«¿Qué hacemos tú y yo y todos los baifos que ves aquí a nuestro alrededor? Pues poner el cogote para que quien se atreve nos sorroballe o ejecute», de Arena blanca y otros relatos.
Siempre que se habla de la obra de Víctor Ramírez, hay que empezar diciendo que es un escritor, en gran medida, desconocido en España. La relación entre el legado de lo epistemológico en la literatura y la insubordinación política que pesa sobre la identidad canaria recreada en su obra es un tema abundante, que no abordaremos más allá de una epistemología posible a la que Ramírez, por contradictorio que parezca, ha llamado ignorantación: «Tenemos un pueblo al que se le ha incapacitado para practicar lo humano, es decir, una memoria, un entendimiento y una voluntad donde se pueda decidir con responsabilidad», nos dice en una comparecencia docente que puede verse aquí.
La relación entre la ignorantación de lo epistemológico en la obra de Víctor Ramírez y el cálculo mediático cristaliza en la sospecha de que, quien es uno de los más fecundos escritores contemporáneos en Canarias y en España, siga siendo un desconocido para los lectores españoles.
Frente a esto, nos encontramos con un escritor de culto en las islas. La incursión de lo anárquico en la literatura participa de lo hermenéutico, la interpretación observada, y de lo ontológico, la necesidad de reflexionar sobre la existencia de las criaturas y de las cosas, y de construirse en una epistemología. En Canarias, el nombre de Víctor Ramírez es el paradigma del escritor asociado a esta postura anárquico-autoral.
Esa conexión la hace el lector canario no solo con la obra narrativa y cuentística de Ramírez, sino con sus artículos periodísticos y su labor docente. Sin embargo, nos interesa hablar de la ficción. En el versátil escenario de la literatura canaria, encontramos a un hombre que escribe como a quien le va la vida en ello; «La literatura en estado puro de tan impuro que es todo en virtud de la hechicería de la lengua, que con tanto desparpajo como maestría maneja Víctor Ramírez», observa Juan Manuel García Ramos en su reseña de la novela Largo oscuro origen, publicada en 2008, en medio de la crisis económica global.
Y para hacer ver al lector que el cometido de la literatura es narrar el vaivén y las paradojas de lo humano en estado puro, nos dice algo más importante aún:
«La insólita y bárbara historia de las páginas de Largo oscuro origen, plagada de miserias miles, zoofilias, pedofilias, incestos y hasta de canibalismo,queda, en las páginas finales de la novela, puesta más que en duda merced al testimonio del supuesto personaje central, el Tunicio, que no resulta ser el mismo que da pie a todo el relato imaginario».
Y es que creer en la ficción de Largo oscuro origen es creer en el lugar donde pueden congregarse todas las imposibilidades. Las de quienes murmuran «a lengua descubierta sin tapujos que suicidamos al Tunícico fuereño de la pinga bíblica y que yo lo descuarticé y negocié sus carnes y huesos y vísceras a buen precio», hasta la del doble del Tunicio «que se baña desnudo en el estanque de los tabaibales gigantescos» y «tendido cara al cielo en uno de los rellanos del escalerón más iluminado» parece conversar con el Narciso lezamiano:
Ya el otoño recorre las islas no cuidadas, guarnecidas
islas y aislada paloma muda entre dos hojas enterradas.
El río en la suma de sus ojos anunciaba
lo que pesa la luna en sus espaldas y el aliento que en halo convertía.
El Hadj Amadou Ndoye en sus Estudios sobre narrativa canaria rescata esos cachivaches portentosos de la tragicidad imposible que la literatura redime para que no los echemos de menos y que hacen de Ramírez el escritor contemporáneo vivo más pródigo de la literatura canaria y parezca, sin embargo, el último cascarrabias de una generación literaria de fraternidad desdibujada: «No asientas manso, juzga rabia o me arrepentiré del cuento». (La esperanza hecha piedra, en Diosnoslibre, de Víctor Ramírez).
Siguiendo el sendero de esta valoración nos dice Nyode: «Víctor Ramírez va arrastrando en Arena rubia y otros relatos las sombras de sus demonios de siempre: el pasado, las distintas facetas de la situación que nada le gusta de su pueblo, el condicionante secular de éste y las consecuencias sociológicas, morales, sociales, políticas».
Víctor Ramírez mira a los ojos de Canarias: el silencio bullicioso de los pobres, los hombres y las mujeres: «esas señoras de mando que tienen sus espinas clavadas». Matriarcado rehecho en el desenfreno de un sexismo torcido y un machismo anómalo, «Don Lucio apoyaba las nalgas en las pantorrillas, igual que si estuviera sentado: con los dedos de sus manos engarfiados en el vello del pecho, la boca abierta anhelando el aire, los ojos desorbitados por el horror a morirse sin haber matado antes a su mujer y a sus hijas. “No soportaba don Lucio Falcón la idea de dejarlas vivas, aquí en este mundo, sin él”» (Nos dejaron el muerto, Víctor Ramírez).
Las mujeres de Víctor Ramírez son la epifanía de todas las deformaciones y lacras del civismo patriarcal —mujeres que cobran palizas, rezan solitas el medio rosario, masturban, a instancias de sus maridos, hasta exprimir a un infeliz migrañoso, mujeres que «encuentran otra clase de placer en el sufrir sobrio y orgulloso», vestidas de negro y que «Dios haga feliz en su seno a la pobrecita». Mujeres «que mueren a causa de un imprevisto orgasmo en horas de digestión y debido a la extrema debilidad de anorexia estética impuesta por alguno de esos amantes fantasmales, catequésica de flacura por haber dejado de comer» (Largo oscuro origen, Víctor Ramírez).
