Tristeza sobre un caballo blanco. "Pero tú traes raza de Tamaimos, eres un canario sin raíces en los pies, te sientes con alas para volar lejos". Alfonso García-Ramos
Este poeta gomero pretendió unir Canarias a través de la poesía. Y lo consiguió. Quienes lo hemos leído, lo sabemos. Quienes lo lean a partir de ahora, lo llegarán a saber. Siempre basculante entre un surrealismo propio y la poesía social que los tiempos le trajeron, Cabrera nunca cedió al panfleto ni a la mala literatura. Así de buen poeta era.
Los Hermanos Millares Cubas, escribiendo siempre al alimón, dedicaron sus esfuerzos literarios a apuntalar la tradición literaria canaria con una serie de cuentos y relatos enraizados profundamente en las islas. Así, los podemos considerar antecedentes inmediatos de Ángel Guerra y su famosa La lapa, la considerada primera “novela regional”.
Uno de los textos surrealistas imprescindibles. El tinerfeño Agustín Espinosa escribió Crimen en 19XX y su perturbadora prosa no ha perdido un ápice de sus inquietantes efectos a comienzos de este siglo. Digamos brevemente que estamos ante el relato de un crimen pasional y nos quedaremos muy, muy lejos de una descripción satisfactoria de Crimen.
He aquí una fábula de perros risqueros. Entre ellos, uno sobresale, Faycán, que tendrá que acudir al sabio Cicerón, a que le muestre el camino de la verdadera identidad, que no es sino un sinónimo de libertad. Víctor Doreste escribió esta magnífica novela corta que tradicionalmente se ha leído como lectura infantil o juvenil pero que contiene bellas enseñanzas también para los mayores.
Yo no creo que sea posible reírse más con una obra literaria que con los Cuentos de Pepe Monagas. Honestamente, me parece imposible. Les reto a demostrar lo contrario. Díganme si ustedes se ríen más con Aristófanes, Wilde, Twain, Chesterton,… Díganmelo si se atreven. Entren ustedes en el mundo de Pepito y Soleá y díganme si no se explotan de la risa, si no reconocen a gente que anda con ustedes, si no se reconocen ustedes mismos, en su más honda raíz popular y risquera.
Maccanti no es un poeta de nuestro país, es nuestro país hecho poema. Su obra, siempre sorprendente, no escapa al embrujo de un paisaje propio, de unas circunstancias entendidas como esenciales, no como límites asfixiantes. Al contrario, Maccanti es, quiere ser, ese paisaje hasta las últimas consecuencias.
Probablemente, uno de los mejores poetas en español del siglo XX. Digo bien, en español, y no sólo de las Islas Canarias, puesto que Padorno conoció en vida las mieles del éxito, si es que se puede ser algo así como exitoso cuando uno se dedica a la poesía. Padorno fue un poeta canario, atlántico y eso le encuadra en la tradición de la literatura canaria desde Cairasco hasta Morales, pasando por Viana.
Mercedes Pinto merece ocupar un lugar de honor en las letras isleñas. Representó el ideal de mujer independiente, con inquietudes intelectuales, ideas progresistas, que alumbraron las primeras décadas del siglo XX. Sin embargo, tuvo que pagar un alto precio por todo esto: un matrimonio con un ser monstruoso que la atormentó hasta límites inimaginables de no ser porque constituyeron el germen del excelente relato autobiográfico Él.
El paisaje canario es inconcebible sin el mar y el mar canario es inconcebible sin su mayor poeta, el grancanario Tomás Morales. Se le suele clasificar dentro del Modernismo, no sin razón, pero el lector agudo convendrá conmigo en que es un Modernismo canario, alejado del del nicaragüense Rubén Darío o el español Salvador Rueda.
Todo tiene un comienzo. Acaso también un final. Pero si hablamos de comienzo, tenemos que hablar de Cairasco, el gigante Cairasco, padre de las Letras Canarias. Y hablar de Cairasco es sobre todo hablar de su grandiosa Comedia del Recebimiento, un texto teatral de origen circunstancial pero que dice tanto de Canarias que uno no acaba de creerse que este texto no sea de obligada lectura en todos los institutos de nuestro país.
Un grupo de diletantes egresados de la Universidad de La Laguna apuran sus vacuas existencias entre putas, alcohol, farras y sus aparentemente felices matrimonios burgueses. En la vetusta Santa Cruz, se consumen tratando de pasar desapercibidos en sus trabajos alimenticios, a los que no consiguen llegar puntuales y sin resaca y descubriendo la terrible mediocridad de algún “insigne poeta” recién llegado de España.
