para desear que caiga sobre él […]? No conozco otra metáfora más acertada denuestra situación cultural, de nuestra realidad, ¿qué es nuestra historia?, ¿qué es nuestra cultura, sino la historia, sino la cultura de Calibán?» (Fernández Retamar, 1973). ↩︎