Los militares son mimosos y los hombres son violadores y borrachos amedrentados por la circunstancia que la literatura emancipa en la imposibilidad de cambiar sus destinos.
La prosa de Víctor Ramírez es un mosaico variopinto de referencias epistemológicas a la ignorantación, literatura como ruptura de la alienación, de lo que el autor identifica como castración cultural. Insubordinación al mundo de las leyes impuestas, textos deseantes siempre al borde del precipicio libidinal de las palabras absueltas por la imaginación. Las palabras son el remedio más antiguo a los males del mundo, por pequeño o por grande que sea ese mundo, las palabras están siempre en el destino de la humanidad, no porque en el principio fue el verbo, sino porque el verbo se parapeta en loresidual del impulso y adquiere otra mirada en la literatura, otro santo y seña que nos conecta con el proceso kafkiano: «Pero las manos de uno de los señores se posaban ya en la garganta de K., mientras el otro le hundía profundamente el cuchillo en el corazón y lo hacía girar dos veces. Con los ojos vidriosos, K. vio aún cómo los señores, muy cerca de su cara, mejilla contra mejilla, observaban la decisión. «¡Como un perro!», dijo; era como si la vergüenza hubiese de sobrevivirle».
Las sospechas suscitadas por la semiótica, la antropología, los estudios poscoloniales y decoloniales, el estructuralismo, la literatura, esas metáforas del hecho humano que cortan el aliento al lector en una trasmutación de lo ordinario, aparecen y sobrecogen en un código de sospechas redefinido en la imaginación escritural de Víctor Ramírez, que nos recuerda que el ciclo de los mejores augurios de la palabra escrita no siempre se premia.
Ramírez encuentra y dialoga con la hipérbole en el territorio de la realidad. Quiere hablar con la inutilidad de las amonestaciones y pasarle la mano disuasoria sobre el hombro en un infierno socarrón. Víctor Ramírez no es un narrador: es la partitura de una castración, una figuración espeluznante que transmigra y se asesina sobre la poderosísima ficcionalidad. Sietesitios queda lejos, tanto como la magua de un cuento cobarde en la trama del republicanismo común, una agresión en La tercera mitad del cariño, un sorroballamiento. Ramírez no es una novela, es un tragaluz que tiene la misión de recortar la memoria en nichos de carne y barrancos, un torreón para ciegos, el testimonio de quien arbitra el ron y las peleas «entre los bobos del barrio», el amedrentamiento que trasunta en travestismo narrativo, figurativo en la manigua cumbrera de Lo más hermoso de mi vida.
Escribe como solo pueden hacerlo los grandes escritores, tiene el conocimiento profundo del español y la genialidad ávida del dialecto canario, de una sintaxis que el castellano solo puede intuir desnuda en la misoginia y el incesto de las palabras idóneas. Una jerga de alijos sembrados en la arena del mundo donde Víctor Ramírez estrangula los límites de la palabra. Allí, entre barrancos y riscos, inmigrantes y lugareños, nos sorprende un ruido mandinga.
La narrativa de Víctor Ramírez, como la de ningún otro autor, está vinculada al uso poderosísimo del dialecto canario. Volvamos al prólogo de García Ramos para transcribir su análisis:
«En el retorcimiento de las estructuras lingüísticas: la conjugación de los tiempos verbales a capricho del hablante, la adjetivación de adverbios y la adjetivación y verbalización de sustantivos, una exploración constante y desinhibida de las muchas posibilidades fónicas, gramaticales y léxicas de nuestra modalidad idiomática; en el retorcimiento de esas estructuras, Ramírez descubre una música especial para el instrumento del que se vale para allegarnos sus historias. No es la música del español caribe, ni la del español italianizado de Argentina, es el hallazgo de un discurso hecho trizas y vuelto a armar, es el descabello de la norma y su redescubrimiento particular y ya liberada de todo prejuicio canónico».
En rigor, el dialecto canario es siempre protagonista, la lava de un volcán que tiene raíz y cráter. La señal de veracidad que cuenta la misteriosa armonía entre el contexto y la ficción. Ahí irradia la sospecha como parte de la integridad de Ramírez con una obra que responde con exactitud a lo que diría Ángel Sánchez en el prólogo de Diosnoslibre: «Ramírez intentará que el pequeño solar de realidad que le sirve de punto de ensayo catapulte algo tan sencillo como es la condición humana —esa especie observable en cualquier lugar del planeta— siguiendo en ello la aseveración de que aún el escritor más local, si obra con estilo y verdad, queda incluido de inmediato en categorías universales».
Muchas veces se ha dicho que Sietesitios es el Macondo canario, lindante con la arquitectura inabarcable de García Márquez. Pero no es esto lo que se ha querido decir. Sabemos bien que en Macondo: «El primero de la estirpe está amarrado a un árbol y al último se lo están comiendo las hormigas».
En Sietesitios, no se escurre el bulto, el bochinche plural nos pone en la frontera entre las vergüenzas y la emocionalidad. Valga el argumento de que el castellano ha podido salvar al escritor canario del idioma del poder, del boom iberoamericano y de la academia sueca. Sin embargo, Víctor Ramírez, en las antologías de la narrativa canaria contemporánea tiene la legitimidad de una obra inigualable. En la sutileza del reverso, es la serpiente que se muerde la cola mientras los lectores nos hacemos cada año la misma pregunta: ¿Para cuándo el Premio Canarias de Literatura?