Para entendernos, Tristeza sobre un caballo blanco es nuestra Rayuela. No digo esto por simplificar, o sí. Estamos ante un relato de relatos que puede ser leído como mínimo de dos maneras diferentes, a decir de su autor. Yo añadiría la posibilidad de leerlo de manera oracular.
Víctor Ramírez sería nuestro primer Premio Nobel si las cosas en Canarias fueran diferentes, si no fueran tan parecidas a Sietesitios. Y Nos dejaron el muerto tendría mucha culpa de ello, pues este relato río, armado en torno a una situación ridícula como es que a uno le dejen un muerto en el salón de su casa
¿Cómo recomienda uno Fetasa, una novela en que se suceden oficinistas, ogros, faunos, vírgenes, brujas, islas terribles, repúblicas frondosas, sueños, muerte, dolor, ninfas,…? ¿Cómo describe uno Fetasa si Fetasa es una fantasía onírica, sin pies ni cabeza, escrita en la mejor prosa posible? ¡Qué carajo! ¡Yo no sé describir Fetasa! Sólo sé que, sin duda, una novela que dio su nombre a los Fetasianos tiene que ser sublime.
Imaginen la historia de Gran Canaria contada a través de la llegada de la familia Van der Walle allá por el siglo XVII desde Flandes. Imaginen un caso real de asesinato durante una sesión de espiritismo en la Gran Canaria de comienzos del siglo XX. Ahora imaginen un periodista español que en la convulsa década de los setenta viaja hasta Canarias a tratar de investigar nuevas claves del suceso.
Decir que uno se divierte leyendo Cuchillo criollo es quedarse muy corto. Esta novela del genial escritor grancanario, Ángel Sánchez, bebe tanto del realismo mágico como de la tradición cuentística canaria, que también existe.
Dentro del habitual desconocimiento que rodea a la literatura canaria, no deja de sorprender que este drama en tres actos de Alonso Quesada haya pasado tan desapercibido incluso para el lector de nuestra literatura. Es La umbría la historia de la decadencia de una familia, residente en el Valle de Agaete, cuyas macilentas hijas suenan con el mundo real y sus promesas, mientras sobreviven atenazadas por la cruel madre.
Este relato autobiográfico de los albores del golpe de estado franquista en La Laguna debería ser obra de obligada lectura y estudio, no porque uno esté a favor de las imposiciones, sino porque se le antoja poco menos que incomprensible aquel periodo tan oscuro sin volver una y otra vez a este magistral texto.
Rafael Arozarena renegó de Mararía, molesto con el éxito de su obra. Ya cercana su muerte, comprendió que si los lectores acogieron y acogen su novela con verdadero entusiasmo es porque es, en definitiva, una excelente novela. También es un retrato de Lanzarote como pocos la han descrito.
Esta obra del tinerfeño Alfonso García-Ramos merece ser considerada una de las más geniales novelas de la literatura canaria, y allende los mares, del siglo XX.
Las buenas lecturas son las que nos dicen tanto de las ideas que quiere transmitir el autor como de nosotros mismos. Justo eso es lo que sucede con En busca del pasado guanche. Historia de la Arqueología en Canarias, de José Farrujia. Leer este volumen es reconocer en el pasado lejano, en sus controversias, los caminos del presente en una disciplina que, en Canarias, se me antoja especialmente relevante por su ...
Releer un libro es siempre una aventura. Crees saber qué te vas a encontrar y no siempre resulta ser el caso. Y esto es precisamente lo que me acaba de ocurrir con la relectura de El árbol de la ciencia, de Pío Baroja.
La primera vez que leí esta novela fue en la adolescencia. Se trataba de una lectura obligatoria del bachillerato. En esta etapa de mi vida apenas leí literatura canaria (La Lapa, de Ángel Guerra, y algunos poemas de Francisco Tarajano), pero sí que tuve que aprender de memoria listas ...
Haciendo un balance de los libros que he leído sobre Bélgica, caigo en la cuenta de dos cosas: la primera, que el primero lo leí hace ya algunos años, en 1996; la segunda, que desde entonces apenas he leído dos libros más. Y cómo explicar que haya leído tan poco sobre un país que me ha aportado tanto.
La respuesta la he encontrado, precisamente en el último libro leído, Le labyrinthe belge (el laberinto belga), traducción al francés de la obra homónima del escritor belga de lengua neerlandesa, Geert ...

