La voz, hoy hablamos de eso. De los relatos como un proceso de voces transformadas. La literatura es el modo de estructurar la voz hasta convertirla en arte. No se trata de redactar de una forma correcta sin errores gramaticales, se trata de encontrar una voz propia. Por eso, es tan importante la memoria, la tradición oral, aquellas historias que de boca en boca se convirtieron en identidad gracias a las personas que les dieron forma, que supieron contarlo.
Una buena contadora debe de ser buena escuchando, observando y leyendo. Es ahí, en la mirada, donde todo comienza.
Dijo Virginia Wolf : “una mujer debe tener dinero y una habitación propia para poder escribir novelas”.
Una habitación propia en la que poder encontrar y desarrollar el argumento, una habitación propia en la que enmarcar deseos, placeres, sueños, desesperanzas… Desde ahí, desde ese espacio acotado por el espíritu es desde donde se puede narrar.
Si digo, por ejemplo, «Estoy cortando cebolla», estoy contando una acción que no arrastra a ningún contexto ni emoción, pero es muy distinto si leemos:
«Lo malo de llorar cuando uno pica cebolla no es el simple hecho de llorar, sino que a veces uno empieza, como quien dice, se pica, y ya no puede parar. No sé si a ustedes les ha pasado pero a mí la mera verdad sí. Infinidad de veces. Mamá decía que era porque yo soy igual de sensible a la cebolla que Tita, mi tía abuela.»
Laura Esquivel en este fragmento habla de la sensibilidad de su personaje protagonista a través de la cebolla y de su tía abuela Tita. En ella escuchas no solo su acento sino su raíz. Son la raíz y el acento esenciales .A veces tratamos de ser otros, otras, disfrazándonos en supuestas correcciones o en artificios descontextualizados. No nos damos cuenta que el acento nos puede salvar y hacer que encontremos la voz propia, nuestra habitación. En el acento también están los sabores de tu casa, los olores de tu escuela, el tono de tu maestra… Porque hay maestras en todo el mundo, pero solo tú puedes hacer que el mundo escuche a la tuya.
En el Teide crece la violeta (Viola cheiranthifolia). Solo crece por encima de los 2.400 metros llegando a florecer a los 3.600. Surge entre piedras pómez de nuestro centro. La violeta del Teide es única y prodigiosa. Ver una violeta a tus pies es emocionante, pero ser violeta lo es aún más. Todas las personas que escribimos aspiramos a ser violetas del Teide, voces singulares en las cimas. Aprovechemos las violetas, los caminos de Laurisilva, los escondites de los pinzones, el toc toc de los picapinos. Escuchemos a nuestros mayores, quizás alguno conserve ese deje canario perdido y seas tú la persona que lo rescate y lo hagas universal.
Ojalá pudiera conversar hoy con mi abuela y contarla, describir cómo se acercó por primera vez a un piano cuando era una niña mientras su madre tomaba medidas a elegantes señoras. Ojalá pudiera comprarle un chocolate Cadbury con pasas y almendras y escucharla.
Ser violeta, abuela, bebé, piba, niña, niño…, ser cebolla picada, olor a almendras amargas y recordar los amores contrariados. Percibir los higos de leche sin ver el árbol, describir su fruto y hacer que ustedes se los coman sin saborearlos.
Ser escritora.
Encontrar la voz en nuestras habitaciones propias, en las que a veces entran los rayos de Magec y otras, las luces intermitentes de los coches.
Habitaciones donde se sienten maguas, amores, tristezas, resentimientos…
Habitaciones donde se escriben palabras mayores, cuentos.
Habitaciones donde somos capaces de vivir para contarlo.